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Estudiar una carrera y recibirse, trabajar de lo estudiado, comprarse un auto, una casa, formar una familia, ir de vacaciones al lugar soñado, son algunas de las metas que muchas personas persiguen, pero a otras con sólo eso no les alcanza. Buscan poder económico, y una vez obtenido quieren y desean más.

La ambición es el deseo de conseguir unas metas concretas que el sujeto se propone; una vez logradas, son sustituidas por otras cada vez más importantes. Se dice que las personas ambiciosas llegan a más en la vida, logran sus objetivos con éxito, mientras que los que carecen de ambición se conforman con pocos logros y no suelen plantearse nuevas metas. Esto tiene una gran parte de verdad.

"Ambición es el deseo de poseer o el de ser. En ella se puede privilegiar el querer llegar a ser 'alguien' o ser como alguien, en donde siempre hay de por medio un ideal. Como todo ideal, es imposible de alcanzar. De ahí que la ambición sea vivida por el sujeto como una fuerza que empuja hacia un destino al que nunca se arriba. Es así que este empuje divide al sujeto y lo 'agujerea'. Es una pulsión que lo arrastra hacia lugares donde puede encontrarse peligrosamente fuera de su propio eje", definió para Infobae la licenciada Any Krieger, miembro didacta APA-Full Member IPA-coordinadora del capítulo de investigación en psicoanálisis y patologías actuales.

Asimismo, subrayó que "la ambición parece que siempre va adelante (del sujeto), lo arrastra, lo hace desear siempre algo más, y su sensación de vacío se transforma en una insatisfacción absurda. Esta definición nos ilustra por qué siempre le hace falta algo más al ambicioso, a tal punto de tornarlo compulsivamente ostentoso en sus fines".

La psicología distingue tres tipos de ambición: la ambición sana o normal, ambición desmedida o patológica y ausencia de ambición.

  • La ambición normal o sana: se encuadra dentro de un proyecto vital coherente y estructurado, con metas lógicas, aceptables y realizables. Esta ambición actúa como estímulo para lograr el fin propuesto, es de mayor o menor intensidad, pero siempre comprensible.
  • La ausencia de ambición: no es un estado patológico en sí, pero al faltar objetivos por alcanzar, el sujeto no se plantea metas, se conforma con lo que es y lo que tiene sin cuestionarse nada más. Hay quien podría justificar esta actitud afirmando que la felicidad se basa en estar contento con lo que uno es, pero el ambicioso puede estarlo y desear y aspirar a otras metas.
  • La ambición patológica: sobrepasa los límites de la normalidad, hay un afán desmedido por lograr más y más, generalmente poder, riqueza o fama. Este deseo puede convertirse en una idea obsesiva que domina la vida del individuo condicionando su conducta general y su relación con los demás que se deteriora en un plazo mayor o menor. El que sufre esta ambición patológica plantea su vida en exclusiva según sus objetivos, y el resto de las actividades y las personas quedan relegadas a un segundo plano.
      

A ello agregó Krieger: "En este derrotero de su propio espíritu y en esa pugna por ir delante y ganarle a la ambición tropezamos con muchas vidas que fallidamente nunca se encontraron con el objeto deseado. Ambiciosos patológicos encontramos a lo largo de la historia de la humanidad, que en nombre de causas nobles han llegado a cometer crímenes espantosos".

Ambición desmedida: "Anatomía de la codicia"

Por incoherente y absurdo que parezca, cuanto más progreso económico desarrolla una sociedad, más infelices suelen ser los seres humanos que la componen. De ahí que algunos de los países más ricos del mundo, como Suecia, Noruega, Finlandia y Estados Unidos, cuenten, paradójicamente, con las tasas de suicidio más elevadas del planeta. En el mundo, un millón de seres humanos se quitan la vida cada año. Y al menos otros 15 millones lo intentan sin conseguirlo.

Ese párrafo extraído del artículo "Anatomía de la codicia" (del diario español El País, escrito por Borja Vilaseca) describe esa patología y afirma que "la codicia nace de una carencia. Es falso que podamos rellenar ese vacío con un materialismo basado en el consumo" el cual nace como "consecuencia de la epidemia de malestar y sinsentido que padecen muchos seres humanos, en el ámbito de la investigación universitaria ha nacido una nueva especialidad profesional: el comportamiento económico, que estudia la influencia que tiene la psicología sobre la economía y ésta sobre la actitud y la conducta de individuos y organizaciones", destacó el economista norteamericano George F. Lowenstein.

En ese escenario –cuestiona–, ¿es el sistema capitalista el que nos condiciona para convertirnos en personas competitivas, ambiciosas y corruptas, o somos nosotros los que hemos creado una economía a nuestra imagen y semejanza? ¿Qué viene antes: el huevo o la gallina? De las tesis formuladas por Lowenstein se desprende que en este caso el huevo es la gallina. Es decir que nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio en el que nadie gana y todos salimos perdiendo. Y en paralelo, el sistema monetario sobre el que se asienta nuestra existencia dificulta y obstaculiza la ética y la generosidad que anidan en lo profundo de cada corazón humano.

Pero entonces, ¿qué es la codicia? ¿De dónde nace? ¿Adónde nos conduce? Etimológicamente procede del latín cupiditas, que significa "deseo, pasión", y es sinónimo de "ambición" o "afán excesivo". Así, la codicia es el afán por desear más de lo que se tiene, la ambición por querer más de lo que se ha conseguido. De ahí que no importe lo que hagamos o lo que tengamos: la codicia nunca se detiene. Siempre quiere más. Es insaciable por naturaleza. Actúa como un veneno que nos corroe el corazón y nos ciega el entendimiento, llevándonos a perder de vista lo que de verdad necesitamos para construir una vida equilibrada, feliz y con sentido.

Any Krieger, psicóloga y escritora, concluyó que "cuando esa ambición puede ser sublimada, en deseo de saber, es cuando el hombre descubre y dona los inventos más notables. No dejemos de pensar el lado más oscuro de este vicio que logra transformar al ambicioso en avaro. Así es como se sella en la avaricia el matrimonio del ambicioso y la codicia que finalmente lo destruye en su propio fuego".