Primera caída, el 9 de junio de 1993
Joaquín Archivaldo Guzmán Loera tenía 38 años cuando conoció la cárcel. Su carrera criminal había comenzado a comienzos de los años 80, en lo que fue el primer gran emporio del narcotráfico mexicano, el Cartel de Guadalajara.
Con la caída en 1989 de Miguel Ángel Félix Gallardo, El Padrino, la organización se partió. Una parte, liderada por los hermanos Arellano Félix, fundó el Cartel de Tijuana. La otra, encabezada por El Chapo, creó el Cartel de Sinaloa.
Los cuatro años previos a su captura fueron de un crecimiento exponencial. Guzmán fue adquiriendo una porción cada vez más importante de las exportaciones de cocaína, posicionándose como el mayor narco del país.
Pero la violencia del enfrentamiento con los Arellano Félix, que dio lugar a un baño de sangre cada vez más insostenible, lo puso en la mira de las autoridades federales. El 9 de junio de 1993, tras meses de seguirlo intensamente, lo atraparon en Guatemala, muy cerca de la frontera con México, a la altura de Ciudad Cuauhtémoc, Chiapas.
Los dos primeros años los pasó en el Centro Federal de Readaptación Social Número 1, conocido como El Altiplano, ubicado en el estado de México. El 22 de noviembre de 1995 lo trasladaron al penal de Puente Grande, en Jalisco.
Mientras estuvo preso, su poder se incrementó. Siguió dirigiendo al Cartel de Sinaloa, que acrecentó su cuota de mercado. El 18 de enero de 2001, gracias a un operativo del que participaron 71 personas entre reclusos, miembros del servicio penitenciario y aliados que trabajaron desde afuera, El Chapo se escapó de la cárcel, escondido en un carro de lavandería.
Los 13 años que pasó en libertad no hicieron más que fortalecer su posición. A poco de fugarse, Guzmán pasó a ser el narcotraficante más poderoso del planeta. Tras la muerte de Osama bin Laden, se volvió el hombre más buscado por el FBI.
Pero cuando parecía que era invencible y que no había forma de dar con él, las fuerzas de seguridad mexicanas dieron el gran golpe. El 22 de febrero de 2014, una acción liderada por la Marina Armada, que contó con la colaboración de la DEA estadounidense, permitió su sorpresiva captura, la segunda. El Chapo tenía 59 años y estaba en su centro de operaciones, en Mazatlán, Sinaloa.
La noticia circuló por todos los medios del mundo a lo largo de las semanas siguientes. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, exhibió la detención como un trofeo personal, el que habían buscado sin éxito sus predecesores.
Guzmán regresó a El Altiplano, el mismo penal en el que había pasado los primeros dos años de su anterior condena. Nunca nadie había huido de allí, así que se creía que no había riesgos.
No obstante, el 11 de julio de 2015, 17 meses después de haber sido atrapado, logró lo impensable: se volvió a fugar. Esta vez el operativo fue mucho más espectacular que el anterior. Tras meses de intensos trabajos, se escapó por un túnel con ventilación y luz eléctrica, de más de un kilómetro de largo, que conectaba su celda con una obra en construcción. Como en el caso anterior, más allá del ingenio de sus secuaces, las complicidades del servicio penitenciario fueron flagrantes.
Las cosas no fueron tan fáciles para El Chapo esta vez. Ya no tenía la misma estructura que 15 años antes y el Gobierno Mexicano estaba dispuesto a todo para reparar el papelón que supuso su segunda fuga.
Fueron seis meses de corridas, escapando una y otra vez de las Fuerzas de Seguridad. El 16 de octubre de 2015 recibió la primera advertencia: una redada policial estuvo a segundos de atraparlo. Logró zafarse, pero tan al límite que resultó herido.
Pero mientras, con un nivel de inconsciencia difícil de comprender para un criminal de esa envergadura, Guzmán recibía a la estrella de Hollywood Sean Penn para que le realice una entrevista, y contactaba actores y productores para que hicieran una película sobre su vida. Estos pasos en falso le dieron información vital a las autoridades para dar con él.
El 8 de enero se consumó lo que a esta altura era inevitable. Tras un tiroteo en el que murieron cinco de sus guardias, y una intensa persecución, la Marina lo capturó en Los Mochis, Sinaloa. A los 61 años, El Chapo regresaba a la cárcel, por tercera vez.
Nuevamente, fue alojado en El Altiplano. El Gobierno anunció que tomará muchos recaudos, para que el capo narco no goce de las facilidades que tuvo en su última estancia, claves para la fuga.
De todos modos, no es eso lo que más lo preocupa. Lo que verdaderamente tiene aterrado a El Chapo es que ahora hay una decisión firme de extraditarlo a Estados Unidos. Y, como ya sabía Pablo Escobar, una vez allí, ya no hay escapatoria.
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