No podía ser posible que San Lorenzo estuviera protagonizando los mejores 15 minutos del campeonato en cuanto a rendimiento futbolístico se refiere, con tres opciones claras de gol y los merecimientos absolutos para tener que ponerse en ventaja en el marcador, cuando a este muchacho Pérez se le ocurre hacer el gol de su vida. Era una alarmante señal. Tampoco podía ser cierto lo que vimos en la jugada del segundo tanto visitante, un error infantil y digno de alguien que no entiende nada de fútbol. Increíble pero real, estábamos 0-2: el equipo sintió el "cachetazo", se cayó por completo, fue bailado por un rato, no encontró la pelota, la misma quemaba en los pies de los jugadores "azulgranas" y la imagen era la de un equipo descendido, ni más ni menos, devastado y sin respuestas. Nos fuimos al entretiempo con los ojos bañados en lágrimas, la decepción a flor de piel y una impotencia que desbordaba a cualquiera.
Pero por fin viejo, por fin! ¡Fuimos San Lorenzo una vez! Fuimos los Forzosos de Almagro, los Gauchos de Boedo, los Carasucias, mostramos la mística de los Camboyanos. Entendimos que la adversidad se saca adelante con amor propio, garra y corazón, no hay otra manera. ¿Qué le van a venir de hablar de sufrimiento y golpes a San Lorenzo? Si perdimos nuestro estadio por una injusticia que estamos a punto de "curar", si nos fuimos a la "B", si regresamos a la "A" causando una revolución social sin precedentes, si impedimos el gerenciamiento poniendo el pecho a lo que viniera. Si realmente las vivimos todas y nadie nos dio una mano como para simplificarnos los problemas.
Con hambre, pelea y mucha sangre dimos vuelta un partido épico, histórico, increíble, no apto para cardíacos. Le sacamos la pelota a un rival que se divirtió los primeros 45 minutos con nosotros y dijimos "acá estamos nosotros, carajo". Nos levantamos ante dos piñas durísimas al mentón, nos repusimos de groseros fallos arbitrales en nuestra contra (otros más y van…), nos pusimos de pie ante los malditos números de los promedios y el rojo que coloreaba nuestro nombre en la tabla de la permanencia. Una remontada digna de las mejores momentos cinematográficos.
Todo eso fue posible porque la gente, en una nueva demostración de grandeza y ejemplo de comportamiento ante las malas situaciones, alentó desde afuera, empujó, aplaudió, gritó "dale que la próxima sale", envalentonó a un grupo de jugadores que tiene mil carencias y limitaciones, pero que aprobó con creces en el departamento de la actitud.
Nos despertamos, descontamos, lo igualamos y lo ganamos. Lo logramos porque tenemos unos huevos y agallas enormes, porque entendimos que nos jugábamos la final más importante de los últimos 10 años y comprendimos que no podíamos vivir a la sombra de la mala suerte y del maldito destino que se ensañó con lastimarnos a cada paso dado.
Sumamos los tres puntos porque Buffarini comandó la batuta desde adentro con su asombroso despliegue y coraje para ir hacia adelante, porque Migliore gritaba desde el arco y pedía que no bajáramos los brazos, porque Bottinelli demostró que quiere al club y dejó la vida en cada pelota, porque Gigliotti con sus ganas de siempre metió algunas de las que tuvo, porque Bueno al fin pudo disfrutar un gol personal, porque Romagnoli se mandó una jugada digna del "Pipi versión 2001" y también porque el entrenador acertó con los cambios, con el planteo y el mensaje de buscarlo por todos los medios a pesar de todo.
Se nos dio, hermano cuervo. Porque era hora de que algún arquero contrario y el maldito travesaño terminaran de cumplir sus funciones que servían únicamente para mortificarnos la vida. El fin de pasado Unión nos clavó un puñal en el pecho y hoy pudimos darlo vuelta para nuestro lado con temple, solidaridad entre todos y la convicción de que todos juntos podemos porque somos los Matadores, tal como entona la Gloriosa en cada partido.
Volvemos a depender únicamente de nuestras posibilidades. No tenemos que relajarnos y vaya si será merecido el descanso del próximo fin de semana, después de parir este partido contra un complicado Newell´s. Nos espera la "Batalla de Victoria" y allí tendremos que ir a matar o morir para ratificar que nosotros solos nos vamos a salvar y sepultaremos esta auténtica pesadilla, sin depender de ayudas y jugando prácticamente contra el sistema.
Dimos un gran paso y hay que mantenerlo con los mismos huevos, personalidad y fortaleza mental. Sabemos que San Lorenzo es de Primera, y de Primera no se tiene que ir. ¡Qué lo parió cómo nos hacés sufrir! ¡Pero cuánto te amamos! Gracias por esta alegría, por este desahogo, por esta locura. Gracias por transformar las lágrimas de desconcierto en otras de emoción. Y sabés que pase lo que pase, siempre te vamos a acompañar.
Roberto Fernández
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