Clase media, desilusión y erotismo: charla con Violeta Gorodischer, sobre su último libro

"Saer, Fogwill y Aira son un poco los padres literarios que hemos tenido y eso es indiscutible", dijo a Infobae la autora de Sueños a 90 centavos, que desmiente que los 90 no hayan dejado nada en pie

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Como en una paleta de un artista, cada cuento es un color diferente que utiliza Violeta Gorodischer para pintar a la clase media urbana del siglo XXI: sus fantasmas, sus miedos y, sobre todo, sus neurosis aparecen en los diez relatos que componen Sueños a 90 centavos.

El libro lo acaba de publicar Seix Barral y un jurado formado por Mariana Enriquez, José María Brindisi y Guillermo Saccomanno lo reconoció con el premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional del Fondo Nacional de las Artes.

Una treintañera que busca un padre para el hijo que desea mientras analiza congelar sus óvulos; una pareja en crisis que intenta salvar el amor en un retiro naturista; adolescentes que descubren su juventud; Antonio, un anciano que vive sus últimos años en un relato desgarrador o el retrato de la ambición en el mundo del arte, son narrados con precisión y sencillez por Gorodischer.

La escritora, que nació en Buenos Aires en 1981, muestra a lo largo de las páginas su versatilidad para edificar personajes con voces diferentes.

Gorodischer estuvo en la redacción de Infobae para presentar su primer libro de cuentos y hablar de los tres grandes ejes que unen a sus relatos: la clase media, la desilusión y el erotismo. Violeta también habló de quiénes forjaron su formación literaria, de la influencia de un cuento de Rodolfo Walsh y de su generación, la de los escritores nacidos en la década del ochenta.

—¿Qué implica un premio para una autora nueva?

—Un respaldo, porque es un libro de cuentos que hice muy tranquila y sin ninguna pretensión. De hecho, pensaba publicarlo con una editorial chiquita, porque los cuentos y el mercado no se llevan muy bien y cuando obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes, fue una sorpresa. Y más sorpresa cuando vi el jurado, porque uno no se entera del jurado hasta que no dicen cuál es el premio. Ahí vi que eran Guillermo Saccomanno, Mariana Enriquez y José María Brindisi, escritores que quiero y admiro. Fue una especie de palmadita en la espalda.

"El relato corto y la exploración de los personajes es donde más cómoda me siento"

—Publicó tres libros en tres géneros distintos: novela, crónica y cuentos. ¿Cómo los aborda y en cuál se siente más cómoda?

—Mi novela Los años que vive un gato empezó como un conjunto de cuentos. Los personajes se repetían y en algún punto con mis coeditores, en ese momento era Editorial Tamarisco, que teníamos con Félix Bruzzone, Hernán Vanoli y Sonia Budassi, nos dimos cuenta de que tenía el formato de novela, que el personaje iba creciendo a lo largo del tiempo. Evidentemente hay algo del formato de historia corta, más similar al cuento, en donde me muevo muy cómoda. Incluso el segundo libro, que es de crónicas, también repite la estructura del relato y hay una primera persona muy fuerte; son como pequeños cuentitos basados en búsquedas espirituales contemporáneas de personas extrañas, y también mías propias, que experimenté. El relato corto y la exploración de los personajes es donde más cómoda me siento.

—Detengámonos en la exploración de los personajes. En estos cuentos usted trabaja con personajes muy distintos que construyen voces diversas, en donde hay hombres, adolescentes, jóvenes y personas mayores. Por ejemplo, hay una voz masculina que me sorprendió. ¿Cómo se mete en el cuerpo de un hombre?

—Es un salto que dio este libro y fue un propósito que me impuse: trabajar voces muy diferentes. Quería despegarme de ese formato autorreferencial de la novela que es una primera persona muy fuerte que juega con el registro biográfico. Esta vez quise hacer algo diferente, quise mostrar mi capacidad como narradora para poder multiplicarme en distintos personajes, que van desde un adolescente hasta un viejo, pasando por una chica de treinta años, algunos más cercanos y otros más lejanos. Explotar el yo narrativo, que pulule por todos los relatos, trabajar las voces y los registros.

"Me ayudó mucho Rodolfo Wlash, releerlo"

—Cuénteme de la voz masculina de "El retiro".

—Me ayudó mucho Rodolfo Walsh. Leí "Irlandeses detrás de un gato", esos chicos en un colegio irlandés muy católico, muy extremo y con mucha represión sexual, mucha autoridad muy presente. Eso me quedó grabado, lo había leído hace muchos años y, por alguna razón, quise ir de vuelta y tomé muchas cosas de esos rasgos de las descripciones, la sensibilidad. Tenía miedo de que me hubiese quedado muy suave, porque mi mirada nunca va a dejar de ser la de una mujer, pero traté de construirlo lo mejor que pude. Se lo di a leer a distintos amigos y conocidos a ver si el registro estaba fuera de lugar o no. Creo que es una sensibilidad diferente de un chico que está en un lugar en donde no se siente cómodo. La idea era contar ese despertar adolescente incómodo.

—Hay un aspecto que hilvana todo el libro: narrar a una clase media ilustrada y urbana que uno advierte del siglo XXI y con profesiones que no son las tradicionales. ¿Así se lo propuso?

—El concepto de clase media es muy grande y heterogéneo, pero sí son personajes que tienen determinados rasgos en común, poder adquisitivo, capital simbólico y acceso a bienes culturales. Entonces aparecen estas profesiones, los mundillos culturales del arte, la literatura, pero también surge una profesional joven que se plantea si tiene que congelar los óvulos o no. O este tipo de retiro que hacen los adolescentes de clase media alta. Son los universos que suelo retratar, como fue en el caso de la novela o en el de las crónicas de búsquedas espirituales. Porque hay una especie de preconcepto de que la crónica siempre está ligada a lo marginal y en ese caso fue un tema más liviano, pero son las grietas de la gente que tiene las necesidades básicas cubiertas y por dónde pasan sus falencias y sus necesidades. Acá está un poco tratada con cierto humor la neurosis de una clase social con las necesidades básicas cubiertas.

—Uno de los temas es ese trípode de maternidad, mujer y edad que aparece como una preocupación típica de ese sector social.

—Es un tema típico en estos sectores donde las formas de mandato, de machismo y de presión sobre las mujeres también entran de esta forma, no sólo con femicidios extremos, que obviamente nos incumben a todos. Los mandatos machistas contra los que todavía estamos combatiendo. Digo "estamos", porque también me considero dentro de esta clase, también tiene que ver con presiones respecto del éxito en la carrera laboral, en la pareja, en la maternidad. Son presiones muy subliminales de los micromundos que atravesamos día a día, pero que están muy presentes y que las mujeres sufren mucho, más allá de los discursos liberadores que se están enarbolando, que son válidos y que hay celebrarlos. Hay un lugar híbrido donde la liberación no es total y todavía las mujeres están presas de este tipo de discursos; por eso se plantean estas cosas a los 29 años.

"El sexo no tiene por qué ser siempre festivo o súper hot, también es cotidiano, habitual"

—El otro carril sobre el que transcurren los relatos tiene que ver con la desilusión, porque en casi todos los cuentos los personajes construyen un sueño que no pueden cumplir.

—Es la idea que atraviesa todo y de ahí el título. Si bien Sueños en 90 centavos es el título de una muestra de arte fallida que sucede en una de las historias, también es simbólico, porque representa cómo todos están persiguiendo algo o se desviven ante la presión de los mandatos, sean externos o internos. Este es un libro de personajes, no es uno en donde yo quiero plantear grandes temas ni bajar discursos, quiero construir historias. Las historias están situadas en determinados contextos que tienen que ver con estos escenarios urbanos contemporáneos y de clase media, pero por delante de todo están los personajes y sus conflictos, y tratar de explorar lo que les pasa como seres humanos.

—Y el tercer elemento fuerte es el erotismo. ¿Cómo lo trabajó?

—Me di cuenta cuando se terminó el libro que ese es otro eje que los atraviesa. Tal vez tenga que ver con que uno de ellos ya había sido publicado en una antología de relatos eróticos escritos por mujeres, "Exilio naturista". Es una pareja que está en crisis y que intenta salvarse a través de una búsqueda espiritual seudo new age en un retiro naturista. Allí aparece lo que investigué para las crónicas en formato de ficción: la desesperación de estas personas que se agarran a lo último que queda cuando ya no alcanza el psicoanálisis ni las religiones tradicionales. Todo eso atravesado por un erotismo muy intenso y muy triste, el erotismo del fin de una pareja, porque no siempre el sexo tiene que ser festivo o súper hot, como estos libros que hay ahora. Me interesaba mostrar los matices y cómo el sexo también es cotidiano, desacralizarlo y mostrarlo en su habitualidad. Por eso está tan presente sin que me haya dado cuenta, porque construyo a las personas en su día a día y esto forma parte de su vida, aun en su ausencia. Como el caso de la chica que no sabe con quién tener un hijo y está desesperada. También la atraviesa ese pensamiento de "¿Con qué chico puedo estar?" o "¿Dónde voy a congelar óvulos?". No hubo una búsqueda premeditada de que fuera un libro erótico o algo por el estilo, pero sí una presencia muy fuerte en tanto es algo que nos constituye a todos como seres humanos.

"Mi formación se la debo en parte a la literatura de los noventa y en parte a estos tres grandes"

—En el último cuento esa suerte de escritor frustrado (o quizás no) habla de Saer, Fogwill y Aira, que tal vez sean los tres tótems que han influido en los escritores contemporáneos. ¿Cuánto la marcaron y cuánto cree que lo hacen con su generación?

—Los tres son tótems, a los tres los respeto muchísimo. También soy licenciada en Letras, así que tienen una presencia muy marcada en mi formación personal. Me divierte mucho hacerles decir a los personajes cosas que yo no pienso y, por ejemplo, cómo juego con eso de que la literatura de los noventa no dejó nada en pie. Lo dice una de las chicas y yo pienso exactamente lo contrario: que mi formación se la debo en parte a la literatura de los noventa y en parte a estos tres grandes. Ahora hay una seudopolémica en torno a Aira, pero yo a Aira lo valoro muchísimo como escritor y creo que a cualquier escritor de mi generación, ya sea con una posición a favor o en contra, no le pasa inadvertido. Por eso es también este escritor que vos decís frustrado, pero en realidad no se sabe, porque hay un final abierto. Sí quise trasmitir su búsqueda por pertenecer y cualquiera a la hora de escribir tenemos a esas personas en la cabeza. Tenemos a los que nos precedieron, a los que nos formaron, si queremos seguir esa misma línea o si queremos romperla, pero ellos son un poco los padres literarios que hemos tenido y eso es indiscutible.

"En este momento no siento que tenga algo en común con nadie, y creo que mis cuentos tienen un sello propio"

—Usted nació en 1981 y forma parte de una generación de escritores que están publicando mucho. ¿Se siente parte de una generación? ¿Hay una estética que los une o sólo se trata de haber nacido en una determinada época?

—Si pienso en el concepto de generación literaria, como la del 37 o la del boom latinoamericano, pienso en cierta estética común más allá de ser contemporáneos. Más allá de haber nacido en años cercanos, hay padres literarios con los que romper o movimientos a los cuales uno pertenece. Todo eso en este momento de mi producción no siento que tenga en común con nadie, un poco porque se fue dando así y creo que mis cuentos tienen como un sello propio que no lo veo. Si alguien de afuera me quiere homologar con algún grupo, daré mi opinión, pero en este momento mi búsqueda es muy propia y muy personal. Sí tengo un montón de escritores amigos, contemporáneos a quienes respeto y me encanta que estemos publicando todos al mismo tiempo. Me parece muy válido y a lo mejor entre ellos sí tienen estéticas más parecidas o no, no lo sé.

—¿Cuáles de ellos la sorprenden?

—Me gusta mucho Félix Bruzzone, que también fue mi socio en Tamarisco. Hace poco leí un libro muy bueno de Margarita García Robayo que se llama Cosas peores; Samanta Schweblin y su registro del género fantástico; Mariana Enriquez, por cómo maneja el terror, el suspenso y la construcción de personajes; Selva Almada, Alejandra Zina. Me gustan varias mujeres y la búsqueda que tienen; me parecen muy sutiles. Pedro Mairal también. Ahora acaban de reeditar El año del desierto, que es un libro fundamental, por cómo retoma los tópicos de la literatura argentina y pasa revista a la historia, construye personajes. Es enorme el trabajo que ha hecho. Iosi Havilio también me gusta mucho. Hay un montón.