Horacio Elizondo sacó a relucir sus pergaminos en el superclásico que se adjudicó River y merced a una sobria y correcta labor confirmó una vez más su liderazgo en el referato argentino.
La única mancha que quizás impide tildar de impecable su trabajo se dio a poco del cierre, cuando debió expulsar al defensor boquense Daniel Díaz y desistió de hacerlo, acaso considerando que no mostrarle la correspondiente tarjeta roja no incidiría en el resultado.
Puntual y precavido, el juez que dirigió la final del último mundial de fútbol ingresó al campo de juego del Monumental a las 16.01, es decir, casi diez minutos antes de la hora pautada para el inicio del convocante cotejo.
Poniendo de manifiesto la experiencia adquirida en este tipo de contiendas, se lo notó sereno y paciente mientras aguardaba la salida de ambos equipos.
Hasta que, tras constatar que todo estuviese en condiciones, marcó el inicio a las 16.16. La tarea de quien algunos consideran el mejor juez argentino de la historia resultó más que aceptable en el primer tiempo, donde casi no hubo cuestiones que reprocharle.
Su notable estado atlético le permitió a Elizondo observar de cerca cada acción y ejercer un importante control sobre juego.
Acertó en los fallos menores, fue lo convenientemente riguroso pero a la vez equilibrado al juzgar las faltas y por lo general exhibió buen criterio a la hora de amonestar.
En ese período inicial, apenas se le puede objetar que se demoró en mostrarle la amarilla al volante boquense Pablo Ledesma. El áspero comienzo hizo que las primeras intervenciones de Elizondo fueran para detener el desarrollo a fin de que asistieran a los futbolistas averiados por los duros roces.
Recién a los 22 minutos tomó una determinación importante al amonestar a Fernando Belluschi por fuerte foul a Fernando Gago.
Volvió a imponer orden a los 25, cuando castigó de igual modo a Cristian Nasutti debido a una violenta entrada a Martín Palermo. Tampoco se equivocó al amonestar a Matías Silvestre por agarrar del pantalón a Ernesto Farías.
Y en el gol de River, si bien fue una jugada muy fina, actuó como correspondía al confiar en el juez de linea para finalmente convalidar el tanto de Gonzalo Higuaín, cuya posición -legítima- despertó las protestas de los jugadores de Boca.
El desempeño de Elizondo continuó siendo satisfactorio en el complemento. Se mantuvo estricto y habló lo justo y necesario con los jugadores, más que nada para recordarles quién era la autoridad y ponerle límites a exagerados reclamos.
A los 29 minutos, con Boca jugado en ataque, expulsó bien a Matías Silvestre por una brusca infracción contra Belluschi que le valió la segunda amarilla. Tendría que haber corrido idéntica suerte Daniel Díaz, quien se descontroló frente a la superioridad rival, aunque en este caso Elizondo, raro en él, fue tolerante y le perdonó la vida.
Equivocación que, sin embargo, no empaña la acertada labor del Horacio Elizondo, el árbitro al que ningún partido parece quedarle grande. Lo demostró en la final del mundo.
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