Soy hijo de un científico y gran parte de los amigos de mi familia son científicos. Cuando era chico le pedía a mi papá que los sábados me llevara a la Facultad de Ciencias Exactas, donde un amigo suyo trabajaba con láseres. Me volvía loco verlos brillando en la oscuridad de Ciudad Universitaria. Mi papá estaba poco en casa: dividió su vida entre la Facultad y la industria, repartiendo su tiempo entre la investigación, la docencia y el trabajo en el sector privado. Es lo que hace hasta el día de hoy.
Crecí viendo cómo fue su vida universitaria y la de sus amigos y amigas en los '90. Una vida de carencias que llevó a muchos a emigrar y a tener que adaptarse a vivir alejados de sus familias y afectos. Recuerdo a mi viejo llenando formularios y formularios para poder obtener ridículos subsidios de investigación. Hacer ciencia en esos años era, realmente, un acto de resistencia: la visión del Estado estaba poco preocupada por el trabajo de los científicos.
Bajo gobiernos kirchneristas, cuando empecé a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras, conocí el mundo de las Humanidades y de las Ciencias Sociales. Entendí por qué las disciplinas centradas en la generación y actualización del conocimiento veían con buenos ojos al gobierno nacional. Se notaba que crear y sostener un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva no era simplemente un símbolo: la cantidad y monto de las becas aumentaban y la ciencia e investigación argentina volvía a aparecer como una opción para los nuevos graduados.
En los últimos días, de cara al balotaje del 22 de noviembre, apareció un miedo en algunos científicos e investigadores: el miedo a que los mandaran nuevamente a lavar los platos, que desarticularan sus proyectos y les sacaran sus trabajos. Estas ideas se fundan exclusivamente en suponer que un gobierno de Cambiemos quiere hacer algo que es imposible e impensable: "volver a los noventa". Importa poco que hace tan sólo unos días Gabriela Michetti haya elogiado públicamente el trabajo del ministro Lino Barañao o que haya amplios consensos dentro de PRO y de Cambiemos de que la política científica actual es buena y que vale la pena continuarla y profundizarla.
En este sentido, las propuestas de ciencia de Cambiemos (http://cambiemos.com/propuestas/pobreza-cero/ciencia) plantean cosas muy diferentes que las que dicen los que apelan al miedo. Se pretende llevar a más del doble el porcentaje del PBI destinado a ciencia, tecnología e innovación, se plantea la necesidad de pensar mejor la relación entre la investigación básica y el desarrollo del país, se propone acercar aún más el CONICET a la sociedad y que se incorporen científicos no sólo a un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva sino a todos los ministerios del gobierno nacional. Hay una profunda convicción de que el desarrollo no es posible sin apostar a la educación, sin la práctica de la ciencia y sin la incorporación constante de tecnología. En otras palabras, no se imagina una Argentina del siglo XXI en la que la ciencia y la investigación no tengan un lugar central.
Esto no implica desatender a las ciencias sociales. En la práctica, Cambiemos y PRO apoyaron gran parte de su éxito electoral en una lectura acertada de la sociedad argentina, de sus vivencias y dificultades y de lo que le reclamaba a la política. De cara al futuro, existe la profunda convicción de que invertir recursos en conocer cada vez mejor a nuestra sociedad es fundamental a la hora de pensar en formar gobiernos y desarrollar el país. Las humanidades también tienen un lugar importante, principalmente asociado con la crítica y las miradas alternativas. En una Argentina menos monolítica y sin pretensiones de discurso único su relevancia podría volverse mucho mayor. Un paso importante en este sentido fue la creación del Grupo Manifiesto, que intenta ser un espacio que en lugar de justificar al poder del turno lo interpele e intente dialogar con él.
Pero, más allá de todo esto, la apelación al miedo para no votar a Mauricio Macri es un ejemplo de la Argentina que queremos dejar atrás con Cambiemos. Es la Argentina en la que no se acepta que uno pueda pensar que los gobiernos anteriores hicieron cosas bien. Es la Argentina en la que la gente teme que su trabajo dependa del capricho del gobernante de turno y en la que las políticas públicas no son propiedad de la ciudadanía sino de los políticos.
Un nuevo gobierno no tiene por qué ser ni una refundación ni un paso atrás. Uno de los más recientes logros del kirchnerismo, el segundo ARSAT, no surgió de la nada. Es el producto de decidir seguir adelante y apoyar una política satelital argentina que se remonta a la década del noventa. El ejemplo a seguir es ese: continuar con las cosas que están bien, más allá de quién haya comenzado a hacerlas y, por qué no, hacerlo aún mejor. Trabajo día a día por un cambio en Argentina y celebré con mi viejo el lanzamiento de los dos ARSAT. En la Argentina que quiero e imagino, estas dos cosas no son incompatibles.
El autor estudió filosofía. Es docente universitario, asesor político, y miembro del Grupo Manifiesto.