La desgarradora historia de un tenista argentino

El deporte muchas veces ayuda a vivir. Algo de eso sintió el argentino Lucas Arnold cuando el mundo se le vino abajo al diagnosticársele cáncer. La persistencia de la enfermedad le hizo pensar que todo podía terminarse

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"Tuve lo mismo que Lance Armstrong, de hecho, leí su libro, me ayudó mucho", dijo en Melbourne el argentino, que tras luchar entre 2006 y 2007 por su vida vuelve a sus 33 años al amor de siempre: el dobles.

Rubio, bronceado, delgado, Arnold aparece en los rincones más impensados de Melbourne Park. Llega en los últimos minutos de los entrenamientos de su compatriota David Nalbandian para devolverle el saque y proponerle jugar juntos en Barcelona. Nalbandian ríe, pero no contesta.

O pasa una hora peloteando con la eslovaca Daniela Hantuchova, una de las jugadoras más bellas del circuito.

"Hantuchova me mató a palos, no la aguanto. En otra época podía correr de otra manera", admite, antes de enfocar lo importante: "Pero estoy reorgulloso, porque llegó un momento de la quimioterapia en que no podía ni caminar".

Arnold era un jugador feliz y exitoso en dobles en el verano europeo de 2006. Pero se estaba engañando a sí mismo. Sabía desde hacía tiempo que había algo raro en un testículo, y no quería asumirlo. Hasta que por fin dejó todo, volvió a Buenos Aires y, en apenas días, lo operaron.

"En (la) Argentina no hay conciencia. Cuando antes de la operación me hice la tomografía me dio vergüenza decir por qué estaba ahí. La chica que me la hizo me tranquilizó, me dijo que no podía imaginarme cuántos hombres van por lo mismo. Pero es una sociedad machista, la gente no lo dice".

Miembro de una familia de origen británico, Arnold habla inglés a la perfección y comenzó a jugar al tenis a los dos años. Llegó a ser 21 del mundo en dobles, con 15 títulos, y 77 en individuales. Su hermano mayor, Patricio, también fue tenista. Durante años integró el equipo argentino de Copa Davis, al que aspira a volver.

"Estos últimos tres años mi vida fue una montaña rusa, incluso me separé de mi mujer Yanina un par de veces, pero ahora estamos bien".

Le falta físico, porque aún tiene afectados los pulmones por la quimioterapia. Pero después de lo que vivió siente que nada es realmente un problema.

Tras la operación de agosto de 2006 viajó al US Open, dónde perdió en primera ronda formando pareja con su compatriota Agustín Calleri. Ahí decidió retirarse, cosa que llegó incluso a anunciar.

Poco después, en Argentina, el cáncer volvió. Cinco meses de quimioterapia -con todas sus consecuencias- terminaron en febrero de 2007, cuando le confirmaron que estaba curado.

En el medio probó terapias antroposóficas -es aficionado al yoga desde los 19 años- y buscó en su interior respuestas que antes no tenía. Hoy, por ejemplo, ve el tenis de otra manera.

"La vida en el vestuario es una vida muy competitiva, no tenés amigos de verdad. Es difícil, cuando al otro día podés estar en la cancha y quizás te afanás (robás) una bola...".

Después se arrepiente, y menciona algunos amigos como Mariano Hood o Gastón Etlis. Y hace una relación curiosa: alguna vez, de muy chico, su padre le aconsejó no pegarle a la pelota de espaldas y entre las piernas, golpe que en la Argentina se conoce como "gran Willy".

"Mi viejo me decía que podía golpearme en los testículos. Y terminé teniendo cáncer ahí... Pienso que los traumas no resueltos a veces vuelven... Fijate lo que le pasó a Hood, con su trauma por ser pelado, y que da positivo de doping por una crema para el pelo".

El 24 de septiembre regresó jugando un "future", la categoría más baja del circuito. La federación argentina le dio una invitación, pero lo obligó a jugar con un juvenil de 16 años, Federico del Bonis.

Llegó a segunda ronda y cobró 90 dólares como premio, todo un dato para un jugador que acumulaba 1,5 millones tras 14 años como profesional.

Hoy Arnold es un jugador libre, un hombre dispuesto a beberse la vida con alegría. No tiene contratos, y se viste con lo que puede. "Incluso con lo que descartan los jugadores, tomé un par de cosas de un cesto en el vestuario, en el que dejan ropa usada para caridad".

Y tiene un sueño, un objetivo difícil pero en el que aún confía: estar en los Juegos Olímpicos de Pekín.

"Nunca estuve en los Juegos. En Sydney 2000, por ranking, tenía que estar, pero no me llevaron. Ahora voy a hacer todo lo posible para que me convoquen".

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