Quise escribir esta nota en primera persona porque esa guerra no pasó inadvertida por mi vida cuando apenas cumplía 5 años. En 1982 un amigo grande del barrio –Luis, el vecino de la casa de al lado– fue llamado para cumplir su deber con la Patria. Fue ese llamado el que marcó para siempre nuestras vidas.
Para todos se trataba de un "conflicto bélico", y yo ni sabía qué significaba. Mi cabeza solo entendía que el amigo de la casa de al lado estaba en una guerra y que capaz lo iban a matar. Lloraba por él mientras mi papá me convencía de que "Luisito estaba bien". Me contaba que había escrito cartas a sus padres y que hasta nos había enviado una botellita de whisky de regalo. Pero yo sabía que no la estaba pasando bien.
Recuerdo los noticieros, las tapas de los diarios: "Estamos ganando", decían, mientras en la salita azul del jardín al que iba nos enseñaban simulacros de guerra. Teníamos que hacer "cuerpo a tierra" y escondernos todos debajo de la mesa en cuclillas o de panza al piso. Nos preparaban para actuar por si escuchábamos aviones o algún ruido que pareciera una bomba. También nos aconsejaban que les dijéramos a nuestras madres que nos vistieran con ropas grises para que los aviones de combate no nos distinguieran con el asfalto.
Yo lloraba, lloraba mucho porque había gente que nos quería matar y que también quería matar a Luisito. Doña Elba, su mamá, también lloraba mucho. Con el correr de los días, ella fue enfermando.
La guerra terminó y "¡gracias a Dios, Luisito volvió!", como dijo mi mamá. Pero ya no quería jugar conmigo, ya no era el mismo chico que me hacía upa y que, como era muy alto, me hacía ver el mundo desde otro ángulo. Los ojos de mi amigo habían cambiado y esa mirada de dolor me estremece cada vez que la recuerdo.
Cuando pasaron los años, mi papá me contó lo que Luis le confesó al volver. Él no quiso hablar con mucha gente, pero confiaba en mi viejo. Tenía amigos que cayeron en combate y él también debió disparar.
Recuerdo cuando cumplí los 17, y a mis amigos de entonces: ellos fueron la primera generación que se salvó del servicio militar. Si habría otra guerra, ellos no irían.
Entonces supe que uno no está preparado para casi nada a esa edad y entendí que chicos con mis años habían sido obligados a matar y a morir. Lo que nunca supe fue si ellos hubiesen elegido eso.
Unos 15 años después, fui a cubrir mi primer acto por el 2 de Abril junto a veteranos; ahí estaba Luis, pero no sé si me reconoció, aunque nos saludamos. A su lado había muchos chicos con camperas verde musgo que tenían cosido en el pecho el escudo de las Islas Malvinas. Otros llevaban en sus hombros banderas argentinas con el mapa de las Islas en el centro.
Después de ese acto, cada tanto pasaba por el Centro de Veteranos de San Justo a tomar mate con los chicos, y sus recuerdos. Tan buena amistad hicimos que me invitaron al primer desfile de Alta en el Cielo en Rosario por el Día de la Bandera, y hasta me pidieron que desfilara con ellos. Me temblaban las piernas. Estaba caminando en medio de los aplausos a los héroes que habían combatido en una guerra tan demagógica como siniestra, no solo por los ataques del "enemigo pirata", sino por los ataques de los superiores argentinos.
Escuché por primera vez el término "estaquero", supe de castigos que les imponían cumplir desnudos corriendo bajo el frío o arrodillados por horas debajo de la lluvia. Supe hasta de abusos, supe que hubo "hombres" que les declararon la peor guerra a nuestros soldados, pibes que ya tenían al menos 5 años menos que yo al enterarme de todo eso.
Ese día, nos paramos todos juntos, algunos con los brazos entrelazados, cerca del Monumento a la Bandera y cantamos el Himno. En realidad, no pude terminar de hacerlo porque en mis oídos sonaba la furia contenida por los recuerdos que no terminaban de mis amigos y de todos los veteranos. Muchos se ponían la mano cerrada en puño en el centro del pecho cuando lo cantaban con los ojos llenos de lágrimas; algunos no dejaban de llorar y otros gritaban con todas sus fuerzas el final: "Oh, juremos con gloria morir".
Doña Elba, la mamá de Luis, falleció luego de que le amputaran ambas piernas, don Feliciano –su papá– la fue a buscar un tiempo después. Luis quedó ciego por la diabetes. Eso también fue consecuencia de la guerra y de la falta de apoyo y primera asistencia a los veteranos.
Hoy, Malvinas sigue siendo un tema político que no soy capaz de analizar pero sí soy capaz de sentir, por lo poco que me tocó de cerca, por el nudo en la garganta que esta fecha me produce. Porque sé que muchos de los que volvieron hoy dejarían todo por recuperar las Islas, porque esta historia tampoco fue bien contada en las escuelas, porque los que volvieron entraron por la puerta de atrás, casi avergonzados y humillados por "perder", mientras las radios reproducían goles y canciones en castellano como signo de patriotismo. Estalló el rock nacional por esos meses, aunque exiliaban a quienes cantaban canciones de protesta. Hubo colectas por 24 horas que los receptores nunca recibieron y un Mundial en medio que se disputaba en España.
Sólo quienes estuvieron ahí saben qué pasó, y la razón de que nuestros veteranos sigan sin ser dignificados es una gran incógnita. Para ellos estas líneas, este reconocimiento y recuerdo colmado de amor a los chicos que fueron y a los hombres que volvieron, y a los que no...