Samanta Schweblin sonríe y dice como al pasar que ellos, los cuentistas, no se sienten escritores y el interrogante surge solo ¿Es posible que no se termine de sentir escritora la que es, tal vez, la autora más reconocida de su generación? ¿Será así para alguien que mostró una voz singular y de una profunda riqueza apenas cruzados los veinte años cuándo su primer libro de cuentos "El núcleo del disturbio", ganó el premio del Fondo Nacional de las Artes en 2001? ¿Podrá tener ese sentimiento quién fue traducida en catorce idiomas? Sí, en catorce idiomas se lee su segundo libro Pájaros en la boca (2009), obra que no sólo es el anterior a "Distancia de rescate" (Random House), sino que es en donde también aparecen algunos rastros de su primera novela. La maternidad, por ejemplo, o la relación entre padres e hijos y los miedos que rodean ese vínculo que Samanta ya había esbozado en el cuento Conservas o en las pistas que la autora deja planteado en el relato que dio título a aquel libro.

En "Distancia de rescate", la velocidad y la tensión que ya son marcas de la literatura de Schweblin están presente pero se introduce un elemento nuevo en sus textos: el trabajo sobre una problemática de la realidad. En efecto, la contaminación que generan los agroquímicos le permite a la autora desarticular toda la visión mítica que narra al campo como el lugar idílico en el que sólo puede haber belleza, vida, paz y tranquilidad.

De paso por Buenos Aires y antes de volver a Berlín, Samanta Schweblin visitó la redacción de Infobae para entregarse a una charla cálida en la que ofreció su mirada sobre los temas que plantea la novela, revelar sus miedos al entregar un libro y adelantar que en 2015 publicará un nuevo volumen de cuentos.

He vivido en México, en Shangai y en Italia, pero fue verdaderamente en Berlín en donde pasé más tiempo, estoy empezando el tercer año. Mi mundo es Argentina y Latinoamérica, pero vivir afuera me permite ver este continente desde otro lugar. O por lo menos verlo entero. El mundo sigue siendo el mismo pero cambió un poco la mirada, incluso desde lo práctico: en Berlín está la Biblioteca iberoamericana, que es una de las más grandes de Europa y nunca leí tanta literatura latinoamericana como en estos años. A mi me encanta la literatura norteamericana y siempre la leí, pero en estos últimos años no paro de leer y pensar: Latinoamérica se volvió algo que, desde donde estoy, puedo mirar entero.

No había leído a muchos de mis contemporáneos y también me pasó de conseguir libros de las cartoneras de países que aquí no se consiguen. Por ejemplo, de Paraguay.

No lo sentí distinto pero no estoy muy convencida de que haya pasado por completo a la otra orilla. Siento que "Distancia de rescate" es una forma intermedia, donde muchos recursos y normas con los que tiene que lidiar un cuento todavía están. Pero también porque fue algo que surgió naturalmente, no es que me propuse escribir una novela, más bien estaba trabajando en un cuento que me estaba dando bastantes problemas porque no podía terminar de entender como podía contar una historia como esa y fue mi cabeza de cuentista la que tardó en entender que para contar esa historia como la quería contar necesitaba ciento treinta páginas más. De pronto me vi inmersa en ese lío, inmersa con un montón de problemas pero también con un montón de soluciones: ya sabía muy bien que era lo que quería contar. Fue como correr un caballo que cada vez estaba más lejos y yo tenía que correr más rápido para que no se me escapara y entonces la carrera se hizo muy larga. Un poco me tomó por sorpresa.

Eso fue todo un desafío. La novela visualmente tiene dos narradores pero los que narran de verdad son tres, Carla, Amanda y David. Son tres historias completamente distintas que suceden al mismo tiempo en un mismo diálogo. Y a la vez tiene tres tiempos, esas tres historias se cuentan en un pasado, en un pasado de ese pasado y en el presente de la historia. En un momento fue bastante complicado porque además estoy convencida que cualquier estructura narrativa puede ser compleja pero no puede ser complicada, en el sentido en que el lector no puede estar entretenido en tratar de entender qué es lo que está pasando. El lector tiene que entender más allá de eso, tiene que tener la cabeza en otra cosa. No en tratar de entender por qué no entiende. Me refiero al lenguaje y esas complicaciones técnicas. Una vez que terminé de escribir, fue un texto que requirió muchísimas correcciones porque quería que todos esos saltos estuvieran muy disimulados.

Es así, totalmente. Y eso tiene que ver estar afuera, esto que decía de la mirada. Uno siempre mira hacia fuera y en esa mirada escribía mis cuentos. Ahora mirar hacia fuera es mirarme a mí también y es mirar Latinoamérica porque la tengo enfrente. Es verdad que hay una realidad más precisa que se está filtrando en lo que hago, incluso en lo que estoy escribiendo ahora. Este tema en particular de los agroquímicos y el lifosato es un tema que tenía pendiente desde hace años y que me asusta como ciudadana argentina. Me aterra, diría.

Sí, me gustaba esta idea de seguir pensando el campo como un lugar de seguridad, agradable y de relax, con viento y sembrados amarillos y todo esto de lo tranquilo y lo sano. Es ese espacio en el que uno puede confiar, pero qué pasa cuando uno sale de la ciudad como el lugar del mal y va hacia el campo y se encuentra que el campo tampoco es lo que era. Ese campo también está tomado por ese mal de la ciudad, también está intoxicado y envenenado. Es un mal tramposo porque en la ciudad uno sabe quién es el enemigo, pero en el campo es un enemigo que todavía no conocemos y que está desdibujado, no sabemos exactamente en dónde está. De hecho, la historia tiene que ver con eso: buscar el punto en que uno hace ese cruce y por fin toca eso que te envenena.

Hay dos búsquedas: una es la del texto, que si bien es un texto con mucha acción y en el que suceden muchas cosas, es un texto muy reflexivo. Como si fuese una sesión de psicoanálisis en donde uno se pregunta y se re pregunta muchas veces lo mismo y no se contenta con cualquier respuesta. Pero también fue una especie de leitmotiv para escribir, es una pregunta que me hago todo el tiempo cuando escribo, pero sobre todo con este texto. Es una pregunta que tiene que ver con como construyo mis mundos literarios, es una pregunta tonal en mi cabeza.

Un llamador, un concentrador y un limpiador.

Exactamente. Es como respetar al lector. Soy una lectora muy exigente y muy abandónica. Abandono muchos libros en cuanto siento que el narrador no está controlando todo y no sabe perfectamente lo que está haciendo, siento que ya no puedo confiar en él y ya no me interesa. Es algo que practico mucho y siento que es una responsabilidad como narradora cuidar ese tiempo.

Sí, es terrible, es un gran abortivo. Pero son momentos distintos. En los momentos creativos uno funciona como una esponja, cuando uno absorbe e intenta generar ideas nuevas, y hay momentos que son de corrección, limpieza e higiene de un texto.

Sí, y en verdad es un problema porque pareciera que cualquier texto que puede fallar o que no vaya a ser grandioso no vale la pena que sea escrito. Por suerte cuando uno escribe realmente cree que lo que uno hace es maravilloso, grandioso y que jamás alguien escribió algo parecido pero después cuando al día siguiente uno lo lee se da cuenta que es una porquería. Por suerte el momento creativo tiene una sobredosis de endorfinas que ayuda a avanzar sin criticar tanto.

Sí, me cuesta mucho entregar los textos. También por miedo, soy miedosa, me parece que siempre un libro nuevo es como un barquito de papel que uno pone por primera vez en el agua y que hasta último momento no sabés si flota o no. Todo te genera mucha desconfianza.

No mucho. Estaba terminando un nuevo libro de cuentos, que lo estoy terminando ahora, y apareció este cuento y frenó todo. En realidad tengo dos libros en todo este tiempo. Es una historia en la que estuve pensando desde hace muchos años, antes de irme a Berlín ya estaba pensando pero no terminaba de encontrar la voz y la manera exacta en que yo quería contarlo. Había algo en el como más que en qué. Una vez que lo entendí se escribió rapidísimo, en cinco o seis meses, y lo disfruté un montón. Para un cuentista el momento de la escritura casi no existe, o por lo menos para mí. Escribo mucho con los pies, en el sentido que camino mucho y pienso mucho antes de sentarme a escribir. Hay gran parte del texto que está decidido antes de sentarme. Hay un montón de cosas que no sé, pero la sentada de un cuento es muy breve y después todo es corrección. Cuándo uno es cuentista no siente que es escritor, es una persona que hacia atrás siempre ha escrito algo pero no está escribiendo algo. Con este texto que era más largo, durante todo ese tiempo me levantaba todos los días y sabía exactamente en que mundo estaba metida y que iba a escribir ese día. Todo eso fue súper gratificante.

Es muy importante. La tensión es la energía narrativa, sin esa energía no puedo avanzar, ni como lectora ni como escritora. Muchas veces encontrar como contar una historia tiene que ver con encontrar el punto de tensión en cualquier cosa que uno cuenta y que no siempre es el mismo. A veces la tensión está en el tono, a veces en lo que no se dice, a veces en todo lo que se dice. Tiene que estar esa tensión sino siento que es una maquinaria que puede ser perfecta pero no tiene nafta, no termina de ponerse en marcha.

"Pájaros en la boca" se tradujo a catorce idiomas...¿qué puedo decir de eso? Creo que ese es un libro bastante abierto en cuestiones espaciales. Puede ser muy específico en cuánto a lo que cuenta, a cómo se cuenta pero es muy abierto y puede leerse desde distintos lugares. Las lecturas son siempre muy personales. Me ha pasado que varios lectores extranjeros insisten en que "Matar a un perro" trata sobre la represión militar en Argentina cuándo jamás tuve esa intención. Otra cosa fuerte que me pasó fue con el cuento "Bajo tierra", de unos chicos que cavan un foso y se entierran, mucha gente asoció ese cuento con Cromañon y yo no tuve para nada esa intención.

-(Risas.) Sí, pero no me digas así que me siento la menos productiva de mi generación...