El drama de estudiar en una escuela de una favela de Río de Janeiro

La violencia también llegó a un colegio azotado por las batallas campales entre la policía y las bandas de narcotraficantes. Sólo algunos profesores se atreven a trabajar en el lugar. El mes pasado 17 niños resultaron heridos en una balacera

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- La escuela primaria Henrique Foreis se asoma al pie de un morro en una barriada bendecida con una vista espectacular y castigada con una violencia que rivaliza con la de zonas de guerra.

Con el nombre de un compositor prolífico, intérprete y locutor de radio famoso cuyas sambas y música de carnaval eran las tonadas infaltables en todas las latitudes brasileñas desde fines de la década de 1920, se esperaba que la escuela infundiese alegría e inspiración a la favela de Fazendinha.

Pero las batallas campales entre la policía y bandas de traficantes han aterrorizado a los niños y alejado a algunos de los pocos profesores que se atreven a trabajar en el lugar.

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El 7 de junio, los bandidos y la policía se trabaron a tiros con la escuela al medio de la batalla. Las balas hirieron a seis niños. Otros once fueron heridos por astillazos de vidrio.

La violencia es apenas uno de los muchos obstáculos que enfrentan los alumnos de la escuela Henrique Foreis y miles de otras escuelas en todo Brasil, donde la educación primaria ha recibido escasa atención. A pesar de los incentivos que el gobierno federal ofrece para mantenerlos en la escuela, sólo dos de cada cinco niños inscritos en el ciclo primario llegan al quinto año.

"El que una escuela, así sea sólo una, esté amenazada por la violencia es una tragedia adicional para una sociedad donde la educación se necesita tanto", dijo Celio da Cunha, experto en educación y funcionario de la UNESCO en Brasilia. "Eso debería hacer que las alarmas suenen en todo el país".

Uno de los estudiantes - el joven Jonathan, de 11 años - aún está herido, con implantes de pinos para sujetar su fémur derecho, roto de un balazo. Otros 16 compañeros se han ido de la escuela, donde algunas perforaciones marcan la batalla de hace semanas.

La directora, Dinalva Gurgel Norte Moreira, teme que el tiroteo haya dejado marcas psicológicas aún más profundas entre los estudiantes y los profesores.

"Nadie está más seguro", dijo la directora. "Ya se nos fueron tres profesores.

Reemplazarlos no ha sido fácil, pues no son muchos los que quieren venir a enseñar por estos lares".

La escuela parecía un oasis de tranquilidad cuando la profesora asumió la dirección hace 20 años. Claro que el barrio carecía de agua potable, pero los residentes podían traerla de no muy lejos en un recorrido que solía acabar en lo alto del morro desde donde la vista de la ciudad es espléndida, y donde por la noche se perciben los destellos del Cristo Redentor y la Bahía de Guanabara.

La escuela tiene hoy agua potable, un lujo en el vecindario, donde el agua sólo gotea de algunos grifos próximos a las casas de barro y tabique plantadas sobre las laderas.

La directora Moreira dice que tampoco ella se siente segura.

"Las cosas no han sido normales en los últimos tiempos; hay gente que se desplaza ostensiblemente armada por aquí cerca", dijo.

El tiroteo causó sólo alguna indignación en Río, ciudad acostumbrada a la violencia en las favelas, pero subrayó los desafíos para mejorar la educación en un país con las peores desigualdades entre los que tienen mucho y los que nada tienen.

En Brasil, el 20% más rico se lleva el 64% de la riqueza del país, en tanto que el más pobre 20% recibe un magro 2,4%.

El sistema educativo brasileño es una historia de abandono desde que los portugueses llegaron aquí en 1500. Mientras los colonizadores españoles establecieron la primera universidad del nuevo mundo en Lima, en 1551, la primera universidad brasileña fue fundada recién en 1920.

Durante gran parte del siglo XX Brasil se interesó principalmente en la educación superior, privilegiando las universidades donde las elites podían educarse y descuidando la instrucción primaria.

Sólo después del restablecimiento de la democracia en 1985, tras dos décadas de dictadura militar, la educación primaria se volvió una prioridad. Brasil ahora destina el 4,1% de su producto interno bruto (620.000 millones de dólares) a la educación. El porcentaje es equivalente al de otros países en la región, pero la calidad permanece entre las más bajas del hemisferio.

En un estudio entre 17 países la UNESCO evidenció que era más probable que un niño brasileño repitiese el curso que sus demás compañeros: el 24% quedaría aplazado frente al 4% de otros países, incluso más pequeños, como Bolivia, Cuba y Ecuador. Una conclusión era que los niños brasileños permanecían más años en la escuela y en consecuencia representaban mayores gastos.

Y otro estudio del Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial descubrió que el 40% de los jefes de familia en Sao Paulo, la mayor ciudad de Brasil, no había estudiado más allá del cuarto año.

Alguien claramente preocupado con este fenómeno es el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, quien salió de la escuela en el quinto año. Pero se las arregló para ingresar a una escuela técnica, donde se formó como tornero mecánico.

Luego se convirtió en líder sindical, fundó un partido, el de los Trabajadores, y llegó a la presidencia.

En los esfuerzos de su gobierno para estimular la educación primaria se destaca "Beca Familia", un estipendio mensual equivalente a 43 dólares para ayudar a las familias pobres a cambio de que envíen a sus hijos a la escuela. Los padres de 80 de los 306 alumnos de la escuela Henrique Foreis reciben el beneficio y los niños pueden estudiar en vez de ponerse a trabajar a edad temprana.

"Es un gran estímulo", dijo la profesora Moreira. "Pero aún así, eso no cambia substancialmente sus vidas".

La preocupación central de la directora es el riesgo de nueva violencia, no sólo en la escuela sino en todas las más de 600 favelas de Río, en las que vive un 30% de los seis millones de habitantes de la ciudad.

"Vivimos aquí y estamos sujetos a estas cosas", confirmó Rosana Moreira da Silva, madre desempleada con mellizas de ocho años en la escuela que se salvaron "milagrosamente" el día del tiroteo. "Podía haber sido peor. Podíamos haber sido sorprendidas en la casa".

Las favelas de Río crecieron como hongos en décadas de migración masiva desde el noreste. Los inmigrantes se instalaron sin mayor dificultad sobre áreas públicas de los cerros de la ciudad. Por un tiempo, gozaron de cierta mística como lugares donde florecían la samba y las escuelas del carnaval.

Pero luego llegó el tráfico violento de drogas y se quedó. Con laberintos de callejuelas y pasajes, las favelas ofrecen un fácil escondite para los bandidos.

Y en la miseria de esos lugares los traficantes pueden reclutar legiones de jóvenes.

Un estudio de Viva Rio, una organización no gubernamental, calculó que la ciudad tiene unos 5.000 adolescentes armados. Son soldados en las batallas por el control del negocio lucrativo de las drogas en centros de distribución.

Las escuelas pudieron quedar al margen de la violencia debido a una ley no escrita, pues incluso los traficantes perciben que la educación es esencial para los niños, dicen los sociólogos.

Pero padres de familia y profesores en la escuela Henrique Foreis no tienen más certeza de que esa ley siga vigente. Y el hecho de que ningún barrio sea inmune a la violencia sólo los exaspera.

"¡Este lugar tenía que haber sido sagrado! Ahora sólo espero que prevalezca el sentido común. Y si no fuera así, qué podemos hacer", dijo resignada.

"Nosotros tampoco tenemos dónde ir. La violencia está en toda la ciudad".

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