<div>En Tucumán, sobre el camino de los Valles Calchaquíes se abre un paraje especial.</div> Juli Csomor 162
En Tucumán, sobre el camino de los Valles Calchaquíes se abre un paraje especial.
Juli Csomor 162

En Tucumán, sobre el camino de los Valles Calchaquíes se abre un paraje especial, que cuenta la historia de la única comunidad indígena que resistió un siglo a la conquista. Hoy estas ruinas nos relatan su forma de vida en el pasado y es sin duda un sitio que emana una energía especial, donde el sol es protagonista.

Las Ruinas Quilmes se esconden entre las montañas, en el camino que va desde Tafí del Valle hacia Cafayate en Salta. Por cualquiera de los dos lados se puede llegar bordeando este camino espectacular de altos y bajos, que va cambiando radicalmente el paisaje. Más verde y selvático del lado tucumano hasta convertirse en una aridez total de la que se adueñan los cardones y las grandes montañas rocosas bien al oeste.

El destino a destacar es increíble en todo sentido, desde su ubicación geográfica, atrapado entre una serie de montañas, donde ésta en especial se destaca. Y es la que fue ciudad de los indios Calchaquíes, donde construyeron su territorio y su nación; un sitio único, majestuoso, rodeado de cielos puros y una vegetación serrana que es increíble como puede vivir en esa aridez.

En la ladera de la sierra (tiene unos 1900 mts) se alza toda esta construcción monumental que hasta hoy conserva las paredes y estructuras, un sitio arqueológico que permite ser visitado en su totalidad, sin restricciones. Esta fortaleza de piedra tiene casas, sitios donde cultivaban maíz, poroto, zapallo, quinoa y otros granos típicos del norte, también un área de corrales para la cría de animales, zona de defensa alta y todo lo imaginable que fue construyendo esta comunidad a lo largo de su existencia para sobrevivir, una de las más avanzadas en sus conocimientos de arquitectura y organización social. Incluso todavía quedan por allí pequeños elementos como puntas de flechas, armas o cerámicas.

Se sabe que este asentamiento es uno de los más antiguos del país, caracterizado por lo aguerridos de sus integrantes, quienes dieron larga batalla a la conquista española, que mucho tardó en poder traspasar esta ciudad amurallada. Y el ocaso total, cuando los sobrevivientes fueron obligados a ir a pie hasta Buenos Aires, al sur, a la zona que hoy lleva su nombre, para ser prisioneros.

Parte de esta historia puede conocerse en el pequeño museo bajo el cerro Alto del Rey (que alberga las ruinas), que invita a desandar los años de resistencia al hombre blanco, además de su particular forma de vida que solo podemos conocer gracias a las huellas imborrables que dejó su obra. Es interesante comenzar la visita aquí para luego trasladar todo este bagaje hacia el paseo por los senderos y pasadizos de la gran ciudad, imaginando su funcionamiento. Para finalizar, los propios descendientes de estos pobladores también organizaron un paseo de artesanías, ideal para llevar un souvenir de esta visita.

El sol abrasador del día, los grandes cardones, algunos árboles típicos como molles y arbustos espinillos, son lo poco verde que acompaña el paseo. Montañas áridas, tierra y mucha piedra hacen a este sitio tan único. El amanecer para los afortunados madrugadores en busca de la energía de los primeros rayos o el mágico atardecer entre las ruinas, son los momentos más lindos para estar allí. No es una excursión de pasada o de un rato, sino un santuario de la cultura y las tradiciones milenarias. Estas ruinas son sagradas y permanecen inmutables al paso del tiempo y el olvido.

Para llegar a las Ruinas, hay que salir de Tafí hacia el norte por RP 307. Está indicado el camino que llega hasta allí, unos 80 km que desembocan al pie del alto cerro. Se estaciona el vehículo en la entrada y pueden circularse libremente, mucho mejor si un guía del lugar va relatando su historia. Es imprescindible un sombrero, ropa cómoda para subir hasta la cima del fuerte y protector solar.