Hace siete años que viajo desde y hacia Rosario. Todos los fines de semana. O casi. El 80% de las veces por la ruta 9. En micro o manejando mi auto. En tren, nunca. Desde que se asesinó ese maravilloso y lógico medio de transporte en la época del "ramal que para, ramal que cierra", sólo quedó la opción de un vergonzoso y único servicio diario que no pone menos de 7 horas en vías más ondulantes que la montaña rusa. Si es que llega y esto no es metáfora. El tren bala, parece que no está saliendo. Viajar en avión, menos. No es lógico recorrer los 287 kilómetros que separan las dos ciudades por aire. Cincuenta minutos de vuelo, unos cuarenta de preembarque, casi una hora si se suman las esperas para llegar a los aeropuertos, consumen el mismo tiempo que ir por tierra. Sin contar la diferencia de precio y la escasez (o inexistencia, según el día) de frecuencias.
Ayer pagué mi primer peaje cuando se bifurca la Panamericana entre los ramales Pilar y Campana a eso de las 13:30. Uno sabe que desde allí el trayecto es, por decirlo suavemente, azaroso. La principal autopista (de sólo dos carriles, aclaro por las dudas) de ingreso y egreso de todas las cargas del Mercosur, la que nos conecta con todo el norte de nuestro país, está repleta de camiones, micros y coches particulares. Si se viaja de noche, no hay iluminación salvo los primeros 50 kilómetros y las líneas blancas de demarcación son una sospecha blanca pocas veces repintadas.
Desde Zárate, segundo peaje a 5 pesos, el único carril que puede transitarse de manera aceptable es el izquierdo. El de la derecha, es un pozo a repetición con huellas de vehículos pesados. Todos nos convertimos, a fuerza de baches, en ingleses que ocupan la mano rápida como modo de circulación normal. El cartel de la concesionaria vial rezaba "buen viaje". Nada de avisar inconvenientes. Los habría.
El segundo peaje queda a la altura de General Lagos, cerca de la empresa General Motors. Antes de llegar, una cola de dos kilómetros preanunciaba algún problema. "Estamos trabajando para usted", indicaba un cartelito anaranjado que reducía a un solo carril la circulación de los miles de vehículos. Un camión que bien podría manejar el Super Agente 86 descargaba cansinamente algo de asfalto para emparchar un par de cráteres. No menos de media hora de espera para llegar a la caseta de pago en donde, claro, cómo no, cobraban la tarifa a pesar de la espera, de los pozos y del servicio inexistente. Cinco pesitos más.
"Yo hoy no pago", le dije a la rubia empleada que con pánico llamó a su supervisor que con cara de odio llamó a un gendarme. El uniformado le dijo al que me odiaba que convenía que la panicosa me indicara bajarme del auto. "Yo, hoy, no pago ni me bajo".
Me dejaron pasar sin más. Creí en la justicia. No se puede pagar por una ruta rota con espera disparatada. Todavía faltaba lo mejor. Un kilómetro más adelante, había piquete. Veinte personas que reclamaban por electricidad. Veinticinco, máximo. La ruta de mayor tránsito y riqueza del país, cortada. Ahí estaba la secreta venganza de la rubia, su supervisor y el gendarme. "Para lo que te va a servir pasar", deben haber pensado. Porque no me dijeron ni una palabra del corte. Ni a mí ni a nadie.
Entonces, el caos. Los camiones se tiraban a la banquina. Los autos optaban por girar en U retomando el camino hacia Capital y los otros, ahí fui yo, nos animamos al pasto en declive para ir hacia Dios sabe dónde. Digo Dios, porque la española de mi GPS indicaba "recalculando, gire". Una nube de tierra cerró toda visibilidad. Será por eso que ni un solo policía, inspector de tránsito, bombero o cartero que pudiera esgrimir uniforme, estaba allí para socorrernos.
El camino lateral de tierra que algunos tomamos se adentraba hacia campos preparados para la siembra. Primero soja, creo. Luego huertas, supongo. Por fin la nada misma a no ser un horno ladrillero que tiraba humo hacia la ruta y unas casas dispersas de una escuálida villa de emergencia. El GPS, de lo más útil, indicaba "cortada desconocida, zona peligrosa". Menos mal que a uno le avisan.
Habremos quedado una decena de automovilistas totalmente perdidos y sólo orientados por esa rara costumbre que muchos tenemos de querer llegar a nuestras casas. Serían también unos diez los adolescentes con buzos de color gris oscuro y capucha al tono los que se cruzaron delante de nosotros. "Hacele el celular al del autito blanco", gritó uno. Nunca me gustaron los coches claros, le dije al señor de la concesionaria cuando compré el mío. Cuando uno de los pibes (con suerte, 15 años) estuvo al lado mío, me miró a los ojos y antes de pedirme el teléfono se detuvo. "Luján. Es el de la tele". El otro ni lo escuchó, preocupado por encontrar algo de valor en el resto de los autos. Serían las 6 de la tarde cuando agradecí que a los 30 años cambié los tribunales de Rosario por las redacciones de los medios electrónicos de mi ciudad. Luego, sin más, me dijo: "¿Me da 10 pesitos, don, y nos sacamos una fotito de recuerdo?"
Tenía a mano un billete de 20 del vuelto del café y la gaseosa pagada en la estación de servicio de Río Tala. La foto la sacó con su celular y me cruzó el brazo por mi hombro metiendo medio cuerpo en mi autito blanco. No recuerdo haber sonreído a pesar de que instintivamente pensé en la palabra "whiskey". Cuando el fotógrafo accidental se fue para el lado del otro auto abordado por Luján puse primera, corroboré que mi vieja Blackberry seguía en el asiento del acompañante y manejé por 40 minutos entre la nada acompañado por una caravana de giles que estábamos perdidos y asustados. El destino quiso ponernos en un camino paralelo a la avenida Cirvunvalación de Rosario a la que subimos trepando por otro declive de pasto.
Recién ahí vi al primer patrullero de la policía al que pensé contarle lo sucedido. Supe que no valía la pena. Me iban a decir que todo lo vivido era apenas una sensación.
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