A pesar de la expansión que han alcanzado conceptos como el darwinismo o la teoría de la evolución de las especies, poco se sabía sobre su creador, el naturalista inglés Charles Darwin, quien ofrece una visión muy reveladora sobre sus creencias y principios en una jugosa "Autobiografía" que se acaba de editar en la Argentina.
A pesar de haber revolucionado el mundo como pocos, Darwin nunca creyó que sus logros fueran tan trascendentes: de hecho, a lo largo de su vida pareció más interesado en alcanzar y mantener la felicidad que en valorar en demasía los méritos de una teoría que lo pondría a la altura de Nicolás Copérnico e Isaac Newton.
En la "Autobiografía" -publicada por el Grupo Editorial Norma- que el fundador de la teoría de la evolución por selección natural escribió para sus hijos y nietos, sobresale justamente este rasgo que lo presenta como un hombre humilde que prefería la compañía y los consejos de su familia antes que los de los eminentes científicos que lo rodeaban.
"Habiéndome escrito un editor alemán para solicitarme un relato sobre el desarrollo de mi pensamiento y de mi carácter con algún matiz autobiográfico, he pensado que me divertiría intentarlo", escribe el científico en el comienzo de su libro.
Darwin se hizo famoso por haber postulado una alternativa a la idea de que cada especie era creada de manera única e incambiable. ¿Cómo llegó a proponer el mecanismo del cambio evolutivo, al que llamó "selección natural"?
Según testimonia en sus memorias, Darwin comprendió la importancia de la selección natural poco a poco, mientras desarrollaba sus habilidades y credenciales científicas.
Ese proceso fue respaldado por el contexto histórico, ya que al científico le tocó vivir una de las épocas más interesantes: el apogeo de la era Victoriana en Gran Bretaña, de 1809 a 1882, cuando las ciencias y la apertura a cuestionar el status quo, eran fuerzas culturales en expansión.
En su "Autobiografía", Darwin describe con detalles aquel paso que él percibe como decisivo en la comprensión o hallazgo de la solución al problema del origen de la variedad actual de las especies: la observación de los grandes fósiles acorazados en las pampas.
En apenas 80 páginas, el científico se encarga de reseñar los aspectos más significativos de su vida, entre ellos su juventud en Edimburgo (donde inició los estudios para ser médico, como su padre y como su abuelo, y de donde huyó asqueado por la sangre y las disecciones) y Cambridge, donde estudió teología, hasta que llegó un ofrecimiento para participar de la expedición del Beagle.
Este último tramo ocupa una parte importante de la "Autobiografía": Darwin pasó cinco años (1831-1836) a bordo de la pequeña fragata Beagle, compartiendo cabina con el capitán Fitz-Roy. Durante su estadía de casi dos años en Chile, efectuó numerosas y extensas excursiones a pie, a caballo y por mar, recorriendo gran parte de la Patagonia y Tierra del Fuego.
Los hallazgos que el entonces joven naturalista hizo en geología, botánica, zoología, paleontología y antropología fueron un valioso aporte al material con el cual posteriormente elaboró sus dos obras inmortales: "El origen de las especies" (1859) y "El origen del hombre" (1872).
Dice Darwin en sus apuntes: "El viaje del Beagle ha sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera".
"La tierra, el emblema mismo de la solidez, ha temblado bajo nuestros pies como una costra muy delgada puesta sobre un fluido; un espacio de un segundo ha bastado para despertar en la imaginación un extraño sentimiento de inseguridad, que horas de reflexión no hubieran podido producir", relata en el libro.
La "Autobiografía", en su conjunto, se concentra en la estampa de un científico feliz, que además de no adherir a las disputas y debates que generó su teoría, postuló a la felicidad como un valor biológico superior al sufrimiento.
"Si todos los individuos de cualquier especie sufrieran habitualmente en grado extremo, acabarían desatendiendo la propagación de su especie", sostiene Darwin en uno de los tramos del libro.
"El dolor o el sufrimiento de cualquier tipo, de prolongarse durante mucho tiempo, acaban provocando depresión y disminuyendo la capacidad de reacción... Por otro lado, las sensaciones placenteras pueden prolongarse durante mucho tiempo, sin provocar ningún efecto deprimente; lo que ocurre, en consecuencia, es que la mayoría o la totalidad de los seres vivos se han desarrollado de tal modo que, a través de la selección natural, esas sensaciones placenteras acaban convirtiéndose en sus guías habituales", señala con contundencia.