El padre Bouzón y los "zombies" del Bajo Flores

El párroco de la iglesia San Judas Tadeo, en la villa porteña 1-11-14, celebra la llegada de Gendarmería en la zona. Pero se queja por los delitos, la "ausencia del Estado" y la "legalización de hecho del paco"

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 Nicolás Stulberg 162
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Esta podría ser la crónica de un paranoico. Camina por el medio de la calle "porque en las veredas te pueden arrinconar y robar". No usa billetera. No sale a la calle con dinero, reloj, celular, DNI… nada. Pero rigurosamente se asegura de que se vea en su cuello que es cura. Alguna vez el atuendo lo salvó de un asalto.

La pregunta, entonces, es si el padre Carlos Javier Bouzón tiene motivos para tomar tantos resguardos a la hora de recorrer los alrededores de la 1-11-14. Los llamados "curas villeros" suelen ser respetados en sus barrios. Pero trabajar en la periferia de una villa es otra cosa.

Esta entrevista nació a partir de una columna de opinión del ex legislador porteño Diego Kravetz en la que terminaba preguntando qué se puede hacer por el padre Carlos y sus vecinos. Se le preguntó. "No pedimos mucho. Que iluminen los pasajes y poden las ramas. Las cámaras no sé qué efectividad tienen, porque por ejemplo sobre la avenida Cobo hay una, pero está tapada por los árboles", respondió.

Una de las claves a la hora de hablar de la inseguridad en el Bajo Flores es el despliegue de Gendarmería. "La gente por poco les hace una estatua. Se cree que los vecinos tienen mucha aversión a las fuerzas de seguridad, pero no es así. Acá los quieren porque son honestos, responsables, no manguean y son serios", enumera.

      

Hasta ahí, todo color de rosas. Sin embargo, los vecinos denuncian que desde noviembre se dejó de ver a los móviles de Gendarmería patrullar la zona. "Por ejemplo, antes pedíamos efectivos en la entrada y salida de los colegios, que es donde más se dan los robos de celulares y acoso a los chicos. Dejaron de venir porque el comandante nos dijo que tienen una demanda tan grande que no pueden abarcar todo. Entonces tratan de llegar a los focos más peligrosos de la zona", contó.

Los puestos fijos de gendarmería siguen en pié. Su presencia es imponente: caras serias, armas largas, constantes allanamientos. Los críticos de la medida advierten que ese estilo ayuda a estigmatizar las zonas más relegadas de la Ciudad. Consultado, Carlos se detiene a pensar. "Parece una zona de guerra, muy conflictiva, pero la gente del barrio es trabajadora, humilde. Puede ser que genere prejuicios, pero sirve para amedrentar frente a la inseguridad", argumenta, demostrando la dualidad de "pros" y "contras" sobre la que se suele ceñir la discusión.

      

Otro de los cuestionamientos tiene que ver con el

maltrato a las llamadas "ranchadas"

: los chicos suelen denunciar que con los gendarmes "no se puede hablar", que "una palabra es una paliza". Y las quejas coinciden de una villa a otra.

Carlos minimiza el tema y cuenta que una vez un chico le dijo que se peleó con otro y se refugió en puesto de gendarmería

.

Antes de salir a recorrer la zona, mientras toma un mate y se arregla el pelo ante la presencia del fotógrafo de Infobae, el padre Bouzón aclara, como si fuera necesario, que "el Estado está ausente". Y uno de los temas que menciona a renglón seguido es la basura. Los conteiners brillan por su ausencia y los basurales se reproducen como ratas. El olor en algunos pasajes es nauseabundo.

Droga legal

Carlos hace una aclaración de rigor sobre un tema que se escucha en todos los barrios en los que está gendarmería. "Vienen acá porque obedecen órdenes. Pero son gente del interior, a las que les debe costar entender la cultura de esta 'raza nueva' que son como zombies: los ves salir a la noche, circulan como si estuvieran en otro lado y buscan cualquier cosa para vender y fumarse un paco".

En las villas, la droga sólo es ilegal en los papeles. En los hechos todos saben dónde están los "kioscos". Una de las homilías más famosas del cardenal Jorge Bergoglio ocurrió en la misa por la educación en 2010. Contó el caso de padre José "Pepe" Di Paola, en la villa 21 de Barracas. Había sido amenazado después de suscribir un documento en el que denunciaba que la droga estaba legalizada de hecho en las villas.

¿Qué pasa en los alrededores de las villas? "Es lo mismo. A veces salgo a la calle y están fumando. El tema es que también hay chicos que salen con sus padres y se encuentran con esa escena. Por eso yo les pido que se vayan. Pero son respetuosos, se levantan y se marchan", relata Carlos. "¿Y si tengo miedo? No. La fe a veces ayuda a estar en un plano superior y no tener temor".

      

¿Paranoia o inseguridad?

"Acá no". "Acá tampoco". "Acá menos". El fotógrafo fue casi a pasear. En algún momento del recorrido por la periferia de la villa a Carlos se le va a notar el miedo que negó tener en la entrevista. A menos de 10 metros de él, un nene de no más de 14 ó 15 años está "cargoseando" a un hombre de unos 50 años. No parece amenazarlo, pero el palo con la punta afilada que lleva en la mano es suficientemente sugestivo. Por cierto: tiene los ojos "zombie", esos de los que él había hablado.

"Acá se nos pone jodido", anticipa. "Zafamos", festeja unos metros más adelante.

Una cuadra más abajo hay un puesto de gendarmería. Carlos le pide al fotógrafo que no saque la cámara. Más adelante un vecino frena la marcha. "Padre, ayer mataron a una pibita acá a 100 metros, en la remisería", le dice. Y se queja por un basural "que debería ser un corredor escolar para los pibes".

"Sacá tranquilo que yo los acompaño", le dice el vecino al fotógrafo. Dos jóvenes que pasan en moto piden un retrato. Van tan rápido que el gatillazo no alcanza a tomarlos. Carlos está apurado porque a las 19 horas tiene que dar la misa. Faltan menos de 20 minutos. Otro motivo para terminar el recorrido apurado. Y sin fotos.

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