Fueron tantos años de cultura anticívica y antidemocrática, tanta la negación al disenso y tanto el odio destilado con finísimo profesionalismo; fueron tantas las mentiras oficiales, tanto el Estado tomado por asalto, tanta la corrupción admitida por sus funcionarios con total desparpajo y para evitar penas judiciales mayores, fue tanto el daño moral que dejó instalado el kirchnerismo en la sociedad argentina con raíces muy profundas, que un discurso simple, sencillo, claro, como el que pronunció Mauricio Macri al asumir en el Congreso, un discurso rebosante de postulados elementales y dicho, además, por alguien que sabe que la oratoria no es lo suyo, se ha transformado en un hecho nuevo en la cultura política argentina.
Y está muy bien. Representa la antítesis de la cultura kirchnerista, expresada en un país en el que la contracultura provoca estragos. A Macri lo recibió el primer día de su gobierno la pelea con los bancos por el precio del dólar futuro, una bomba de tiempo con la mecha ardiendo que le dejó en las manos Cristina Kirchner.
En nuestro país, la educación presidencial es salvaje y violenta.
¿Qué dijo Macri ante la Asamblea Legislativa y desde el balcón de la Rosada como para que su mensaje sea visto como un cambio de cultura? Tendió una mano a sus contrincantes electorales, a quienes nombró uno por uno; prometió, y cumplió, reunirse con ellos de inmediato y recibió a Daniel Scioli, a Sergio Massa, a Margarita Stolbizer y a Adolfo Rodríguez Saá. Quien estaba invitado y faltó fue el izquierdista Nicolás del Caño, en un gesto de la "vieja cultura" y a quien le corresponde aquella frase de Antonio Porchia, dicha por cierto en otro contexto: "Tú crees que me matas, yo creo que te suicidas". Pero el mensaje de Del Caño fue claro: no todos comulgan con la "cultura Macri".
"Podemos pensar diferente, pero trabajar juntos", dijo Macri, que impulsó "un país unido en la diversidad". Por ahora es una expresión de deseos en una sociedad que hace del enfrentamiento una forma aceptada de gobierno y un estilo constante de vida. Esa diversidad irreconciliable quedó reflejada en las dos Plazas de Mayo: la que despidió a la ex presidente y la que recibió al nuevo. Que la Plaza de Mayo llena sea aún hoy un elemento vital para medir el éxito de una gestión o la adhesión a un presidente, también habla de la vieja cultura que costará mucho desterrar, si se destierra.
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