Ser indignado en España, un año después

Los jóvenes españoles aseguran que su espíritu "sigue intacto". "Nuestro objetivo fue y sigue siendo un cambio", afirma uno de ellos a Infobae América. El triunfo de Rajoy y por qué les molesta cómo fueron bautizados 

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 AP 163
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Francisco Jurado Gilabert tiene 29 años, está cursando un doctorado de filosofía de derecho en la Universidad Pablo de Olavide y forma parte del 15-M Sevilla desde el día mismo de su creación.

Su familia no está en la situación trágica que sí atraviesan los más de 5,6 millones de ciudadanos que están desempleados, cuenta a Infobae América. Pero él no puede conseguir una beca para sus estudios "y pagar el posgrado sin ayuda es muy difícil". "Tampoco puedo ingresar a trabajar en la facultad porque los recortes en los fondos de educación lo impiden", agrega.


Como tantos otros jóvenes españoles, el bullicio de un movimiento pacífico que discutía el sistema y proponía su ruptura llegó a través de las redes sociales.

"Me enteré lo que se estaba preparando, leí el manifiesto de la Plataforma Democracia Real Ya! y consideré que lo que allí se proponía era lo correcto. Por eso, decidí sumarme".

Francisco tomó esa decisión el día que iba a llevarse a cabo la asamblea para crear el grupo 15 de mayo en su ciudad, Sevilla. Empezó su militancia allí y, como el resto de los manifestantes españoles, jamás pensó que sus reclamos tuvieran el eco necesario para repetirse en el resto de Europa y en los Estados Unidos.

"Nuestro objetivo fue y sigue siendo un cambio de base, de paradigma. Nosotros, hace un año, comenzamos con una idea simple: manifestarnos. No sabíamos que íbamos a tener este éxito. Luego decidimos formar parte de un proyecto mucho más amplio y ambicioso, el movimiento global de indignación", señala.

Los indignados, como los bautizó la prensa, vivieron en las plazas de España durante semanas. Montaron comedores y guarderías, mientras que, con jornadas artísticas y asambleas, exponían al mundo su punto de vista.

En casi todas las capitales europeas se repitió la experiencia hasta que los jóvenes y desempleados de 90 ciudades de todo el mundo convergieron en la manifestación global del 15-O (15 de octubre).

Hoy España está en recesión, el desempleo afecta al 24,44% de la población activa y al 52% de los jóvenes, y el Gobierno impuso medidas de rigor por unos 30.000 millones de euros, que incluyen el recorte de fondos a la educación y el aumento de los impuestos.

Si alguien mira hacia atrás y ve la plaza de Puerta de Sol, en Madrid, repleta de jóvenes y enfrenta esa imagen con la actual, podría poner en duda la efectividad del 15-M, e, incluso, no comprender cómo triunfó un proyecto conservador como el de Mariano Rajoy.

Ese planteo "indigna" a Francisco, quien enseguida detalla los números que demuestran que, pese a seguir siendo fuerte, el sistema político sí sufrió las consecuencias de las manifestaciones.

"Los españoles no se volcaron masivamente a votar por Rajoy. Los votos que consiguió el PP (Partido Popular) apenas fueron 400 mil más que en los comicios anteriores, pero por obra de nuestra legislación logró la mayoría absoluta", afirma a Infobae América. "Lograron menos votos que (José Luis Rodríguez) Zapatero y que (José María) Aznar. El PP y el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), los grandes partidos, ven que el apoyo ciudadano disminuye. Los votos blancos y nulos sumados fueron mayores que el porcentaje que sacó el ahora presidente", insiste.

El 15-M emprendió un "trabajo de concientización de la gente y es un trabajo a largo plazo". "Estamos tratando de cortar con un marco cognitivo que tiene 30 años", recuerda Francisco, quien aún muestra sorpresa por la cobertura mundial que tuvieron las manifestaciones un año atrás.

"Fue raro que hayamos ocupado la agenda mediática. Luego la cobertura fue intermitente hasta ahora, que estamos cumpliendo el primer aniversario. Pero nuestro trabajo no lo fue", asegura. En cada ciudad, las asambleas trabajan en los barrios, con proyectos e iniciativas que llegan de forma directa a los vecinos. "Ese trabajo está erosionando las bases del sistema y es, también, más profundo y más interesante", opina.

Cree, no obstante, que resta mucho por hacer y muchas voces por sumar a sus reclamos. La cuestión generacional es un obstáculo aún, pues el movimiento se basa en las redes sociales y en Internet, alejando un poco a los mayores que no están acostumbrados a su uso.

"Mantenemos viva la ilusión de un cambio del sistema político, económico y cultural. Nos enfadamos porque nos llaman indignados. Es un término negativo que nos pusieron los medios por el libro de Stéphane Hessel (¡Indignaos!) que tampoco es de una gran inspiración para nosotros", señala.

"Esa palabra no caracteriza nuestra ilusión y esperanzas. Por eso a nosotros nos gusta decir que esto es algo distinto. Es un estado anímico que se contagia", afirma.