El Papa Francisco tiende una mano a Xi Jinping, máxima autoridad china, no tanto por su función presidencial, sino por ser el Secretario General del Partido Comunista Chino (PCCh). En estos regímenes de partido único, quien alcanza esa posición puede hacer sólo una cosa: todo. Tiene el Estado a sus órdenes para cuanto quiera. Es comprensible que el jefe de la Iglesia Católica apunte su diplomacia hacia Xi, lo invite a un encuentro en Roma y también lo es que éste responda cordialmente y hable de su deseo de aproximación con el Vaticano.
Francisco avanza porque, en su visión, toda tentativa de estabilizar a un mundo cuya complejidad excede a Estados y gobiernos, reclama nuevas formas de multipolaridad, algo impensable si China quedara excluida. Algunos datos: el gigante asiático es el país más poblado de la Tierra (1.400 millones de habitantes o un 20 % de la humanidad). Segunda potencia mundial por su PBI, fuerzas armadas modernas y poderosas (dos millones de efectivos), envía un astronauta al espacio (algo que sólo hacen EEUU y Rusia), el hombre más rico de China forma parte del Comité Central del PCCh, en 30 años su producción se multiplicó por 10; sus exportaciones por 45 y el ingreso per cápita por 7.
China no puede sino crecer y salir al mundo en todas direcciones. Ahora mismo acaba de firmar convenios con Argentina, incluyendo actividades en la Patagonia. Los chinos tienen fama de negociadores duros. Lo dijo el presidente uruguayo "Pepe" Mujica: "¡Los chinos! ¡Esos sí que son bravos! ¡Pensar que nos quejábamos de los yanquis!". Pero todo el que negocia sabe que para recibir hay que dar.
Francisco tiene pendiente una cuestión seria con China: en el país se estima que hay unos 12 millones de católicos, la mitad de ellos "clandestinos". La fe católica llegó al país en siglo XIII; desde entonces, esa misión pastoral no cesó, ni en los momentos más dramáticos de la historia reciente. China y la Santa Sede no mantienen relaciones y el gobierno de Beijing no reconoce la autoridad vaticana para designar obispos o conducir la iglesia fiel al Papa, que no es totalmente clandestina, pero sí hostigada, a veces con gran dureza. Hay fieles y sacerdotes perseguidos o en prisión.
Frente a la iglesia fiel a Roma funciona una Asociación Católica China Patriótica, reconocida por el gobierno y controlada por el PCCh. Si bien la apertura trajo vientos de cambio el problema sigue y es insoslayable en cualquier agenda entre las partes. La clave radica en que el gobierno chino teme los cambios que trae esta apertura. La alta jerarquía del partido, más aún los conservadores, cree que los cambios conducen a la pérdida de control del gobierno sobre una sociedad en explosiva transformación.
Pero acaso esta movida de Francisco en el tablero mundial merezca otra reflexión: tiene que ver con lo que se espera de la cabeza de la Iglesia Católica en cuanto a su protagonismo en los asuntos mundiales. Imposible olvidar la brutal expresión de Iósiv Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin). Al finalizar la Segunda Guerra Mundial las potencias vencedoras celebraron conferencias para discutir la "forma" que tendría el mundo en la posguerra.
En una de esas "cumbres", alguien sugirió que, dado que los principales actores de la escena internacional estaban presentes, se podría sumar al Papa a esos encuentros. La respuesta de Stalin sonó como un latigazo: "¡El Papa, el Papa! ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?", aulló. Francisco debe conocer ese episodio, pero es obvio que piensa lo contrario: no se trata de ejércitos y armas, sino de lo que el mundo espera de alguien que es "primer actor" en la arena mundial.
Francisco avanza por esa línea de protagonismo, en muchos casos sembrada de obstáculos. Xi, que está iniciando su gestión, se muestra dispuesto al diálogo. ¿Por qué no permitirnos un razonable optimismo?
El autor es profesor emérito de la Universidad Austral, especializado en cuestiones internacionales.
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