Desde el avión ya se adivina que se está a punto de descender en el mismísimo paraíso. Pero "paraíso" en el sentido literal, alejado de cualquier metáfora. Un pequeño trozo de tierra calurosa y desértica, rodeada de aguas azules y cristalinas. Una belleza natural que desconoce la delincuencia y la pobreza.
En los lujosos hoteles, el recibimiento es inmejorable. Más allá de la excelente infraestructura y el distinguido servicio, destaca el entorno teñido de alegría contagiosa. El buen humor de los habitantes y trabajadores trasciende horarios y estaciones. Suenan carcajadas y chistes a lo largo del día y de la noche. Razón que catapultó a Aruba al podio de los países más felices del mundo.
El día del huésped comienza con el clásico desayuno caribeño. Frutas y verduras regionales, panes, facturas, lácteos y demás alimentos que, en cantidad y calidad, superan las expectativas. Después se puede optar por diferentes actividades; por ejemplo, disfrutar de un trago en el bar ubicado en el centro geométrico de la pileta, o jugar algunos hoyos en la gran cancha de golf, o ir directo al grano: caminar en la arena blanca, descansar en los sillones gratuitos de playa y quitarse el calor en el mar turquesa y tibio.
Los norteamericanos, venezolanos y colombianos representan el mayor porcentaje de turistas que transitan la isla. Y, por las tardecitas, invaden el centro comercial donde son atendidos por los residentes, de una maneja ejemplar.
Serviciales, alegres, atentos, educados. Y preparados; manejan con solvencia tres idiomas (inglés, español y, por supuesto, holandés), y el dialecto de la región. Además son notables cocineros, expertos en frutos del mar. Recomiendan el pez espada frito, pargo a la parrilla, langostinos salteados con lima y ajo, junto a papas y plátanos acompañados de cuencos con salsa picante de papaya. Para beber, cervezas Balashi, de producción local. Lo único que se elabora en la isla, y esto acarrea consecuencias: los precios. El paraíso cuesta. Deben importar comida, bebida, cigarrillos, sal, combustible, y demás elementos necesarios para el funcionamiento de una nación.
Zonas de mar calmo garantizan el descanso. Sectores de olas para los amantes de los deportes acuáticos. Corales y barcos hundidos seducen a los aventureros, y aportan claroscuros al océano cristalino y fragante, que abraza el trozo de tierra más feliz del planeta.
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