En Medellín, 70 años después de su muerte, Carlos Gardel sigue inspirando almas y rondando rincones

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En Medellín, 70 años después de su muerte, Carlos Gardel sigue inspirando almas y rondando rincones
 
Hace siete décadas, el 'Zorzal Criollo? paso por la capital antioqueña como última parada para la gloria eterna.
 
Carlos Gardel mira de medio lado desde un cuadro, con una sonrisa perfecta de blancura inmaculada, su sombrero de fieltro blanco y esa expresión a la que no le falta sino decir: ?¿Y vos, qué tango querés, che??
 
En Medellín el cuadro es tan conocido como la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y todavía se ve en las paredes de algunos bares de la ciudad, que un día se dio a conocer como la más tanguera de Colombia.
 
El lunes 24 de junio de 1935 el avión F-31 de la empresa Saco, en el que el cantante, de 48 años, salía para Cali, en otra escala hacia Argentina, quedó esparcido por el entonces campo de Aviación Olaya Herrera (conocido como Las Playas), luego de chocar antes de decolar con el avión ?Manizales? de la empresa Scadta.
 
Allí murió el cantor, a las 2:58 p.m., según consta en el voluminoso sumario de nueve cuadernos y 285 folios guardado, como un tesoro, en una vitrina de la Administración Judicial de Antioquia.
 
A prueba de olvido
A esa hora, mientras centenares de personas corrían hacia la columna de humo negro, la incipiente ciudad de 150 mil habitantes entraba en el mapa del mundo con Gardel como un mito sólo equiparable al de las gestas de los arrieros paisas.
 
Siete décadas después, Gardel ya no suena tanto, pero decir que Gardel no existe en Medellín, sería como afirmar que en esta ciudad ya no se come arepa.
Sus fanáticos siguen reuniéndose con sagrada constancia, en lugares como el Homero Manzi, un cuidado bar y centro cultural ubicado en el barrio Buenos Aires, o en el Patio del Tango, casi vecino al lugar donde murió Gardel.
 
El tango no puede faltar en el repertorio de las academias de baile, en las que desde niños hasta veteranos enredan y desenredan sus tobillos y entrelazan sus brazos, a veces con dulzura y otras más, como una muestra acrobática.
 
El nombre de Gardel, en Medellín, es desde el 2003 el de una plaza justo al lado del Olaya Herrera. Jaime Sánchez, de 82 años, jugaba en un potrero cercano cuando oyó dos explosiones. ?Corrimos hasta donde estaba el humo y cuando pasamos por una casa vimos un montón de gente oyendo un radio que hablaba sobre el accidente de dos aviones. Cuando llegamos, sentí un olor a carne quemada y la Policía no dejaba entrar a nadie, porque si por uno hubiera sido hubiéramos ido hasta el avión?, cuenta Sánchez.
 
Del último paso por el mundo de este uruguayo nacionalizado argentino (según el registro oficial) queda como recuerdo un pequeño obelisco en el Museo Cementerio San Pedro. Allí fueron a parar por casi seis meses sus contraídos restos (incluso perdió parte de los dos pies según el dictamen forense), mientras su apoderado venía por ellos desde Argentina. Gardel es también un monumento de bronce de cuerpo entero en lo alto de la carrera 45, del barrio Manrique, que se llama Avenida Gardel. La figura no es la original pues la primera de granito ? cuenta el argentino Leonardo Nieto, quien abogó por ponerla allí? terminó en el suelo décadas atrás, cuando un par de borrachos se abrazaron al ídolo con tal pasión que lo destruyeron.
 
Esa carrera fue mítica hasta los años 80, precisamente por los bares de tango y por ser la sede de La Casa Gardeliana.
 
Hubo épocas mejores
El sitio, recuerda Nieto, su propietario, funcionó hasta el 92 como punto de encuentro de turistas y gardelianos. Pero el barrio quedó envuelto entre luchas de bandas y de mafias, la noche se volvió realmente ?maleva? y La Casa se convirtió en un museo sencillo que a duras penas abre. ?Gardel sirve para que cada aniversario hagan un espectáculo en la plazoleta junto al aeropuerto.
 
Allá van grupos que hacen coreografías bonitas y otros que han logrado algo artísticamente, pero no son más de 80 bailarines en una ciudad de millones de habitantes?, dice Wilson Vélez, director de Vos Tango, que presenta desde hace 14 años música, danza y canto.
 
En su opinión, el tango dejó de ser referente cultural de Medellín hace tiempo. ?Solo las academias de baile, donde enseñan tango y otros ritmos, tratan de mantenerlo vivo. Pero la gente no va a aprender para bailarlo socialmente, sino que son bailarines que pretenden vivir de él. En Medellín no hay sitios donde se baile socialmente?, afirma Vélez.
 
Nieto, que hasta los años 70 trajo cantantes de tango que movieron buen público, señala que en Medellín ya no hay quien cante tangos en la cantidad y calidad que había antes: ?Creo que sí es una ciudad tanguera, pero es evidente que hubo épocas mejores, con cantantes de primera línea que venían de Argentina e iban a las universidades a dar charlas. Había concursos que buscaban cantantes. Entonces, si no hay gente buena??.
 
Pero los tangueros de vieja data se resisten a dejar morir el tango y la memoria de Gardel.
 
De hecho esta semana se eligió entre cinco cantores ?La nueva voz del tango?, en la Casa Gardeliana. La eliminatoria fue en el Club Medellín, el sitio donde según el conocedor Jesús Vallejo Mejía, hace 70 años velaron al ídolo (en ese entonces no era todavía club). Se presentaron doce aspirantes ante unas 400 personas que los oyeron cantar acompañadas con moderado licor.
 
El más reciente homenaje al hombre que, según Vallejo, convirtió una canción folclórica en una canción ciudadana del siglo XX, se lo hizo en el 2002 el Teatro Pablo Tobón Uribe, el más tradicional de Medellín.
 
Su telón de boca es un rostro de Gardel en medio de las llamas, fiel reflejo de un acrílico elaborado por la artista Dora Ramírez, que es eximia bailarina del ritmo porteño.
 
Con todo, para la mayoría de los jóvenes de Medellín, Gardel es un señor muy engominado, que ríe y que de tanto en tanto se ve en algún documental viejo cantando con su marcada vocalización los tangos que les gustan a los abuelos.
 
O que suena en la inveterada emisora Radio Reloj, en donde, dicho sea de paso, también suenan canciones recientes como La camisa negra, de Juanes, un mito más actual.
 
DIEGO GUERRERO
Redactor de EL TIEMPO
MEDELLÍN