La emperatriz Marie se llevó una agradable sorpresa. Su marido, el zar de Rusia Alejandro, había encargado a un orfebre un huevo de Pascua muy particular: se trataba un huevo dentro de otro huevo. El primer huevo estaba hecho de marfil con un barniz azul oscuro. La cima del cascarón tenía un engarce de rubí.
Dentro del segundo huevo se encontraba un pollito dorado que contenía una corona de perlas y un anillo de oro.
La zarina se mostró muy contenta y el zar decidió encargarle al orfebre Peter Carl Fabergé un huevo especial para cada Pascua.
El hijo de Alejandro, Nicolás II, continuó la costumbre. La tradición se mantiene y la firma Fabergé es una de las más prestigiosas y caras del mundo.
Estos objetos se han vuelto una obsesión para el estado ruso. Diez de estos huevos de la dinastía de los zares permanecieron en el Kremlin. El industrial ruso Victor Vekselberg compró 9 de estos huevos, valuados en unos 90 millones de dólares para exhibirlos en museos rusos.
Al menos 13 de ellos permanecen en museos norteamericanos y hay otros 10 en manos de coleccionistas privados.