"¿Qué le pasará a las personas cuando pasan mucho tiempo juntas?", pregunta Eilín, la protagonista de "Lo que nunca fuimos", uno de los cuentos que forman parte del último libro de Margarita García Robayo (Cosas peores, Seis Barral). "Se decepcionan, a medida que se conoce a una persona, la decepción es inevitable", responde Eilín, sin esperar una devolución de su novio. Más adelante le dice: "Si tu propio cuerpo sufriera un proceso acelerado de arraigamiento y terminaras siendo un simio fofo y maloliente, como seguramente sucederá algún día, el otro cuerpo te parecerá siempre peor, porque la repulsión del cuerpo propio es más tolerable que la del cuerpo ajeno". Vale la cita, porque quizás en estas líneas se sintetizan las obsesiones literarias de la autora: la pareja, la familia, el inevitable paso del tiempo, el deterioro y cómo este se inscribe en los cuerpos. Y cómo los cuerpos hablan.
Margarita García Robayo llegó a Buenos Aires hace una década desde su Colombia natal. A partir de ese momento comenzó a escribir ficción y dejó a un lado las crónicas. Sus dos novelas y sus cuentos se publicaron a lo largo del continente y en España. Fueron traducidos a varios idiomas. La novela Lo que no aprendí (2013) fue elegida como uno de los tres mejores libros del año por el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana y los cuentos que reúne en Cosas peores, el flamante volumen que en estas semanas distribuye el sello Seix Barral de Editorial Planeta, recibió el Premio Literario Casa de las Américas.
Como en otros textos, en los siete cuentos que componen este libro García Robayo bucea por los micromundos familiares, pero en esta ocasión pone el foco más cercano en la relación entre padres e hijos.
En esta entrevista la escritora colombiana responde sobre estos temas, habla de su respeto y su admiración por Gabriel García Márquez, pero de la distancia que la separa de su literatura y cuenta que gracias a haberse instalado en Argentina pudo escribir ficción.
—Todo parece indicar que el 2015 es un año de muchos y buenos libros de cuentos: Ana María Shua, Samanta Schweblin, Martín Kohan, entre otros publicaron libros de relatos. ¿Esto desmiente ese mito del mercado acerca de que el cuento no tiene lectores? ¿Como autora cómo lo analiza?
—Siempre me pareció un argumento equivocado que los libros de cuentos no eran comerciales y que por eso se publicaban poco. Creo mucho en el género. Me fascina, no sólo producirlo como escritora, sino como lectora, porque soy una gran lectora de libros de cuentos. Me parece una señal de inteligencia y de sensibilidad narrativa que las editoriales estén poniéndose las pilas. Creo que tiene que ver también con que hay mucho estímulo de afuera, hay concursos. Se puso en escena el libro de cuentos.
—¿Se revaloriza?
—Claro, se revaloriza y además creo en la posibilidad de los libros de cuentos como objetos súper comerciales. Son fáciles de leer, no lo digo en el grado de complejidad, sino en la situación más pragmática como ir en el colectivo o en un tren. Es mucho más plausible tener contigo un libro de cuentos en un medio de transporte que una novela. Me da la sensación de que las novelas son esas lecturas de largo aliento que te acuestas y hasta que no las terminas no las sueltas.
—Antes de comenzar la entrevista, hablamos de cuentos y del último libro de Samanta y quiero compartir algo que una vez me dijo ella y que siempre recuerdo por la sorpresa que me ocasionó. Decía que sentía que no era una escritora hasta que escribió una novela, que sólo era cuentista. Lo decía con una sonrisa y en forma irónica, pero me interesa su reacción, porque trabajó ambos géneros.
—Si Samanta dice eso, ¡por favor! Tengo mucho más, no me gusta decir respeto, porque respeto a ambos géneros, pero sí que me paro de lugares distintos para escribir novelas que para escribir cuentos. Con los cuentos siento que tengo una fijación más técnica. Me gusta trabajar el tema estructural y de historia a historia trabajar esa especie de filigrana con el que viene el oficio de escribir, que consiste en sentarse y darle la mejor forma posible a esa historia que quieres contar. En el caso de los cuentos, requieren un esfuerzo manual mucho más riguroso, en mi caso, que en el de una novela. En los dos únicos ejemplos que tengo, porque he escrito sólo dos novelas, siento que me doy mucho más espacio para las divergencias, para la introspección y trato de responderme cosas que me vengo preguntando hace mucho.
—¿En el cuento se focaliza más?
—En el cuento focalizo más, pero no quiero decir que carezcan de temas o de las obsesiones que me preocupan, pero siento que por el formato estoy más obligada a un trabajo técnico y manual mucho más riguroso. Ya que hablamos de Samanta, creo que ella es el gran ejemplo de maestría en esa especie de hacer técnico, porque cose muy bien sus historias, usa recursos muy eficientes. Por eso, cuando terminas un cuento de ella, sientes que es algo que está bien hecho, como cuando agarras una remera y ves las costuras por atrás y dices: "Esto está bien hecho". También creo que requiere mucho más tiempo de sentarse y corregir que en el caso de escrituras un poco más laxas, pero insisto: es una experiencia personal.
—Ya que nombró al pasar las obsesiones, en estos cuentos vuelve a una que atraviesa su literatura: el mundo familiar. Sin embargo, le agrega una complejidad que es puntualizar en la relación entre padres e hijos. ¿Está de acuerdo?
—Totalmente, hay varios cuentos donde se da esa relación. La familia me obsesiona como tema y como universo narrativo, es uno de los temas en los que más pienso en el sentido literario. La familia como composición ya es problemática, es una especie de fenómeno que, según desde dónde se lo mire, puede ser conflictivo o grotesco. Me interesa explorar las fisuras de la familia, que creo que en toda familia podemos encontrar. No existe esa entelequia de la familia como composición feliz de personas. Es uno de los temas que más me interesa. En este libro en forma particular, más que la familia como tema central, se trata de quiebres, de ver fisuras y esos vínculos que están rotos o por romperse y cómo entrar desde ahí. Estas historias están tomadas de movida desde la decadencia, de ahí arrancan.
—En estos cuentos y para abordar esos temas trabaja mucho sobre el cuerpo e incluso sobre los desbordes y los excesos del cuerpo, qué hace uno con él y cómo es visto por el otro.
—Es algo que me han preguntado y todavía no consigo elaborar una justificación que me convenza del todo. Honestamente, creo que está presente en todo lo que escribo, pero que casi es algo inconsciente que cuando termino y me abordan con este tipo de preguntas, reviso y digo: "Sí, claramente es algo que no sólo está en mis fijaciones narrativas, sino también en las cotidianas". Es algo que tiene que ver con cómo siento que nos movemos. Partamos de la base de que escribo historias realistas y me interesa mucho la realidad, no en el sentido periodístico o coyuntural de la palabra, sino como materia prima para extraer de ahí las cosas que me interesa mirar. Siento que en el mundo real nos vinculamos con las personas desde un lugar de espectadores y que la mirada está muy puesta en esa cosa física, como sensorial de los entornos. El modo en que nos ven y que vemos a los otros claramente determina el tipo de vínculo que construimos, como individuos y como sociedad.
En el caso del cuento que da título al libro, "Cosas peores", es la historia de un niño que nace con un problema de obesidad creciente, que no se detiene y que evoluciona a pasos agigantados hasta la adolescencia. Eso determina la conducta de sus padres, sus tíos y de las personas que lo rodean, convirtiéndolo en una especie de ser solitario, no por elección, y además sin salida a partir de una especie de patología que, tratada quizás de otra manera, podría haber evolucionado distinto.
—¿El cuerpo como desborde?
—Claro, también el cuerpo y lo físico tienen que ver con otra de mis obsesiones y de lo que siempre me hablan cuando los libros circulan es sobre el control. No poder controlar ciertas cosas. Esa sensación de impotencia que genera que las cosas se salgan de control está también en estas historias. No habría un ejemplo más fáctico para describir esto que el del cuerpo, el de no poder controlar esa parte tuya, ni siquiera cómo te ven y qué hace tu cuerpo contigo.
—En su producción literaria siempre resalta lo implícito, lo no dicho. En estos cuentos tienen una presencia determinante esos silencios de los mundos familiares y el jurado que premió este libro lo resaltó. Es un elogio que le debe haber gustado...
—Totalmente, dijeron: "La insinuación sobre lo explícito". Eso es parte de mis desafíos narrativos. Siempre intento hablar desde un lugar que tiene que ver no sólo con lo que produzco, sino también sobre lo que consumo como lectora. Cuando leo, siempre estoy buscando esa especie de margen en las historias. No me gusta que me den todo acabado y me parece que es un gesto de grandeza estética o de generosidad que el escritor sea capaz de darte historias a medio hacer para que sea el lector el que tenga la posibilidad de terminarlas en su cabeza. Obviamente, esto es una simplificación de lo que significa construir indicios, sugerencias, contornos o marcos de las historias, pero el efecto que produce es ese tú como lector: te sientes parte activa de lo que estás leyendo y tienes la posibilidad de terminar o continuar con esa historia en tu cabeza una vez que cierras el libro y lo terminas.
"A García Márquez lo siento como un abuelo prócer, ese antepasado del que estás profundamente orgullosa"
—El lugar común dice que como usted es colombiana hay que hablarle de García Márquez. Hemos tenido otras entrevistas y nunca hablamos de él para evitar lo obvio. Sin embargo, permítame decirle que por primera vez advertí cierta atmósfera de Gabo en un texto suyo y fue con el comienzo del cuento "Sopa de pescado". ¿Es así?
—Sí, totalmente. Antes que nada: por supuesto que leí toda la obra de García Márquez y lo admiro profundamente. Además, es una persona con la que tuve la posibilidad de trabajar, porque fui empleada de la fundación que él presidía y que existe todavía en Cartagena. Es alguien que respeto y admiro. Para empezar, hay una enorme diferencia generacional. Suelo decir que lo siento más como un abuelo prócer, ese antepasado del que estás profundamente orgullosa por el alcance de lo que hizo. Fue alguien que revolucionó la literatura. En Colombia suelen decir que universalizó y puso en escena algo latinoamericano que incluso hoy te lo siguen pidiendo en determinados lugares.
—¿Por ejemplo?
—Suelo publicar en España y cuando salió mi novela, hubo una crítica que decía que le hacía falta esa especie de geografía caribeña. Y yo decía: "Es mi geografía caribeña. Eso es para mí el Caribe". García Márquez consiguió instalar esa geografía en el mundo e inverosiviliza cualquier posibilidad de otra geografía caribeña; de todas maneras, esto es lo anecdótico. Realmente yo me siento muy lejos en el sentido estético de lo que hizo y de la literatura garciamarqueana. No hay nada que me vincule, ni siquiera en términos generacionales, pero lo que sí es cierto es que en este libro, por primera vez... Y hago una confesión sin importancia: este cuento, "Sopa de pescado", es para mí el que se sale del registro de lo que suelo hacer. Fue un cuento que me pidieron para una antología de literatura negra y yo jamás había hecho eso; esto es lo que me salió. El resultado fue que cuando quise completar un volumen, metí este cuento acá, porque además venía pensando en todo el tema del cuerpo, la enfermedad y la decadencia. Este cuento encajaba muy bien ahí, pero tiene otro registro. Cuando me lo han comentado, me he llevado grandes sorpresas, porque, por un lado, hay gente que dice que es el mejor cuento del libro y es con el que menos cómoda me siento, ya que es un registro que me costó esforzarme para conseguirlo. No es lo que suelo hacer, ni lo que busco, por eso está como hermanado con esa otra literatura con la que me siento un poco más ajena.
—Ya lleva diez años viviendo en Argentina. ¿Cuánto ha influido la vida aquí en su literatura?
—Todo diría. Empecé a escribir ficción cuando llegué a Buenos Aires. Nunca antes había escrito ficción en Colombia. Escribía crónicas o cosas ensayísticas. Ha sido todo un camino y creo que gracias a vivir acá y a tener toda esa distancia, no solamente geográfica, sino también anímica y emocional con mi país, me ha permitido mirar las cosas con la distancia que se necesita para poder escribir con una especie de frialdad quirúrgica sobre los temas que podrían ser sensibles si estuviera muy involucrada en los espacios o los entornos que me interesan narrar. No hubiera podido escribir todo lo que escribí si me hubiera quedado viviendo en mi ciudad y rodeada de mi entorno. Fue fundamental venirme a la Argentina.