Cuando se escriba la historia de la corrupción en la Argentina del siglo XXI Ricardo Jaime tendrá un capítulo destacado.
Confesó ser coimero y por eso pactó una pena y fue condenado. Se robó pruebas en un allanamiento y fue condenado. Administró de manera fraudulenta los bienes del Estado cuando era secretario de Transporte y por eso fue condenado a seis años de prisión (se le sumaron las otras condenas) que alguna vez tendrá que cumplir.
Cuando llegó en 2003 a ocupar el cargo para el que lo había elegido su amigo Néstor Kirchner no tenía donde vivir. Le alquilaron una habitación en un hotel sindical. Al poco tiempo vivía en un departamento que le pagaba un empresario que lo coimeaba.
Comenzó a vestir mejor y a gastar por encima de lo que su sueldo le permitía. Sus familiares viajaron por el mundo y compraron propiedades, autos, y otros bienes. Jaime se hizo dueño de un avión de cuatro millones de dólares que pagaron empresarios, porque se había hartado de esperar vuelos de línea. Se compró un yate de un millón de dólares porque los empresarios con los que trataba tenían embarcaciones envidiables. En un allanamiento en su departamento encontraron fajos de billetes guardados por más de siete años. Lo procesaron por enriquecimiento ilícito porque no pudo justificar una cifra cercana a los 12 millones de pesos en bienes.
Hizo una millonaria compra de trenes en desuso en España y Portugal, operación en la que autorizó a uno de sus testaferros a cobrar coimas. Y las cobraron. Le otorgaba negocios vinculados a la obra pública ferroviaria a una empresa de su hermano que no tenía empleados. Lo investigan en Estados Unidos por el posible pago de coimas para la compra de aviones Embraer que se hizo cuando Aerolíneas estaba bajo su órbita. Lo descubrieron llevando fajos de dólares y pesos un día en que se pasó de guapo con un agente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que le revisó el bolso. Los empresarios le regalaron un hotel en Carlos Paz y una casa en un barrio cerrado del Gran Buenos Aires. Usó para sí mismo autos que estaban asignados a otras funciones dentro del Estado. Lo procesaron por un negociado en el Ferrocarril Belgrano Cargas y le ordenaron la detención. Estuvo prófugo durante una semana. Compró a través de testaferros un diario y una radio en Córdoba, donde era la cara del kirchnerismo, para hacer campaña política. Adquirió un departamento en Brasil y uno en la coqueta avenida Figueroa Alcorta cerca que Barrio Parque. Una vez, antes de ser funcionario nacional, intentó robar un perro, pero lo descubrieron.
Las hizo todas. La pasó bien. Fue secretario de Estado desde 2003 hasta 2009. Lo condenaron a seis años de prisión por su responsabilidad en la Tragedia de Once. Fue condenado por corrupción. En este caso seguida de muerte. Pero sigue en libertad y disfrutando del dinero que recaudó. Hasta que la condena quede firme.
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