Como las almas que van al infierno, los mineros viven bajo tierra. Dios los pierde de vista cuando bajan al corazón de piedra, y allí no les queda más que encomendarse al "Tío", como algunos llaman a Satanás. Muy católicos en la superficie, los obreros le ofrecen alcohol, cigarrillos y animales muertos a Lucifer cuando se sumergen. Se cuidan de no enojarlo, porque no hay escapatoria a la venganza del derrumbe.

"La cosmovisión minera está marcada por un fuerte sincretismo. Arriba participan de procesiones y actos religiosos, pero abajo adoran al Diablo y los curas no pueden ni acercarse por temor a que se produzcan accidentes", explicó a Infobae América Ricardo Alonso, profesor de Ciencias Geológicas de la Universidad de Salta (Argentina), ex secretario de Minería de la provincia y autor de varios libros sobre mitología minera.

En Bolivia, Perú o el noroeste argentino, los dueños de las minas respetan a rajatabla las costumbres ancestrales de los obreros. Los sacerdotes no pueden entrar, y el Diablo no puede salir: la cruz Tatacajchu apostada en el ingreso de los yacimientos lo impide. En los oscuros pasillos, los mineros hacen sanguinarios sacrificios a las representaciones del Tío: de cuernos alargados, baja estatura, ojos vidriosos y colores llamativos.

Denise De Olivera, jefa de redacción de la publicación Panorama Minero, agregó que los curas no podrían entrar aunque se declararan devotos al Diablo. La razón es sencilla: no llevan pantalones. La sotana podría hacer que la Pachamama o "Vieja", amante del Tío, los confundiera con mujeres y estallara en un mortal ataque de celos. Un derrumbe sería trágico: los chilenos de San José pueden dar fe.

Ese carácter tempestivo de la Madre Tierra explica una de los mitos más difundidos de la minería subterránea: las mujeres son sinónimo de mala suerte. Si el Tío se enamorara de una visitante, dejaría de fecundar a su amante y entonces escasearía la plata. Pero, aún si no se sintiera atraído, la competencia femenina haría que la Vieja cerrara su vientre y sepultara a los trabajadores.

"En varios lugares, aún hoy las mujeres no pueden entrar ni disfrazadas", comentó Alonso. Sólo pueden hacerlo el 4 de diciembre, día de la patrona de los mineros. En la superficie, los obreros rinden tributo a Santa Bárbara, ícono que da el nombre al espacio en los barcos que sirve para transportar explosivos. El manejo de dinamita es, precisamente, una de las actividades más riesgosas que realizan los mineros bajo tierra.

Décadas atrás, la posibilidad de que una dama trabajara en una mina era remota. Lola Mora, una genial esculturista argentina de principios del siglo XX, ingresó a la actividad minera con el mismo sentido que usó pantalones o fumó cigarrillos: como un desafío a todos los cánones de la época.

Hoy, por supuesto, el rito no pervive con esa fuerza en cualquier parte. "En algunos yacimientos ya hay mujeres que conducen gigantescos camiones, a la par de los hombres forzudos", señaló Alonso. Es el caso de Chile: "El país está mucho más evolucionado y avanzado en estos temas. Llevan mucho tiempo en la minería moderna, con todo lo que eso implica".

De todas formas, los 33 obreros serán más rigurosos en el cumplimiento de los caprichos del Tío y la Vieja. A ellos les estarán rezando para que todo salga bien en el imprevisible operativo de rescate.