La tarea de escribir posee siempre una pulsión de ansiedad que lleva al escritor a quitarse un peso de encima, una parte de sí, esa mochila pesada en la espalda que, luego de un tiempo prudente de acumulación, se abre para exhibir a la sociedad todo lo que hay en su interior. Pero esa ansiedad no puede ser un simple goce hedonista del individuo que escribe porque, siempre, existe un interlocutor: el lector. ¿Cómo pensar un producto literario sin anclarlo en una época, en un lugar, en un contexto en el cual se desea intervenir? Sin esa correlación, la literatura es una nube flotando indecisa por algún rincón ignoto del cielo.
Las redes invisibles (Momofuku, 2014) de Sebastián Robles es un libro de relatos que entiende que la existencia literaria sólo se justifica si hay algo para decir sobre el presente y generar al lector una serie de interrogantes o dislocaciones para con su época que, previo a su lectura, no tenía. La temática transversal son las redes sociales pero no con el apesadumbrado análisis ensayístico sino, más bien, con la elevadora imaginación ficcional. ¿Qué transformaciones implican las redes sociales en la subjetividad del siglo XXI? ¿Cómo moldean nuestra forma de pensarnos en el mundo? ¿Son acaso un simple elemento más de nuestra cotidianeidad o, más bien, conforman una suerte de prisma por el cual miramos y nos miramos?
Exceptuando las colaboraciones en antologías, Las redes invisibles es el segundo libro de Robles -Los años felices (Pánico el pánico, 2011), el primero- y se configura a partir de diez relatos donde cada uno narra la existencia de una nueva red social ficticia. Basado en el esquema de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, este escritor de 36 años –que publicó previamente algunos de estos textos en Revista Paco- aborda la densidad contenida en cada una de estas redes que, tan específicas como generales, dicen de nosotros mismos mucho más de lo que creemos.
Una red social donde los enfermos terminales pueden contar sus últimos días de vida; una red social donde perros y gatos, mediante un chip, pueden comunicar sus pensamientos y relacionarse, para luego dominar el mundo; una red social donde los usuarios encuentren su alma gemela, esté donde esté; una red social con niveles jerárquicos donde para subir es necesario crear nuevo sentido.
Si el misticismo resume todas las representaciones del mundo en la divinidad, en un presente secularizado e hiperinformatizado, el concepto simplificador podría ser el algoritmo. Así, un cálculo basado en una serie de operaciones matemáticas, teniendo en cuenta los intereses de cada usuario internauta, puede hallar la solución a todos los males de nuestra sociedad actual. Mediante esta premisa, los diferentes relatos que construye Robles tallan un universo de complejidad donde cada red social viene a resolver el aislamiento, la soledad y la falta de comunicación en un mundo oscuro y distante.
¿Es posible la supervivencia lúcida en un lugar donde predomina la sobreinformación, la repetición, la chatarra discursiva y la publicidad? "La web es un territorio muy rico pero también muy peligroso. La actitud activa frente a ella es la que nos puede ayudar a sobrevivir ahí adentro. Por eso me parece vital seleccionar, ver, deducir", aseguró el autor en una entrevista en Alrededores del 2014.
Frente a los apocalípticos melancólicos -José Pablo Feinmann en Filosofía política del poder mediático (Planeta, 2013) asegura que "internet es la muerte de la emoción"- Robles no se posiciona como el defensor de esa improbable democratización redentora, sino que profundiza el debate, mediante sus personajes, al plantear que "la web no piensa; nosotros pensamos a través de ella" (en el nosotros inclusivo hay una postura) y que esta nueva tecnología "nos enseñó que para viajar al cosmos, para ser dioses, no era necesario construir una nave, sino inventar un lenguaje".
Y quizás sea la noción del lenguaje la problemática más importante que aborda el libro dado que, como decía Jaques Lacan, es a partir de él que se configura el sujeto, a partir de esa gigantesca convención social que nos permite comunicarnos. "¿Qué es el lenguaje sino una red social?", se interroga uno de los personajes en Animalia, cuarto relato del libro.
Esclarecida la verosimilitud de un contexto ficticio, Sebastián Robles no teme en omitir tildes, escribir palabras incompletas –o directamente mal escritas- o traducirlas a la sonoridad del lenguaje oral. No teme porque comprende que el lenguaje es un fenómeno en permanente mutación, no un acartonado sistema de signos. Por eso, en un chat, en un comment, en un apresurado SMS, está el germen de algo nuevo, de una transformación en el lenguaje que, pese a parecer mal escrito, transmite un significado contundente. Tal como dictaminó Charles Sanders Pierce: es el interpretante el componente fundamental de las significaciones.
Las redes invisibles utiliza la supuesta banalidad que un dispositivo virtual genera para comunicar dos individuos aislados y establece un giro profundo, cargado de densidad filosófica, para subvertir el sentido común de, por ejemplo, las distinciones entre el sexo y el amor, las relación entre los humanos y los animales, la naturaleza de la realidad, la objetividad democratizadora de la web, el privilegiado capital simbólico de ser escritor. Las ficciones, compuestas por la verosimilitud del género biográfico, la ciencia ficción y ciertos pincelazos del periodismo narrativo, establecen un itinerario (diversificado según la red social) para realizar expediciones turísticas hacia el interior de la web, de la web profunda, de la deep web, donde aparecen pequeños espejos laterales al costado del camino que nos reflejan como sociedad, como individuos, con nuestras miserias, nuestros miedos y nuestras expectativas.
Un libro fundamental para comprender la época, desabotonarse un poco de las tradiciones literarias del pasado y confiar en el prometedor horizonte de la nueva literatura argentina.
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