(EFE)- A los 84 años moría hoy, enfermo y refugiado en su casa de Arizona, el "banquero de Dios", Paul Marcinkus el arzobispo estadounidense que manejó, durante casi 20 años, las finanzas de la Iglesia Católica, en medio de escándalos financieros, intrigas políticas, negocios sucios y muertes sospechosas.
Paul Casimir Marcinkus era un hombre de un metro noventa de estatura, "muy temido y poco amado", según cuenta su biógrafo Gianni Morandi, con una vida azarosa más propia de los enredos mundanos que de la santidad eclesiástica.
Hijo de emigrantes lituanos, había nacido en el barrio de Cicero, entonces perteneciente a la vecina ciudad de Chicago (Estados Unidos), el 15 de enero de 1922.
De su primer trabajo como limpia cristales que compartió con su padre, pasó a ordenarse sacerdote a los 23 años y a subir con rapidez los peldaños de la jerarquía eclesiástica.
Estudió en la Universidad Gregoriana y en la Pontificia de Roma y tras dos años en la Secretaria de Estado vaticana, estuvo destinado como secretario a las nunciaturas de Bolivia y Canadá hasta su regreso a Roma en 1959.
Fue entonces cuando aprovechó su gran oportunidad al tener que hacer de traductor de inglés del Papa Pablo VI, quien le otorgó su confianza, respaldada poco después por su mentor económico David Kennedy, de la Continental Bank of Chicago y posterior secretario de Estado con Richard Nixon.
A partir de ahí, su carrera se dispara y en 1968 es nombrado secretario del Instituto para Obras de Religión (IOR), más conocido como la Banca Vaticana, a cuya presidencia accede en 1971 hasta 1989.
En 1981, Juan Pablo II le designa pro-presidente de la comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano, se convierte en su guardaespaldas y le nombra arzobispo.
Marcinkus vive con intensidad los años de los grandes "pelotazos" financieros internacionales, codeándose con los principales banqueros estadounidenses y cosechando éxitos como salvar el déficit de la Santa Sede tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), cuando ocupaba la secretaria del IOR, caja fuerte de accionistas y empresarios católicos.
Y también fracasos. Dos personajes se cruzan en su vida: el banquero siciliano Michele Sidona, cuya bancarrota costó al Vaticano cerca de 30 millones de dólares y Roberto Calvi, un modesto contable y presidente del Banco Ambrosiano de Milán, del que el IOR era accionista con un 16 por ciento.
En su quiebra fraudulenta, en 1982, se vio implicado Marcinkus, por haber cubierto una serie de operaciones de distracción en el extranjero.
Su socio Roberto Calvi huye a Inglaterra el 11 de junio de 1981 y siete días después aparecía "suicidado" y ahorcado en un puente de Londres. Se sabe entonces que Calvi figuraba en las listas de los miembros de la P-2 y en las de la masonería inglesa.
Saltan a escena tramas donde se ven envueltas, la Mafia, la Masonería y enredos múltiples sin resolver.
La viuda de Calvi implicó en la quiebra del Ambrosiano a Marcinkus, a Giulio Andreotti, Bettino Craxi y Flamingo Piccolo, y según ella, su marido estaba tratando con el Opus Dei la posibilidad de que éste comprase el 16 por ciento de la Banca Ambrosiana que hubiera impedido el "crack".
Contra Marcinkus se dictó orden de busca y captura, pero se refugió en las murallas del Vaticano. Su caso fue llevado al Tribunal Supremo italiano, que anuló la orden y dictaminó su no procesamiento en virtud del articulo 11 del Tratado Lateralense, que le salvó de pasar por la cárcel.
Comienza su declive y el 10 de marzo de 1989 es cesado por la Santa Sede como presidente del IOR y un año después presenta su dimisión como pro-presidente de la Comisión Pontificia y prepara su retiro espiritual.
En 1990, el poderoso "banquero de Dios" regresa a sus orígenes, a su archidiócesis natal de Chicago, como simple sacerdote, para ocuparse de las almas y no de los óbolos de Dios.
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