La figura de Martín Miguel de Güemes despertó mi interés desde la adolescencia, cuando tuve oportunidad de leer y analizar por primera vez, durante una enseñanza media en que Literatura argentina era materia importante, el clásico de Leopoldo Lugones La Guerra Gaucha. Las hazañas de aquellos hombres sufridos, que enfrentaban a ejércitos bien armados con el solo auxilio de sus lanzas y bolas, estimulaban mi imaginación y mi entusiasmo. De ahí que la reciente sugerencia de que escribiera una biografía del caudillo salteño después de publicar las vidas de Manuel Belgrano y José de San Martín, me pareciera una ineludible oportunidad para trazar los rasgos principales de una existencia que, más allá de sus humanos yerros, tuvo como único norte la libertad.
Pocos fueron en nuestra historia los casos en que seres tan diferentes por su carácter, formación y hábitos conjugaron con tanta coherencia y decisión sus esfuerzos en pos de una causa superior como la de la independencia sudamericana. Belgrano fue un hombre de ideas, acostumbrado a la reflexión y al estudio riguroso de libros que reflejaban la riqueza y variedad del pensamiento del Siglo de las Luces, pero se convirtió en militar por las circunstancias. San Martín constituyó un cabal modelo de soldado hecho a la rigidez de la disciplina, la lectura de los clásicos de la guerra y las grandes campañas europeas de fines del XVIII y principios del XIX. Güemes, vástago de familia pudiente y noble, poseyó, a falta de experiencias de esa índole, valor, intuición y dotes innatas de conductor para una brega de características tan peculiares como la de la Guerra Gaucha.
Los tres supieron complementarse para contener y vencer a los mejores soldados de la monarquía hispana. Belgrano, sin gozar de la visión estratégica de los grandes capitanes, suplió esa carencia, común en la mayoría de los hombres de la Revolución llamados a empuñar las armas, con una energía que superó sus dolencias físicas y con un coraje viril e inextinguible. Su valor era, dice el general José María Paz, "como el de aquellos senadores romanos que perecían impávidos sentados en sus sillas curules ...] En las retiradas que fueron la consecuencia de esos contrastes, desplegó siempre una energía y un espíritu de orden admirable; de modo que, a pesar de nuestros reveses, no se relajó la disciplina ni se cometieron desórdenes".
Esa determinación de mantener a todo trance tal sistema provocó un distanciamiento inicial con su subordinado Güemes, a quien alejó del Ejército del Alto Perú y envió en forma perentoria a Buenos Aires
donde éste buscó lavar su buen nombre e incorporarse a las filas de San Martín. Ambos cancelaron más tarde sus agravios en aras de objetivos más premiosos, como contener las invasiones de Pezuela y La Serna. La correspondencia que intercambiaron hasta la muerte del primero, en que campearon la amistad y aun el afecto además de las consideraciones políticas y militares, así lo demuestran.
San Martín, que percibió las falencias y debilidades del Ejército del Alto Perú al asumir en 1814 el mando que hasta entonces ejercía Belgrano, pareció intuir el papel que iba a corresponderle a Güemes en la defensa de los lindes norteños cuando pusiera en práctica su ambicioso plan emancipador. Lo designó jefe de avanzadas con la consigna de hostigar a los realistas, y el correcto cumplimiento de sus órdenes hizo que éstos se encerrasen en la ocupada ciudad de Salta y no se animaran a salir de los límites urbanos. La concurrencia de las previsiones de San Martín y de los esfuerzos de Güemes y otros jefes patriotas obligó a Pezuela a renunciar a su propósito de invadir Tucumán y lo indujeron a retirarse hacia el Alto Perú.
El futuro Libertador, al saber que se había agudizado el conflicto entre el jefe del ejército patriota, general José Rondeau, y Güemes, gobernante de Salta tras la acción de Sipe Sipe, en momentos en que se hallaba próximo a emprender el cruce de los Andes, le reclamó al director supremo Juan Martín de Pueyrredón que adoptara urgentes medidas para remediar el litigio, pues su prolongación ponía en peligro el éxito mismo de su empresa. Así ocurrió y San Martín celebró en su espíritu, según le expresó a Tomás Godoy Cruz, como «más de mil victorias [...] la mil veces feliz unión de Güemes con Rondeau!». Ya asentado en Chile, consideró importante conocer los movimientos del jefe gaucho e informarle a la vez de sus avances. Finalmente, cuando se hallaba a punto de concretar la expedición anfibia al Perú y se le mandó volver con su ejército para sostener al Directorio enfrentado con los caudillos del Litoral, el Libertador, al desobedecer esa orden temeraria con el respaldo de todos sus comandantes, nombró a Güemes general en jefe del Ejército de Observación, previniéndole que invadiese las provincias altoperuanas cuando las fuerzas libertadoras avanzaran sobre Lima. Pero el desarticulado y mendicante Ejército del Norte no podía cooperar en operación alguna y el proyecto quedó frustrado.
Belgrano, San Martín, Güemes y también Pueyrredón, tal vez menos conocido por los argentinos y sin embargo figura fundamental por sus ideas y acciones en la memorable etapa de la emancipación, no vacilaron en adoptar enérgicas medidas con el objeto de obtener los recursos que necesitaban. Fueron conscientes de las resistencias y los recelos que iban a despertar y de las defecciones que inexorablemente habrían de obstaculizar su camino. Sin embargo hallaron, frente a las reticencias y egoísmos de muchos, la comprensión y el apoyo de los que querían ser libres. El sacrificio de los jujeños durante el éxodo previo a la victoria de Tucumán; la entrega de bienes, recursos y brazos a lo largo de la formación del Ejército de los Andes; el apoyo de estancieros y gauchos salteños convertidos en jefes y soldados, superaron las aprensiones y hasta la traición de quienes no vacilaron en acercarse al enemigo.
Güemes merece, desde mi punto de vista, ser ubicado junto a los otros tres personajes fundamentales en el esfuerzo bélico de la independencia. Como todo hombre, «el Padre de los Gauchos» cometió errores, gobernó con dureza a salteños y jujeños, y no vaciló en ordenar exacciones en pos de obtener recursos para la lucha a la que él y su gente dedicaban sus mayores esfuerzos. Debía sostener a aquellos seres desarrapados y hambrientos por haber abandonado sus modestos medios de subsistencia, quienes sin embargo estaban dispuestos a cualquier sufrimiento para derrotar al enemigo y veían en Güemes a un jefe invicto y a un árbitro sin apelaciones. En su colosal esfuerzo, no podía sino tocar intereses económicos y de círculo que jugaron en su contra facilitando las invasiones realistas y empujándolo a la muerte. La figura de Güemes, al igual que las de sus camaradas en los puestos más altos de la gloria, estuvo impregnada de luces y sombras, grandezas y miserias, enfermedades y frustraciones, y así merece ser contemplada y honrada.
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