Siete obras de arte que aún maravillan

¿Cómo definir a los mejores cuadros de la historia? La tarea sería muy difícil y sumamente subjetiva. En cambio, les proponemos una lista con aquellos que no pueden dejar de conocer, aún si no han logrado viajar a apreciarlos

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El nacimiento de Venus, de
El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli.  Mustique 162

Existen pinturas que traspasan los movimientos artísticos del momento y las modas impuestas por las grandes galerías. Son aquellas que resultan imposibles de obviar en las enciclopedias y cualquier libro respetable del arte.


La Galería de los Uffizi aloja este temple sobre lienzo, cuyas fuentes literarias son Las Metamorfosis de Ovidio y de Angelo Poliziano. Las sensaciones que despierta esta obra pictórica son de una enorme intensidad poética, pero quizás sea interesante el análisis de la geometría: la posición de Venus está desplazada respecto a la línea central y esto brinda una sensación de movimiento. El desnudo femenino protagoniza la composición.

La Gioconda, Leonardo Da Vinci (1503-1506)

También conocida como la Mona Lisa, esta es, sin dudas, la obra pictórica más famosa de la humanidad, y hoy se puede visitar en el Museo del Louvre. Este óleo sobre tala de álamo emplea la técnica de fumato: una niebla imprecisa difumina los contornos y da una impresión de inmersión total en la atmósfera. Una particularidad de la Mona Lisa es que no posee cejas ni pestañas. Si bien hoy en día nos parece muy extraño, era una costumbre habitual entre las damas florentinas de la época extraerse todo el vello de la cara.

El jardín de las delicias, El Bosco (c. 1506)

Este tríptico pintado al óleo, la obra más célebre de El Bosco, se encuentra en el Museo del Prado. Su obra, plagada de simbolismo y alegorías, es una sátira de los males de la sociedad, aunque en las pinturas de Hieronymus Bosch todo puede recibir más de una interpretación. Su trabajo es minucioso y detallista, que trabaja con la complejidad de las miniaturas y el misterio en el todo.

Nenúfares, Claude Monet (1916-1919)

Monet decidió cultivar exóticos nenúfares importados de Japón en el jardín en su casa de Giverny. A partir de 1910 y hasta su muerte, su estanque se convirtió en su única fuente de inspiración. Jamás la pincelada del pintor fue tan libre en su gestualidad. Evacúa el horizonte y el cielo, ningún punto del estanque detiene la atención más que otro. Esta ausencia de punto de referencia proporciona calidades que evocan el infinito y lo ilimitado.

Las Meninas, de Velázquez (1656)

Este artista del Siglo de Oro Español nos presenta el retrato de la infanta Margarita de Austria, cuya luminosidad la hace el personaje más importante del cuadro, aunque también aparece rodeada por sus sirvientas, las meninas, y en el fondo aparece un autorretrato. Junto a la puerta se reflejan en el espejo las figuras de Felipe IV y Mariana de Austria, pero si no fuera por el toque de luz que el artista da al espejo no repararíamos en ellos. Este es un juego visual, un tanto enigmático, que hoy descansa en el Museo del Prado.

Las tres gracias, Peter Paul Rubens (1636-1639)

La obra más famosa de Rubens se aloja en el Museo del Prado. Pintado al óleo sobre tabla, señala la relación del maestro con la pintura flamenca antigua. Si bien el artista también se remonta a la tradición de Rafael, Rubens cambia la relación entre las tres figuras que están conectadas entre sí a través de los brazos, el velo y sus miradas, es decir, de un modo psicológico que da una nueva unidad al grupo. Este es uno de los cuadros que mejor transmite el grado de felicidad y sensualidad que manifiestan muchas de las últimas pinturas del artista.

El grito, Edvard Munch (1893)

En la Galería Nacional de Noruega se encuentra la versión más famosa de los cuatro cuadros de El grito. Todas las versiones muestran una figura en primer plano que simboliza a un hombre moderno con aires andróginos en un momento de profunda desesperación existencial. La obra fue robada durante 2004 y reapareció dos años más tarde, aunque lamentablemente la humedad que sufrió le produjo daños irreparables.