Los senderos que recorren el amor no tienen explicación alguna, cuando nos abrimos a la experiencia de amar dejamos de ser sólo nosotros para que entre otra persona a nuestro mundo interno, supeditamos a un otro nuestras necesidades afectivas, prioridades y también la satisfacción del placer. Si bien enamorarnos en un principio se vivencia como una motivación que estimula nuestros sentidos, a medida que nos vamos circunscribiendo al campo vivencial del otro, arrimándonos a lo que el otro espera de nosotros, también vamos sintiendo esa desesperación imperativa de subrogarnos a un ser que atrajo para sí mismo nuestra energía.
Atiendo a diario pacientes que sufren por amor, conciben el amor como algo espectacular y lo idealizan como algo supremo, cuando no se sienten retribuidos los encadena un sentimiento de pérdida y frustración, de congoja espiritual y desazón por no cumplir sus deseos.
Esto me arrimó al principio básico de que hoy en día el amor no tiene diferencia sexual en la forma en que se experimenta, si bien en tiempos pasados los hombres tenían en claro un mensaje bastante explicito que "no es de hombres llorar por amor" hoy en día, los hombres también lloran por amor, desesperan por amor y hasta llegan a conductas homicidas y suicidas por amor.
La nueva patología del momento fue una creciente inversión de diversos fármacos para salir de pozos depresivos que llevan a enfermedades diversas, simplemente por fracasos amorosos, que no pueden ser comprendidos desde lo conciente, ni elaborados, llevando a duelos serios patológicos.
Las mujeres víctimas de engaños, de mentiras, de infidelidades, de abandonos, y un gran etcétera cambiaron su mirada y modificaron su conducta para dejar de ser víctimas sufrientes y superar esos estragos suficientes para arruinar vidas.
Los hombres no comprenden por qué ese cambio radical de las mujeres respecto a que comprendían antes la fábula del amor como la contaban autores de los cuentos infantiles, donde siempre el final de la historia era un final feliz, pero en lo real casi imposible, aventurero y místico.
El amor duele mucho, siempre la sensación que transmite el amor es de vacío, siempre se necesita más y nunca colma para llegar a la satisfacción completa.
En el relato de los hombres, "las mujeres cuando se enamoran siempre esperan algo más, si no querés ponerte de novio, primero solo ansían un compromiso afectivo, cuando les decís que estás comprometido afectivamente y la llamás novia, pretenden fecha de casamiento, cuando les decís sí, quieren un hijo y las demandas nunca terminan".
Las mujeres sin embargo dicen algo diferente: "siempre la que tiene que proponer es la mujer, ellos nunca habilitan una propuesta de proyecto de la pareja, se quedan en un lugar cómodo de espera y si no reciben nada el fracaso es por culpa nuestra".
De esta forma entendemos que, además de doler el amor, lo que duele es la falta de comunicación para evitar estos males que atentan con la pareja cuando comienzan los conflictos propios de una relación, donde ambos son criados con diferentes mensajes, condiciones plasmadas para lograr la felicidad y expectativas diferentes, sencillamente por el rol que ocupa social cada uno.
Tal es así que un hombre más arriesgado que se anima a formalizar su compromiso afectivo debe considerar la visión masculina al respecto y entender que si hace algo inadecuado a su especie terminará siendo burlado y desacreditado.
El amor duele porque no sabemos comportarnos frente a este sentimiento, porque no hemos visto en nuestros hogares un desarrollo del amor consolidado, sólo ciertos signos que nos hacen evaluar el amor como perfecto, pero entendiendo que siempre en nuestros padres veremos todo con idealización y creeremos que es el modelo correcto.
La escuela del amor sería una solución interesante y una buena propuesta para educar para conservar parejas, para declarar sentimientos respetando la integridad de cada uno, para vivir esta emoción sin asfixiarse, sin lastimarse y preservándose de daños injustificados en cada etapa de la vida. Para, en definitiva, evaluar la hermosa experiencia del amor con medidores reales y no ficticios que se apoderan de nuestras mentes, creando vicios que terminan desintegrando al individuo y distanciándolo de su armonía.
Pero también creo que hay personalidades perfectas para sufrir por amor y que son idóneas para diferentes intensidades de sufrimiento y otras personalidades ideales para provocar sufrimiento que son más fuertes desde lo aparente pero que tienen ciertas debilidades intrínsecas e inseguridades de su propio Yo, que hacen que busquen una manera de elevar su autoestima a través del sufrimiento del otro para sentirse amados y respetados.
Por: licenciada Sandra Lustgarten, psicóloga y sexóloga
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