El hombre, en 2005 fue detenido por robo calificado y encubrimiento, relató que mientras estaba en prisión domiciliaria, supuestamente controlado por una pulsera electrónica, pudo evadir la supervisión, tal como lo hizo Ángel Fernández, uno de los acusados por el cuádruple crimen de Campana.
"Con la tobillera puesta podía andar todo por adentro de mi casa, iba a la terraza y hasta podía salir a la calle. Pero si bajaba a la vereda, instantáneamente me llamaban por teléfono del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB). Siempre tenía que atender yo. Cada vez que sonaba la alarma, los penitenciarios me amenazaban con que iba a volver a la cárcel", contó el ex convicto.
Sin embargo, las amenazas fueron sólo eso y tiempo después, con un destornillador "me la saqué de la pierna y me la puse en el brazo. La tobillera necesita estar siempre en contacto con cualquier parte del cuerpo. Apenas lo hice, me llamaron del SPB. Yo les expliqué que, jugando con mi hijo, había golpeado el aparato. Ese día me llamaron cinco veces más. Pero no me moví de casa".
"Diez días después y de sorpresa me llegó una inspección del SPB. De casualidad, en ese momento estaba en casa. Cuando revisaron la tobillera se dieron cuenta que estaba rota y la cambiaron por una nueva. Me quería matar", señaló.
Pero, como dice el dicho, "hecha la ley, hecha la trampa", ya que el hombre volvió a planear la forma de zafarse de la tobillera: "Esperé hasta la llegada de la Navidad. El 24 de diciembre, a las doce en punto de la noche, me encerré en mi dormitorio, me saqué la tobillera y, en pocos segundos, me la coloqué en el brazo. Luego salí a esperar que me llamaran del SPB. Pero nunca lo hicieron. Mi plan funcionó. Es evidente que los que me tenían que controlar estaban brindando".
Desde ese momento, "le dejaba la tobillera a mi mujer colocada en un brazo y, cuando ella no podía quedarse, dejaba a algún pibe del barrio jugando con la PlayStation en casa con la pulsera puesta y, al volver, le tiraba unos pesos. Yo salía a bailar, a comer, iba al casino y a 'laburar'. Así termine cumpliendo la pena y nunca nadie se enteró de nada".
"Tener la pulsera terminó siendo un beneficio. Porque durante ese año no me acusaron de nada porque supuestamente estaba detenido", concluye este individuo que estuvo preso unos meses en la provincia de Buenos Aires hasta que fue beneficiado con la prisión domiciliaria y, en consecuencia, con una tobillera electrónica que debía monitorear sus movimientos, algo que finalmente no ocurrió, publicó el diario Clarín.