El día que Gardel cantó en las calles de Mercedes

Fue en el año 1933, cuando el Zorzal criollo visitó la ciudad bonaerense, revolucionando a la sociedad local y demostrando que, ya consagrado como un artista internacional, no olvidaba sus orígenes populares

162

[Lo que sigue es un anticipo del libro CRÓNICAS DE GARDEL EN MERCEDES y otras historias... i (Dunken, 2014)]/i

Ricardo gambeteaba los pequeños árboles que se habían plantado escasos años antes y aún luchaban por instalarse todo a lo largo de la calle 18. Era una manera de sacarse los nervios y prepararse para el gran momento. Su padre caminaba acompañado de varios clientes de la peluquería que, con entradas en la mano rumbeaban, emperifollados a disfrutar de la función Ronda. Doblando la 25 ya se advertía un número importante de gente que se dirigía a la Sede del Cine Social, muy cerca de la calle 22. Algunos para entrar directamente, otros pugnarían por obtener una entrada.

Ricardo, mi fiel amigo, se quedó afuera, mientras los mayores entraban para disfrutar primero de la película "Madame Julie" y luego, claro, la actuación del Zorzal. Lo importante vendría después, a la salida, momento de abordar al Maestro.

Read more!

Fueron tres largas horas, tensas pero nunca aburridas. Muchos vecinos se juntaban y charlaban animadamente, mientras Don Pío Santucci ordenaba las filas de ingreso y cortaba las entradas; siempre en su inconfundible cocoliche; Avanti per il Chorchal, avantti per il Chorchal, con il biglietto in la mano per Favooore. Si por ventura algún jovencito hubiera pretendido "colarse" te acomodaba un schiaffo (cachetazo) en la nuca que te hacía abandonar la idea. Desfilando en un singular hormigueo humano, las cuatrocientas personas fueron pasando, expectantes y entusiasmadas, mientras alguno entonaba un tango de Gardel para ir amenizando. Pronto los contratantes fueron dándose cuenta que no alcanzarían las habituales comodidades y colocaron sillas en cuánto hueco pudieran entrar.

Si ese día hubiese sido a cielo abierto, igual se habría rebalsado.

El Cine Social vestía esa noche como las mejores, los frescos de Luis Colombo lucían más bellos que nunca y el colorido de los balcones parecía derramar sobre el resto de la concurrencia una expectativa nunca vista hasta entonces, era sin dudas una gala mágica, irrepetible.

Cuándo empezó el concierto se hizo un profundo silencio en las personas que ya cortaban la calle en permanencia y se pudo escuchar, -aún en sordina- las estrofas de La han visto con otra. Un aplauso cerrado cerró la prestación y así fueron desgranándose una a una todas las canciones. El punto más alto fue alcanzado cuando el Zorzal entonó ese monumento a la desesperanza humana, ese grito desgarrador, Silencio. Un retrato insondable de la primera guerra mundial elevado a himno popular y homenaje a su tierra natal. En la calle principal de Mercedes el tiempo parecía haberse detenido, el pueblo ahí reunido lo escuchaba como si el lugar se hubiese convertido por arte de magia en el atrio de una catedral.

Pero todo llega a su fin y cuando las campanadas de la Catedral daban las ocho una ovación cerrada marcaba el final, después de prolongados y repetidos bises. Era una aclamación contagiante. El público comenzó a salir y lo hacían entonando "Volvió una noche", a modo de agradecimiento a la visita que los había hecho tan felices por un buen rato.

Ricardo dejó pasar la primera oleada y se acomodó al lado de la puerta del Taxi Ford que esperaba a Gardel para llevarlo hasta el Hotel. La gente que había escuchado el recital se retiraba pero aquellos que habían esperado afuera, aguardaban poder ver al ídolo aunque sea unos segundos. Y saludarlo.

Unos minutos después y precedido de los auspiciantes y sus guitarristas, aparece la figura inconfundible del Zorzal Criollo con el brazo extendido a modo de cordial saludo a los mercedinos presentes. Un aplauso cerrado brotó espontáneo de los cuatro costados de la calle y eso hizo reavivar el agitar de las manos de Gardel. Estaba ya a menos de un metro de la puerta negra, cuando un joven modestamente vestido hizo oír su voz poniéndose las manos como bocina en torno de la boca;

- Maestro, lo queremos escuchar.

- Pero ya me han oído un buen rato cheee. Tengo que descansar un poquito ahora, le explicó el Mago.

- Nosotros no pudimos entrar, sabe Don Carlos e hizo el gesto inequívoco de un bolsillo dado vuelta.

- Ah, bueno. Pero eso tiene arreglo, sabés...

Gardel se dio vuelta, lo miró a Riverol que no necesitó más gestos. Entre cuatro hombres cercanos lo ayudaron a subir al capó del auto y acompañado de una sola guitarra se dirigió a los presentes: "Distinguido público de Mercedes; la diferencia entre un amante de la música y otro no pueden ser 20 guitas. Si ustedes no se ofenden vamos a entonar un par de tangos para que todos estén contentos hoy, ¿les parece?"

Una cerrada ovación y un agitar de pañuelos fue la única respuesta.

Por detrás, la fachada del Club Social de la Sociedad Italiana se transformó en el improvisado pero siempre bello escenario de este bienvenido regalo del Zorzal a su gente.

Se escucha el bordoneo de su acompañante mientras Gardel se prepara para entonar la primera, no sin antes sacarse el grueso sobretodo gris que portaba y buscando entre los más cercanos acierta a posar los ojos sobre mi amigo Ricardo y le dice;

- Vos pebete, tenéme esto, que vamos a arrancar.

Ricardo, estupefacto aún por el pedido, dobló cuidadosamente el abrigo sobre su brazo y creyó escuchar que arrancaba Tomo y Obligo, aunque es probable que estuviera más cerca del cielo que de la tierra en esos momentos y confundiera el murmullo de la gente susurrando el tango con un coro de ángeles que había bajado a la tierra a llevárselo demasiado joven.

Es sabido que Gardel nunca tomó ese taxi y caminó las cuadras que separaban el Cine Social del Hotel con una cohorte de público entonando sus tangos y aplaudiéndolo. Ricardo iba pegado a Gardel con el sobretodo en sus brazos y con una sonrisa incrustada en el rostro como si se la hubieran pintado en permanencia. Su padre lo acompañaba desde la vereda pero sin intervenir. Al llegar a las puertas del Hotel París, Gardel saludó al público una última vez y miró al jovencito para recuperar su prenda e irse a descansar.

Era el momento.

Gardel buscó una moneda en el bolsillo del pantalón al tiempo que extendía sus brazos hacia Ricardo para tomar el gabán,

- Faltaba más Don Carlos, fue un placer acompañarlo.

- Pero el esfuerzo, pebete, bien vale una recompensa, redobló el astro.

- Si usted insiste, hay otra manera de pagarme.

- Insisto, entonces.

- Tengo un amigo que debe imperiosamente hablar con usted, esta noche en casa de la familia Petroni, cuando vaya a comer la pica-terra, si no es molestia.

- ¿Ja, ja. Ja, ríe el astro. El puchero de pica-terra querrás decir. ¿Conocés la familia?

- Y claro, son vecinos de mi papá... él que está en la vereda medio preocupado, ¿ve?

- Veo, dijo Gardel. Pero no quiero traerles problemas. Y no se vayan a poner en gastos...

¡Sí el que te debo soy yo!

- ¡¡Qué va!! No me debe nada. Es un regalo del corazón, ya va a ver. Además es una gauchada para este pibe que está en la mala.

- Ni una palabra más entonces. Nos vemos esta noche, mocoso, dice el Morocho y le acaricia la testa antes de entrar al Hotel.

Ricardo nunca supo como bajó el cordón y subió el de enfrente, ni que le dijo el padre cuando caminaban rumbo a su casa. Sólo tenía claro que por varios días, nada ni nadie podrían siquiera pensar en lavarle la cabeza.

Read more!