Decenas de personas hacen cola junto a un
fragmento del Muro de Berlín para que un hombre disfrazado de soldado de la antigua Alemania oriental les ponga un sello en el pasaporte. Berlín atrae como un imán a turistas de todo el mundo. A veces banalizando un drama demasiado reciente.
Durante décadas, los alemanes soñaban con la desaparición del funesto Muro que empezó a construirse hace ahora 50 años. Hoy sólo quieren conservarlo. Y es que son conscientes del filón que representa para una ciudad que logró desplazar a Roma en 2010 y es ya
el tercer destino turístico en Europa.
El Muro es el principal atractivo de la capital alemana, aunque apenas queden fragmentos reales de él. Pero en lo poco que sigue en pie, la oferta es de lo más variopinta.
Un joven que se hace llamar Charlie se pasea disfrazado de soldado con una bandera de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) por la Pariser Platz, junto a la emblemática Puerta de Brandeburgo, símbolo por antonomasia de la "Cortina de Hierro" que
dividió Berlín y el mundo durante décadas.
"No tengo ningún problema con llevar este uniforme, soy de otra generación", explica mientras se hace una foto con un par de turistas a cambio de unas monedas. Junto a él, Mickey Mouse saluda a los niños y dos personajes de la Guerra de la Galaxias hacen una pausa.
Por la derecha llega gritando un grupo de jóvenes subido a una bicicleta de ocho y varios celebran una despedida de soltero en una "beer bike", o bici cervecera. En la misma plaza, varios guías buscan a sus despistados turistas y una familia se sube a un coche de
caballos.
El alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, reconoció en una entrevista reciente que la ciudad se estaba convirtiendo "un poco en Disneyland", aunque dejó claro que es algo "muy difícil de impedir".
Son muchos los que se quejan de que la ciudad que vio morir al menos a 136 personas en su intento de atravesar el Muro se está convirtiendo a pasos agigantados en un parque de atracciones de la
Guerra Fría, en un museo del siglo XX al aire libre. Hablan incluso de un "efecto Venecia".
Un ejemplo de ello es el famoso Checkpoint Charlie, junto al antiguo punto de control fronterizo del mismo nombre. Donde antes se enfrentaban tanques soviéticos y aliados, hoy posan sonrientes varias personas disfrazadas de soldados.
Y lo hacen rodeados de mercaderes que venden monedas de la RDA, banderas, pasaportes y pequeños fragmentos de la pared que cortó en dos la ciudad en un lugar en el que eran abatidos a tiros quienes intentaban burlarla.
Hubertus Knabe, director del museo de la antigua central de la Stasi en Hohenschonhausen, considera que es hora de "prohibir los símbolos de la RDA y de las organizaciones comunistas" y recuerda que "el Muro no fue construido por la Guerra Fría, sino por el Partido
Socialista Unificado de Alemania (SED)".
Por ello, pide "más repeto" para las víctimas de esa dictadura y "un lugar donde se vuelva a ver el Muro en toda su monstruosidad".
Pero la tarea no es fácil: el 9 de noviembre de 1989, la RDA accedía a abrir las fronteras ante la presión popular y en los días siguientes la población destruía con picos el bloque de hormigón que había separado familias y amigos desde el 13 de agosto de 1961.
Al menos el 99 por ciento de los dispositivos de seguridad y las trincheras del "Muro de la vergüenza", como se había llamado en occidente, desaparecía para siempre.
Hoy sólo puede apreciarse en su forma original en contados lugares. El más largo y famoso es la "East Side Gallery", el fragmento en el que una veintena de artistas plasmaron sus murales. Pero el más real es el de la histórica Bernauerstraße. Ahí se mantiene tal y como era: gris, sin pintadas, con su torre de control
y su "franja de la muerte".
El director del centro de documentación que alberga ese lugar, Axel Klausmeier, quiere que sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y no soporta el teatro "poco serio" que se forma a su
alrededor.
Lo dice sobre todo cuando desfila por delante algún "Trabi", el automóvil por excelencia de la RDA. "No es ningún símbolo de opresión", se defiende André Prager, director de los "Trabi Safaris" para turistas.
Prager fue verdulero y vendedor de dulces antes de descubrir el Muro. Ex ciudadano de la RDA, sabe la atracción que ejerce ahora mismo todo lo relacionado con la Alemania oriental en una ciudad cautivada por la "Ostalgie" o nostalgia de todo lo que se perdió con
el hundimiento del satélite comunista.
Hay que saber aprovechar las oportunidades, dice. En 1996, Berlín contaba 600.000 visitantes. Hoy suma más de 5,5 millones al año y la capital, con un desempleo galopante y una economía basada casi exclusivamente en el turismo, no puede hacerse rogar.
"Los berlineses todavía no se han percatado de que juegan en la misma liga que Londres o París", coincide el responsable de turismo de la ciudad, Burhard Kieker. El debate está abierto: negocio o recuerdo, turismo o responsabilidad histórica.
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