Existen realidades desesperantes que convocan a la esperanza. No se trata de un juego de palabras, porque con el hambre y el porvenir, propio y familiar, no se juega. Se trata de adentrarse en otra versión de las circunstancias. De ver el arco iris donde otros contemplan un sol triste y una llovizna tozuda, impertinente.
Esta declaración de optimismo la escribo ahora que el gobierno de España ha retirado la ayuda financiera que nos venía proporcionando cuando, a partir del verano del 2010, y procedentes de las cárceles cubanas, llegamos desterrados un grupo de ex prisioneros de conciencia; y otros de coincidencias, o no.
Porque ahora, cuando una crisis económica -incomparable con la catástrofe cubana- se apodera de nuestra situación, y nos hallamos sin trabajo, es que tenemos que empinarnos sobre el llanto contenido y la oquedad de la billetera. Al menos yo, por dignidad, me niego a que mis lamentos propicien el júbilo de la tiranía que desgobierna a mi país.
Comprendo, y trato de hacer comprender, que nuestras circunstancias difieren de la de otros desempleados. Los emigrantes de otras nacionalidades tienen la opción de retornar a sus respectivos países, nosotros no. Un español a quien han dejado en la calle, busca y halla apoyo en algún pariente. En cambio, nuestras familias se hallan sufriendo las mismas necesidades.
Además, una pregunta nos llena de incertidumbre: ¿no existe un presupuesto de la Unión Europea para estos casos? También sería justo recordar que, de acuerdo a lo establecido en el documento firmado en La Habana por cada uno de los ex presos, la ayuda se extendería hasta 24 meses en caso de vulnerabilidad económica, período que no se ha vencido ni siquiera en el caso de los primeros que arribamos a Madrid, y no de 18 meses como expresan diferentes medios.
No obstante, las penurias de hoy, por duras que sean, y lo son, no deben amedrentarnos. Basta recordar un día en una prisión cubana para no quejarse de las dificultades del presente, y luchar para que el futuro se llame victoria. No es preciso obrar un milagro humano y contemporáneo. Basta con no olvidar, con soñar un porvenir posible, y realizarlo.
Cuando arribamos a España la mayoría del pueblo nos acogió con la proverbial hospitalidad ibérica. Entonces, como parte de ese grupo de ex prisioneros de conciencia, y al igual que mis compañeros, expresé mi agradecimiento. Pero muchos sectores de la prensa lo omitieron. Al parecer la gratitud no es noticia.
Este recibimiento inicial tal vez fuese un acto recíproco, consciente o inconsciente, con la hospitalidad que el pueblo cubano brindó a esos españoles, austeros y laboriosos, que emigraron a Cuba antes y durante aquellos años difíciles para España en las décadas del 30, 40 y 50 del siglo pasado.
Siempre la solidaridad es hermosa. Pero la que nos han ofrecido los españoles resulta mayor, por la cuota de sacrificio adicional que implica dada la crisis actual que padecen - y padecemos - con esa secuela de desempleos que se prolonga y extiende con la vocación de las pandemias.
En mis años de prisión política siempre empleé el arma - o mejor, el alma - imbatible del humor y del optimismo; y ahora, que enfrento los rigores del exilio, no renuncio a ese antídoto contra el mal rostro ante el tiempo adverso. Por eso comparto con estas palabras y una sonrisa mi condición de desempleado.
"Un hombre puede ser destruido, pero no vencido", escribió Hemingway en El Viejo y el Mar. Esta frase posee una vigencia eterna. Pero en estos momentos de un modo especial para los hombres y mujeres sin empleo, nacionales o emigrantes, quienes a veces sentimos maltrecha la fe; mas no nos rendimos, y buscamos veredas, trillos, atajos laborales para sobrevivir.
Claro, hay de todo en la viña del Señor, y en lo que no es su viña. Pero sobre todo admiro la tenacidad de ese cantinero emergente, universitario o no, que sirve una copa y una sonrisa de vino. A ese albañil diestro - gallego o catalán, asturiano o vasco, madrileño o andaluz, es igual - que se convierte en barrendero o cuida a un anciano, mientras sin cucharín y sin plomada edifica los sueños de su porvenir.
Me maravillo ante el valor de una licenciada en economía, o de una tendera o secretaria, que limpia un piso ajeno, mas con la ilusión bella y propia de los inmigrantes.
Me emocionan esos concertistas que han tenido que cambiar un teatro por una esquina del metro; y que son, por ejemplo, músicos que ejecutan un concierto para violín y música grabada (esa modalidad de orquesta contemporánea y portátil), y dejan fibras de sus espíritus sensibles en nuestras almas en paro; o quienes con una quena nos hacen sentir que Los Andes son una prolongación de Los Pirineos, o a la inversa.
Son hombres y mujeres con el entusiasmo invicto, con la esperanza ilesa. Todos con la victoria al filo de la mirada. Todos como simientes en espera de su día fértil. Todos como Quijotes que se sobreponen a la crisis, aunque sea tan gigantesca como los molinos del hambre.
Por eso, por compartir su (de)suerte con mi (de)suerte, agradezco al pueblo español su acogida y su ejemplo. Porque yo, señores, que también tengo de Quijote, no me doy por vencido, a pesar de ver tantos y tantos molinos en mi horizonte.
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