Velocidad, peligro y adrenalina: una etapa del rally Dakar por dentro

Entre Chilecito y Tucumán, Infobae accedió al lugar por donde los autos pasan en competencia, una aventura que empezó a la medianoche y finalizó tras la caída del sol. Solidaridad, riesgo y espectáculo en la competencia más exigente del mundo

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Entre Chilecito y Tucumán, Infobae accedió al lugar por donde los autos pasan en competencia, una aventura que empezó a la medianoche y finalizó tras la caída del sol. Solidaridad, riesgo y espectáculo en la competencia más exigente del mundo

El Dakar no duerme. La aventura empezó a las 12 de la noche, mientras los pilotos descansan, los mecánicos arreglan los autos, muchos otros inician la migración hacía la pista y el próximo destino del competencia.

Infobae fue invitado a vivir una etapa del Rally Dakar por dentro por el equipo prensa de Perú, que sigue a los pilotos del país incaico y lleva a un grupo de fotógrafos al tramo especial, donde se cronometran los tiempos y los pilotos compiten a campo traviesa.

El  vehículo está preparado para correr: butacas de competición, jaula antivuelco, equipo de navegación y nada más. Salimos del vivac rumbo a lo descondocido a la medianoche, luego de la cena.

Primero el tramo de enlace en la provincia de La Rioja luego fue el turno del paso a Catamarca para ver el especial, todo con hoja de ruta y sistema de navegación oficial incluidos para saber el camino.

La ruta aparece a medida que las luces van avanzando por la noche, mientras en los márgenes miles de personas ya esperan el paso de la carrera. Primera parada: San Blas de los Sauces, un departamento en el norte riojano, donde la gente saca las sillas a la vereda para disfrutar de la noche. La meta en este sitio: conseguir hielo y agua caliente. El Dakar es paradoja.

Luego del primer intento fallido seguimos rumbo, mientras la gente del lugar observa y saluda el auto ploteado de colores y con número oficial. En el camino tres jóvenes piden ayuda para poder inflar la rueda de su moto. Las remolcamos hasta la estación de servicios más cercana, unos 15 kilómetros.

El playero informa que no hay hielo, entonces empieza la negociación y las chicas nos ofrecen una botella congelada. Minutos después otro grupo de personas se acerca a sacarse fotos con el auto y ante nuestra necesidad, nos ofrecen cubitos de su casa. El Dakar es solidaridad.

La madrugada se acerca y hay que buscar lugar para dormir, el camino de asfalto se termina  y empieza el ripio y la acción. Vamos a la pista, donde ya miles de personas esperan el paso de los autos seis horas antes de la largada. Los márgenes del camino están poblados con grupos de personas. Un lugar desolado, bajo la iluminación de millones de estrellas y en total silencio es el sitio elegido para descansar. Carpa, bolsa de dormir y a disfrutar de la paz del desierto catamarqueño. El Dakar es sacrificio.

Con los primeros indicios del amanecer se terminan las pocas horas de descanso y el viaje continúa, 17 kilómetros más adelante empiezan las dunas, allí los vehículos pasaron a toda velocidad, volando sobre la arena. El Dakar es espectáculo.

Elegido el punto exacto para ver la carrera, solo resta esperar. El sol empieza a aparecer, la temperatura a subir y cualquier resquicio de sombra es ideal aunque esta provenga de los pequeños arbustos secos de la extensa llanura por donde va la pista.

A lo lejos se levante una nube de polvo, el ruido de un motor se distingue entre el silencio. La polvareda empieza a crecer y el sonido se hace más fuerte, y tal como está pautado en el cronograma oficial la primera moto –que abren el camino– pasa volando sobre la arena.

 AP 162
AP 162

De repente es una invasión, los rodados y los cuatris –que largaron poco después y se mezclan en el camino– aparecen por todos lados, cada uno por donde le queda más cómodo o por donde puede. El Dakar es acción.

Minutos después siguen los autos, que vuelan sobre las lomas, aceleran y atraviesan el camino trazado por sus propias ruedas, porque la pista es por ahí por donde no hay nada. El sol es tan intenso que la arena que vuela movida por el incesante viento hace sombra sobre el suelo también arenoso. El Dakar es desierto.

Por último es el turno de los camiones, los gigantes de la competencia, que pasan a toda velocidad, surcando la arena y saltando entre las lomas, rebotando sin parar pero acelerando todo el tiempo y dejando su marca en el suelo y en el aire, con una frondosa nube de polvo que levantan.

La salida de la pista es por camino de carrera, ese trazado que a la ida no existía y a la vuelta son profundas cunetas de fesh fesh (un molesto polvo que se suspende en el aire sobre los márgenes del camino) por donde la camioneta va saltando, mientras sus tripulantes se sacuden de un lado a otro sin poder contener el movimiento.

El vehículo pega contra las paredes de arena y trepa escarbando en el piso. Adentro el baile es incesante, la cabeza va de un lado al otro, mientras el cuerpo permanece pegado al asiento por el cinturón de seguridad de cuatro puntos como los de los autos de carrera. El Dakar es adrenalina.

Otro rescate, esta vez un vehículo del equipo más poderoso del Dakar que se encajó, mientras otros varios pilotos se asisten entre sí a pocos metros. La solidaridad es un valor central de la carrera.

El camino de vuelta es por un sinuoso camino de cornisa, primero por la Ruta 40 y toda la belleza de sus paisajes rocosos luego por Tafí del Valle para desembocar en el jardín de la república. De un lado ladera verde, del otro el precipicio también poblado de vegetación. El Dakar es riesgo.

Kilómetros y kilómetros de ruta, con una larga fila india de gente en los márgenes que aplauden, saludan, gritan, revoleando remeras y agitan sus banderas ante el paso de la caravana. El Dakar es fervor popular.

Más de 20 horas después regresamos al campamento exhaustos, sucios, llenos de arena, con hambre y sueño. La aventura termina por el día, en pocas horas otra etapa comenzará y nuevamente la camioneta partirá al próximo especial. El Dakar no se detiene.