Dijeron de él: "Un autor que vale la pena leer, algunos de sus relatos dejan sin aire, literalmente" (Alejandra Laurencich); "(son) cuentos con sexo enrarecido por los mitos y el poder, con juegos cínicos que crea el desencanto" (Elsa Drucaroff); "una ficción extrema que traduce un cosmos implacable en el que no hay tiempo para la piedad ni para el sosiego" (Jorge Consiglio); "un nuevo narrador que reúne personajes muy comunes en situaciones que los vuelven extraños" (Miguel Vitagliano).
Él se llama Bruno Petroni, nació en 1984 y la editorial Mil Botellas le publicó dos libros de cuentos, Los chicos y las guerras (2011) y La revolución de los justos (2015).
Son relatos montados en un ritmo frenético que escapan a la corrección política y transcurren en un andarivel por el que caminan personajes siempre al borde de un estallido, de una ruptura que el lector siente que va a llegar, pero nunca sabe cuándo ni cómo. Petroni no es sólo una voz nueva en la literatura argentina, se trata de una voz original y potente, que entrega relatos frente a los cuales es imposible mantenerse indiferente. No suma sólo dos libros al extenso escaparate de la narrativa nacional: la potencia de su trabajo con el lenguaje y la construcción de una geografía personal muestran a un autor que por ahora solamente dio a conocer dos cartas de su baraja.
Bruno Petroni estuvo en el estudio de Infobae, hizo un balance de sus libros, reflexionó sobre su generación, elogió a Jorge Asís y a Rodrigo Fresán, pero afirmó no tener "una relación muy estrecha y de admiración con la literatura argentina". Su preferencia no tiene nada que ver con lo que él hace: "Me gusta [Jorge Luis] Borges", dijo y calificó a Alice Munro como "su majestad".
—¿Qué continuidades y qué rupturas encuentro entre sus dos libros?
—La continuidad mayor es el funcionamiento de mi mente cuando se me ocurre un cuento, que básicamente es una situación que en algún momento explota. Laburo con cuentos en presente, que pasan en períodos muy cortos y en los dos se da un momento que podría ser normal y a partir de algo se rompe todo. Te estoy dando la estructura del fantástico, pero esto no es necesariamente fantástico, sino que en mi cabeza estoy en una situación equis y pasa a zeta y esa zeta lo lleva al mango, pero en mi cabeza. Por ejemplo: en un cuento, hay un personaje en un colectivo y sube un boliviano, suben dos bolivianos y en mi cabeza quizás alguna vez pasó que estaba en un colectivo y subieron un boliviano, dos, tres y me pregunté: "¿Qué pasa si se llena esto de bolivianos?", y ahí empiezo a jugar. Los dos tienen esa continuidad: "¿Qué pasa si...?", y ahí es como que se me destapa la olla. Me gusta, y es lo que me sale, ponerme en lugares incómodos. Lo que está en ambos libros es la parte más reaccionaria de mí, eso es lo que saco, como si fueran cuentos antiprogres. Me molesta mucho y me siento muy incómodo con lo progre y me parece que lo progre es falso. Si bien vamos a ser todos políticamente correctos y yo no te voy a decir: "La dictadura fue buena", sí me parece que bajo la tutela de lo progre hay muchos enunciados falsos en los que creemos, pero automáticamente. Si se nos pone en una situación apremiante en verdad, se nos rompen todos. Estamos totalmente de acuerdo todos los progres como yo en que el extranjero es un hermano como todos nosotros y no importa si viene de un país más pobre, menos pobre y con costumbres distintas, ¿pero qué pasa si efectivamente vas en un colectivo y, en lugar de subir uno o dos bolivianos, suben cuarenta y ese olor a frito que uno no dice nunca, pero está ahí te colma el espacio? ¿O qué pasa si vas caminando por la calle y el pibe de la calle te la hace pasar mal una vez, dos, tres veces? ¿Hasta dónde vos no tendrías un arma para pegarle un tiro? Yo no tendría un arma para pegarle un tiro, pero creo que a todos se nos ocurre cuando te sentís violado. Esas cosas progres son las que a mí se me rompen cuando me siento reaccionario profundamente y salen ahí.
—¿Y la ruptura?
—Me imagino que tiene que ver con que el segundo es menos sórdido, o que intenté que fuera menos sórdido, pero me divertí un poquito más. Cuando escribí el primer libro, era más chico y creía un poco más en la seriedad de lo que estaba produciendo, si bien me divertía. Ahora no, no me parece exponer al lector a una verdad sórdida, cuando yo ni siquiera creo en esa verdad. Es un lugar mucho más lúdico y además me empezó a molestar leerme a mí mismo y ser tan sórdido, me parece ridículo. Otra cosa: cuando uno quiere ser sórdido y escribe de manera sórdida, no genera ese efecto; hay que disimular lo sórdido para ser más sórdido.
—Detengámonos en la violación de ese margen de lo políticamente correcto: hay en muchos autores de su generación esta virtud de animarse a que no les caiga un dedo acusador y le grite "facho", "gorila" o lo que sea.
—A mí me parece que es una comodidad de nuestra generación.
—¿Sí? ¿Por qué?
—El que tenía pelotas para hacerlo era Asís. Asís estaba loco cuando escribía Flores robadas en los jardines de Quilmes. Más allá de que te guste o no cómo escribe, ese tipo hacía cosas políticamente incorrectas y él de verdad se tenía que bancar que lo acusaran. Hoy, en la onda posmoderna, no es riesgoso. Realmente no me parece riesgoso lo que yo acabo de decir acá del olor a frito. Lo digo ahora y alguien puede decir algo, pero creo que se entiende dentro de un código donde lo políticamente correcto empezó a fallar hace rato; un código con un montón de fisuras y un código donde lo fascista y la derecha extrema están consensuadamente clausuradas, no hay una discusión de ese tipo. Puedo decir esto, ¿y qué me van a decir?, ¿nazi? Es ridículo. Nuestra generación tiene esa facilidad.
—Es cierto que ustedes retoman rupturas anteriores.
—Claro, te digo Asís, te puedo decir Rodrigo Fresán con Historia Argentina. Eso me parece que era mucho más jugado en su momento. Hoy incluso un gran problema, y eso lo relaciono con lo sórdido, es cuando el escritor, y tal vez me pasa a mí, pretende ser efectivamente sórdido y políticamente incorrecto y no hay nada detrás. Algo así como: "Ahora se puede y hago esto y estoy re loco". No, no sos re loco.
—¿Ese planteo usted se lo hace en el momento de la escritura?
—Sí, creo que entre el primer y el segundo libro yo me creía eso, que escribía algo muy loco y hoy no me parece. Sí me parece que muchos escritores de mi generación se quedan con el gesto, el gesto de "hago algo políticamente incorrecto". Yo leo eso y ni siquiera me genera bronca, me aburre, porque no hay nada detrás. Hay geniales cuentos políticamente incorrectos, pero no me parece una virtud hoy. Puede ser una característica en común, sí. También por sencillez.
—Pero la diferencia, como siempre, se va a dar en el tratamiento que se le dé al lenguaje y al trabajo en el campo de lo formal, que es lo que le va a dar densidad o no a los textos.
—Sí, claro, y me parece que con el trasfondo que hay detrás de un laburo vos podés hacer un cuento totalmente incorrecto. No sé, un cuento donde se mata a una mujer embarazada. Puede ser eso y nada más, y eso no es nada: "laburá con eso e intentá hacer un buen cuento". No sé si lo hago, intento laburar.
"Mis cuentos son cambalachescos"
—Todos sus cuentos están en presente y en primera persona. ¿Esta decisión formal se relaciona con eso?
—No fue una decisión previa, si así fuera, todo sería prefabricado y horrible. Quizás escribí uno o dos y sentí que había complementariedad perfecta entre lo que yo quería expresar y esa primera persona y ese presente, fundamentalmente en el vértigo. El presente me gusta por eso, todo está pasando ahí. Mis cuentos son cambalachescos, todo apelotonado y tiene que ver con esa visión del presente donde no hay una posterior y en donde miro para atrás y hay cosas. La primera persona va en la misma línea, como si fuese un videojuego en donde vas y te pueden matar en cualquier momento. El efecto buscado es que la narración domine al narrador. El narrador no tiene un control, no puede mirar hacia atrás, el narrador está ahí y lo pueden matar en cualquier momento. En cualquier momento está la inminencia del final y eso tiene que ver con mi escritura, en donde no puedo controlar mucho; sé más o menos lo que va a pasar, pero dejo que se vaya rompiendo todo eso.
—¿Y qué pasa con el lector frente a eso?
—Alguna vez me lo dijeron y me parece una crítica muy buena: el lector está en esa inminencia, pero a la vez tiene una herramienta que es saber que faltan cinco o seis páginas. La idea es estar en vértigo.
—¿Es un vértigo que está dado por el ritmo que decide?
—El ritmo es fundamental para sostener ese vértigo. Con eso sí laburo mucho y en forma un poco enferma, con la coma, el punto, el punto y coma. Laburo de una manera que después cada uno medio que lo lee a su manera. Si a la dinámica y a la palpitación del personaje le pongo un ritmo inadecuado, eso no se va a percibir y se va a volver aburrido y tedioso.
—¿Cómo construye la geografía de sus historias?
—Con el hecho de laburar en presente y en primera necesito espacios cerrados, que pueda manejar. Sostener en presente una acción que se va moviendo para todos lados sería un problema y habría grandes saltos. El espacio cerrado es un lugar increíble para trabajar, para bien y para mal. Es complicado, pero me parece mucho más atractivo. Hay grandes cuentos que me encantan, que realmente se mueven, duran un montón de páginas y se pasan por todos lados. Alice Munro: ella es su majestad. La leo y no son cuentos, son grandes relatos de sesenta páginas y pasan cuarenta mil años y dos mil lugares. Lo admiro muchísimo por eso. Yo reconozco mis limitaciones y mis pasiones como todo lo contrario: un espacio condensado, todo apretado y ver qué pasa.
"Vivimos en una sociedad absolutamente paranoica"
—En uno de los cuentos de La revolución de los justos, me parece que está sintetizada la frontera por donde se mueve su literatura: "Un vecino capaz de arreglarte el calefón, un vecino capaz de violarte a una hija". ¿Está de acuerdo?
—Quizás ahí, en el punto, porque para que esto no me guste nada más que a mí, tengo que poner el imaginario y me parece que esa idea del vecino que es buena onda y que te arregla la casa convive con que ese vecino se te mete en tu casa en cualquier momento y te rompe la privacidad. Eso que hace de manera genial la película en la que trabaja Daniel Aráoz, El hombre de al lado. ¿Dónde está el límite? Quizás romper ese límite. Estas dos oraciones son el vértigo que intento y que me sale en mis cuentos. En cualquier momento todo se rompe.
—Eso también expresa una sociedad de dos caras que pueden convivir en una sola persona y que en sus cuentos nunca tienen un pasado glorioso. A diferencia de cierta literatura argentina, no hay una nostalgia por algo maravilloso que se perdió.
—Absolutamente. Respecto de las dos caras de la sociedad, vivimos en una sociedad absolutamente paranoica. En otro cuento digo que los porteños vivimos al ritmo de la inminencia, entonces tengo que confiar en vos, pero me cuido el culo, porque en cualquier momento me vas a hacer algo. La paranoia es algo constante. Lo otro me parece medio patético: el respaldo en un pasado glorioso que no se puede rastrear más que en libros y además no tengo una relación muy estrecha y de admiración con la literatura argentina. Es más, lo que más me gusta de la literatura argentina no tiene nada que ver con lo que hago yo: me gusta [Jorge Luis] Borges. Es un poco apocalíptico esto; si hubiera una vuelta hacia atrás y una mirada gloriosa, sería menos apocalíptico, estaría el rasgo de la salvación dando vuelta.
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