Carlos Bosch
Carlos Bosch

Verdadero genio de las letras. Viajero impenitente e intelectual abierto. Un nómade que nació en Bruselas, se nacionalizó francés, vivió en Argentina, y huyó a causa de las juntas militares.

En Buenos Aires, estudió en la Escuela Normal de Profesores. Dictó clases en la Universidad de Cuyo. Una beca lo empujó a París. Ahí se perfeccionó y acabó como traductor de la UNESCO. La robusta vocación literaria no silenció su pensamiento político. Alabó y divulgó la causa revolucionaria comandada por Fidel Castro, con quien entabló una amistad que agitó a la prensa hispanoamericana. El revuelo mediático no amedrentó su carácter; tiempo después proclamó sin pudor el apoyo al régimen sandinista de Nicaragua.

Otras manifestaciones en el ámbito político quedaron plasmadas en Dossier Chile: el libro negro. Las páginas expresan su férrea defensa de los derechos humanos. Formó parte del Tribunal Russell II (1973), que juzgó en Roma los crímenes llevados a cabo por las dictaduras latinoamericanas.

Comenzó su peculiar universo literario entre un realismo atronador y descarnado y el existencialismo más tópico. Sin embargo, con el trascurso de los años, la fantasía y la magia invadieron su escritura. El corolario fue la génesis de una corriente literaria exótica: el realismo mágico. Hoy diluida, casi extinguida, aunque añorada por muchos.

Los reyes (1949), una de sus primeras obras, es un poema en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece en Los premios (1960), crucero que se convierte en pesadilla para los protagonistas.

En los cuentos sacó a relucir su inventiva, el extraordinario manejo del lenguaje coloquial, y la incomparable capacidad de crear entornos fantásticos, sugestivos e inquietantes; con ritmo y tonalidad emparentados con Jorge Luis Borges. Estos llamativos atributos, que a priori podrían sonar estrafalarios, lograron la consigna básica del arte de las letras: cautivar al lector. A pesar de la disolución de la realidad, de lo insólito, del humor o del misterio, entreteje las historias con irrefutable verosimilitud.

Colecciones de cuentos más conocidas: Bestiario (1951), Las armas secretas (1959), El perseguidor (convertido en un referente obligado de su obra), Todos los fuegos el fuego (1966), Octaedro (1974), y Queremos tanto a Glenda (1981).

Entre el relato y el ensayo imaginativo, de difícil clasificación, pueden señalarse: Historias de cronopios y de famas (1962), pequeñas historias que, a través del humor, proponen abandonar lo establecido, dinamitar las rígidas convenciones, atreverse a lo fantástico; La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Último round (1969), miscelánea de poemas, cuentos, recortes periodísticos, citas, textos recogidos de la calle (ejemplo: las pintadas del mayo francés. Presencia (1938), Pameos y meopas (1971) y Salvo el crepúsculo (1985), forman parte de sus poemarios.

En concordancia con los pasos de Edgar Allan Poe, Cortázar incurrió en breves ensayos. Algunos aspectos del cuento, el más relevante. Propone un enfrentamiento entre el relato y la novela. Varios acontecimientos sucesivos versus un acontecimiento principal, en el que se articulan las acciones del personaje y los elementos retóricos que siembran ambigüedades, generan tensión en el relato y ocultan el desenlace.

Casi todos los cuentos que escribió pertenecen al género llamado fantástico, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse, como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido por un sistema de leyes, de causas y efectos, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas.

La literatura de Cortázar está al margen del realismo ingenuo, y linda con lo excepcional, trátese de temas o incluso de formas expresivas.

Sin embargo, tenía la certidumbre de que existían ciertas constantes, valores que se aplicaban a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos.

La creación espontánea precedía casi siempre al examen crítico. Nadie podía pretender que los cuentos solo se escribiesen luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no había tales leyes; a lo sumo podían estandarizarse los puntos de vista, ciertas constantes que daban una estructura a ese género tan poco encasillable. En segundo lugar, los teóricos y los críticos no tenían por qué ser los cuentistas mismos, y era natural que aquellos solo entraran en escena cuando existía ya un acervo, un acopio de literatura que permitía indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

Hizo trizas la linealidad narrativa. El lector deberá elegir el orden de lectura: la clásica sucesión de capítulos o un esquema de saltos. Revolucionaria para la época. Cortázar propone lo que la investigación lingüística y literaria ha llamado desconstrucción del texto. Los discursos literarios, filosóficos, políticos y hasta eróticos que se insertan en la novela se corresponden con cuestiones heredadas de la literatura del absurdo, de autores como Franz Kafka y Albert Camus.

Existen dos aspectos relevantes: el desdoblamiento autor-narrador (dualidad que, sin duda, remite una vez más a Cervantes como creador de la novela moderna) y la reconstrucción de la cronología. Él mismo ha declarado que quería superar el falso dualismo entre razón e intuición, materia y espíritu, acción y contemplación, para alcanzar la visión de una nueva realidad, más mágica y más humana. Al final de la novela, en oposición a la clásica o tradicional, quedan interrogantes sin resolver: nada se cierra, todo está abierto a múltiples mundos.

Diez años antes de su muerte, empujado por la nostalgia de la juventud, volvió a su querida Mendoza. Jugó en columpios de Potrerillos y palmeó las espaldas de aquellos chicos, ahora grandes, que llevaba amarrados al corazón. En esa visita confesó que hubiera podido entrar en la Argentina por vías cómodas y rápidas. En cambio, tomó el Trasandino para acercarse despacio, saboreando el paisaje, como quien se demora en comer un durazno. Y buscó Mendoza, porque la quería desde muy lejanos tiempos, desde una juventud que se negaba a morir, como si veintiocho años no hubieran pasado por las calles o su cara. Y era la de siempre, le dio otra vez el rumor del agua en la noche, el perfume de las plazas profundas.

Julio Cortázar no padeció cáncer ni leucemia como se especuló. Falleció de sida, y le contagió la enfermedad a su querida esposa, Carol Dunlop. Ella murió primero, dos años antes de él.

En su (casi desconocido hoy) texto de despedida a su país querido, el escritor dijo:

"Para un viajero del mundo que siempre llevó consigo a su Argentina y trató de decírselo con libros, qué recompensa me das hoy, Mendoza, puerta de mi casa, amiga fiel que me sonríe".

Informe : Federico G. Labandal