Algo extraño presentía en el aire. Los días anteriores al 14 de enero, cuando el fiscal Alberto Nisman presentó su acusación contra la ex jefa de Estado Cristina Kirchner, su canciller Héctor Timerman y otros miembros cercanos al poder, yo estaba redactando una nota.
Entre varias coincidencias y eventos extraños, el primero fue el tema de mi artículo, que era el siguiente: "Las consecuencias del memorándum de entendimiento con Irán en la colectividad judía argentina".
Iba a ser publicada en inglés por el Times of Israel, un diario digital con base en Jerusalén, y contaba con la participación de Waldo Wolff, más algunos miembros de las asociaciones de familiares de víctimas del atentado contra la AMIA del 18 de julio de 1994.
Una vez enviada la nota a mis editores en Israel, me levanté tarde ese miércoles, como siempre, ya que mi trabajo de redactor del Buenos Aires Herald.com empezaba a las 15.00 y culminaba a las 22.00.
En general empezaba más tarde, a las 17.00, pero mi compañero de mesa estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones al igual que mis dos editores.
Durante el paso del día, conseguí el resumen de la acusación de Nisman en dos versiones: una que contaba con 14 páginas, y otra que era más extensa y tenía 52.
Al saber de la muerte de Nisman, preferí escribir un tuit que sirviera como alerta y me permitiera seguir interrogando a mi fuente para ganar tiempo
Tras leer los primeros párrafos, sentí esa adrenalina tan particular de quienes trabajan en este oficio cuando saben que hay algo importante en sus manos; o al menos así lo creí yo. Porque una cosa era la acusación judicial en sí, y otra, no menos importante, las transcripciones de los diálogos entre los supuestos criminales en los que se detallaba el "plan criminal", según lo describió el propio fiscal.
Ante mis ojos aparecía la red local iraní, pero mi entusiasmo chocaba contra una pared, ya que nadie que conocía lo compartía. El gobierno, rápido en reflejos, comenzó su campaña difamatoria contra Nisman centrada en una clásica maniobra de desinformación: atacar al mensajero y no al mensaje.
Yo me sentía en minoría, pero algo debía hacer.
Entonces comencé a publicar fragmentos de la causa por mi cuenta personal de Twitter, que hasta ese momento no llegaba a los 300 seguidores.
Con un colega cuya existencia ignoraba hasta entonces (y él la mía) empezamos a "hablar" sobre el caso y otras cuestiones más de mutuo interés, como el libro 1984 del inglés George Orwell. Quien me escribía era Gabriel Bracesco del diario Muy, Grupo Clarín.
En los días siguientes intenté vender la nota a periódicos de Israel como Haaretz o Yedioth Ahronot, donde ya había colaborado como corresponsal en Buenos Aires, pero no obtuve respuesta.
El viernes 16, a pocas horas de terminar mi jornada laboral, decidí escribirle a Patricia Bullrich, quien en ese entonces se desempeñaba como presidenta de la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados. Yo buscaba presenciar la exposición de Nisman como corresponsal del Times of Israel, y la diputada me contestó que en caso de que fuese abierta a periodistas, tendría mi lugar asegurado.
Sin embargo, algo me quemaba por dentro, y me llevó a realizar un acto completamente extraordinario que no hacía por años: fui a la sinagoga de la calle Uriburu al 300, y recé el Kadish Yatom, la plegaria de duelo para aquellos que perdieron a uno de sus padres.
No recuerdo cuándo había sido la última vez que entré a un templo para Shabat, pero los recientes eventos despertaron algo en mi interior y pensé que pasar un rato rezando no me vendría nada mal.
Volví a casa, y el sábado 17 le anuncié a mi madre que no iría a nuestro tradicional almuerzo de los domingos. Estaba cansado, sin ganas, y ansioso por todo lo que estaba ocurriendo.
Antes de irme a dormir decidí contactar a un ex director de The Associated Press (AP) en Argentina, con quien trabajé durante casi dos años como reportero freelance. Le envié el resumen de la causa con el interés de redactar una nota de investigación.
En la mañana del domingo 18 de enero, me cansé de los mails sin respuesta y llamé desde mi casa a la redacción del Times of Israel en Jerusalén, pues mi nota sobre el memorándum aún no había sido publicada.
"Dejen esa nota de lado", le exigí a la editora.
"Tengo las transcripciones de la causa que incluyen diálogos entre supuestos agentes pro iraníes en base al material oficial de la denuncia del fiscal Nisman", agregué.
Si bien pareció interesada, a las pocas horas recibí el siguiente mensaje a mi casilla de mail: "Not interested", o "no estamos interesados".
El nuevo rechazo no me frenó, y finalmente opté por comenzar la nota por mi cuenta, pensando: "Ya la voy a publicar en algún lado".
Las horas pasaban, y algo ya estaba ocurriendo en el departamento del fiscal Alberto Nisman.
Pasadas las 23.00 horas, mientras utilizaba un resaltador amarillo sobre el resumen de la causa que tenía frente a mí, recibí un mensaje vía Whatsapp de una persona que me informaba que Nisman estaba muerto sobre un charco de sangre.
Inmediatamente comenzó un proceso de preguntas y respuestas que duró unos 35 minutos; tiempo suficiente para despejar cualquier duda.
No había que mirar al Norte, sino a Balcarce 50
A las 23.35, sabiendo que el fiscal estaba sin vida, preferí escribir un tuit que sirviera por un lado como alerta, y por otro que me permitiera continuar interrogando a la fuente para ganar más tiempo.
Utilicé Twitter por varias razones, pero sobre todo me guiaba lo más básico del oficio periodístico: dar a conocer un hecho que permanecía desconocido.
Al publicar en mi cuenta personal, por cualquier error que hubiese, la responsabilidad sería toda mía. Para bien o para mal, y poco me importó todo el resto. Algo adentro mío me hizo actuar de inmediato, por cuenta propia.
Convencido en mi función, pensé que lo peor que podía pasar era que me echasen del trabajo, aunque eso no me preocupaba mucho. De últimas, conseguiría otro, como siempre lo hice.
"Que sea lo que Dios quiera", me dije a mí mismo, en sintonía con el brote espiritual que resurgió en las últimas 24 horas.
Confiado en la veracidad de mi fuente, la información que me suministraba, y mi experiencia en trabajar bajo presión, a las 00.08 amplié y confirmé lo que había adelantado 33 minutos antes.
"Encontraron al fiscal Alberto Nisman en el baño de su casa de Puerto Madero sobre un charco de sangre. No respiraba. Los médicos están allí".
De inmediato llegaron las respuestas en la red social: sorpresa, shock, incredulidad fueron las primeras reacciones. No faltaron bromas, ni tampoco colegas que se creían indispensables, dispuestos a brindarme lecciones de periodismo.
Pero como no me hacía falta nada de ello, continué lo más calmo que podía estar dadas las circunstancias.
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