Gobernanza global no es lo mismo que Gobierno mundial

Jorge Arguello es embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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Si el bueno de Platón volviera a nuestra época por un momento e insistiera en recurrir a su metáfora de gobernar como el arte de conducir sabiamente a buen puerto un barco rodeado de asechanzas, no le costaría mucho pronosticar un siglo veintiuno de aguas agitadas, un océano de ésos que reclaman el compromiso de toda la tripulación disponible: de los fuertes y de los pequeños, desde los marinos más curtidos a los grumetes más vulnerables. De todos.

Ese océano de problemas, desafíos y posibilidades que es el mundo ha dejado ya de ser un conjunto de siete mares más o menos singulares y aislados para ser un único, un solo y gran mar de la humanidad que todo lo abarca y relaciona. Como lo graficó recientemente el presidente de esta 65ta. Asamblea General de las Naciones Unidas, Joseph Deiss, en nuestro mundo globalizado de hoy, los problemas cruzan fronteras sin pasaportes.

¿Cómo no relacionar la reducción de la pobreza con el cuidado del medio ambiente, las corrientes migratorias, la explosión demográfica o las pandemias, como parte de un todo? Todos esos desafíos exigen tomar decisiones pero también acometer acciones globales. En otras palabras, pasar de aquel antiguo kubernos, del pilotear la nave de una República ideal, a esta gobernanza global.

Una gobernanza global no es lo mismo que un "gobierno global" o un "gobierno mundial" que robe capacidad de decisión a nuestros países, entidades soberanas con autoridades ejecutivas y parlamentarias democráticamente elegidas. El matiz es importante si se acepta que en la gobernanza lo que entra en juego, una vez instalado el gobierno electo, es su capacidad de articular con otras instancias de la sociedad civil, particularmente, con los grupos económicamente más influyentes, dinámicos y poderosos, y en un contexto de interdependencia global sin marcha atrás.

Fue ese déficit de gobernanza, específicamente económica, lo que dejó al descubierto con tanta crudeza la grave crisis financiera originada en los países más desarrollados desde 2008, recortada sobre un panorama general distinto del que nos habíamos acostumbrado a considerar durante todo el siglo veinte. Básicamente, mercados globales potenciados por una revolución tecnológica fenomenal que saltearon de manera temeraria controles y regulaciones clásicas, y que pusieron en jaque aquella arquitectura concebida por los acuerdos de Bretton Woods, apoyada en instituciones como el FMI o el Banco Mundial.

En busca de esa gobernanza, la reacción ante la última crisis puso en estructuras ágiles pero finalmente reducidas como el Grupo de los 20 (G-20, que integra también Argentina) una carga de legitimidad a menudo retaceada a la propia ONU, el ejemplo más avanzado de representación y liderazgo que se haya dado hasta ahora la Humanidad, a la salida de trágicas experiencias de guerra en la búsqueda de un desarrollo pacífico.

La pregunta ahora, pasado lo peor de la crisis a corto plazo, es cómo hará el mundo en adelante para que la eficiencia y el liderazgo que pide la nueva situación global respeten también, y antes que nada, la representatividad que merecen todos los pueblos, grandes o pequeños tripulantes de esta nave en estos tiempos de tormenta.

¿Sólo organismos compuestos por una elite arbitrariamente conformada garantizan la eficiencia que reclaman tiempos urgentes? ¿Puede, debe, sacrificarse siempre la participación democrática global en la búsqueda de resultados rápidos? ¿Hay terceras vías?

El debate está abierto en el máximo cuerpo de la diplomacia mundial. Este año, el presidente de la Asamblea General de la ONU ha convocado a un debate temático especial sobre la gobernanza global, para junio próximo, del que participarán los 192 embajadores para discutir los alcances de este nuevo concepto, que como todos en la política mundial ha llegado a formarse con una historia detrás.