El mundo está lleno de tesoros fascinantes, de todo tipo y para todos los gustos, a los que sólo podemos acceder a través de la palabra de quienes se dedican a descubrirlos y estudiarlos. Por otra parte, la vida ciudadana actual reclama nuestra presencia activa a través de una participación informada para la toma de decisiones que nos afectan de manera directa y, muy especialmente, configuran las condiciones de vida de las generaciones futuras. Nada de esto es posible sin un lenguaje claro en los textos a los que accedemos para intentar saber más.
Mi primer trabajo como editora de textos –varias décadas atrás- fue en una revista de divulgación científica. Sus sabios responsables me explicaron que el objetivo de mi intervención en el texto de los colaboradores era lograr que cualquier lector con cierto piso de estudios pudiera entender lo que el artículo explicaba, fuera cual fuere el área de conocimiento al que se refería. Los artículos, que presentaban los temas más actuales del desarrollo científico mundial, eran escritos por los propios investigadores o por especialistas en la disciplina. Es decir que se trataba de información de primera mano.
Recuerdo muy especialmente el éxito y la repercusión de un artículo sobre el estado del arte del modelo de las supercuerdas en la física teórica que editó una colega senior con maravilloso pulso para desplegar y exponer con sencillez la abigarrada sabiduría del autor.
En una oportunidad, tuve que editar un texto de fisiología sobre la responsabilidad del revestimiento de los vasos sanguíneos para mantener la sangre en estado líquido. Su autor era una respetada autoridad en la materia. Luego de armar mi propuesta básica de edición, me dirigí a su despacho para hacerle algunas preguntas sobre ciertos párrafos que no me quedaban claros. Yo era muy joven y tenía un fresco título universitario del área de las humanidades. Él, todo lo contrario. A la segunda pregunta que le hice empezó a gritarme y acusarme por el descaro con el que yo pretendía "corregir" su texto sin saber nada sobre el tema. Para mi propia sorpresa, permanecí en silencio, tranquila, esperando que se calmara. Cuando tuve la oportunidad de hablar, simplemente le pregunté para qué quería publicar su trabajo si yo –en nombre de las lectoras y los lectores de la revista no iba a aprender nada nuevo después de leerlo.
Desde esa época, en la actividad profesional y en la docencia, nunca dejé de abogar por el lenguaje claro como un derecho de las personas para acceder al conocimiento en sus infinitas facetas, sea por placer, entretenimiento o, lo más importante, como recurso indispensable para participar activamente en la toma de decisiones como ciudadanos y ciudadanas informados en los distintos niveles de la vida institucional.
Un ámbito particularmente misterioso y recelado es el de la economía. Y, sin embargo, el trabajo, los ingresos, los precios, la posibilidad de superar fronteras personales y geográficas y acceder a la diversidad gracias a la disponibilidad de las nuevas tecnologías, etcétera, etcétera, todo depende –más tarde o más temprano de la política económica, de la visión y capacidad de sus ejecutores y de nosotros, que no somos economistas ni lo queremos ser.
¿Qué hay detrás del sachet de leche que compramos en el comercio más conveniente? ¿Por qué llega –o no- el gas a nuestras cocinas? ¿Qué implica que un automóvil se fabrique todo, en parte o nada en nuestro país? ¿Cómo se decide el presupuesto local, regional o nacional que manipula miles de millones de pesos recaudados con los impuestos que pagamos nosotros? ¿Brujería? Para nada.
Detrás de todo ello hay historias de personas e instituciones que han hecho bien o mal las cosas, con originalidad y esfuerzo o abusando de las circunstancias, dispuestas a superar el oportunismo y la ignorancia o sacando ventaja de ellos. Y hay contextos..
El trabajo académico requiere su propio marco teórico e instrumental, así como cada uno utiliza las herramientas que aseguran una labor eficiente. Sin embargo, la comunicación de los resultados de ese trabajo debe hacerse en un territorio que resulte cada vez más familiar y accesible para todos los actores del proceso. Más y diversos espacios de diálogo directo entre especialistas, público, periodistas y otros mediadores son bienvenidos. Pero antes o después, queremos asegurarnos el acceso a la lectura de un libro "abierto", de cuyas páginas podamos levantar los ojos tantas veces como sea necesario para pensar sobre lo que hemos leído y comenzar el diálogo nuevamente.
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