Una vida de sexo, golpes y violencia

Se hizo famoso gracias al boxeo. Y gracias al boxeo se relacionó con las mujeres más deseadas del mundo. Una vida plagada de excesos

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(NA).- Carlos Monzón fue protagonista de una vida intensa que mezcló con el mismo nivel de adrenalina la leyenda deportiva, romances trascendentes y la violencia en su vida privada, íconos de una existencia moldeada golpe a golpe.

Uno de los mejores boxeadores argentinos de todos los tiempos explotó un don natural que lo llevó sin escalas desde la pobreza más extrema a la cima de la gloria, para luego caer en el infierno más temido.

Su vida, que tuvo en su etapa de esplendor la atención de millones de admiradores en el mundo, fue también un dolor anunciado que mostró su página de horror cuando asesinó a su segunda mujer, Alicia Muñiz, en el verano de 1988.

En el camino quedó la subyugación que generó con su campaña deportiva, en la que defendió el título mundial con éxito en 14 ocasiones, y la construcción de un personaje de 'macho argentino' que sedujo a hombres y mujeres en todo el mundo.

El halo de invencible que construyó en esos años de hazañas repetidas se graficó en la imagen del gladiador frío y calculador que sabía cuándo dar el mazazo mortal que le permitiera derrotar a los demonios que buscaban arrebatarle sus sueños de fama.

Esa esfinge moldeada de puños y fiereza no podía ser ajeno a los dueños del 'circo' que buscaron explotar su rasgo más notorio: la bestia que se gana la vida con la potencia de los puños.

Como en un sueño "fellinesco", el 'negro' conquistó a las mujeres más bellas.

Abandonó a la madre de sus hijos y sedujo a su compañera en la película "La Mary", Susana Giménez, para iniciar una de las historias de amor más mediáticas del mundo del espectáculo.

Su fama no era de cabotaje y Europa se rindió a su pies, lo mismo que algunas figuras como Alain Delon, Jean Paul Belmondo, Julio Cortázar y actrices de la talla de Ursula Andrews y Laura Antonelli.

Además de los festejos deportivos en las noches del Lido de París saltó a protagonizar películas para el olvido que no hacían otra cosa que aumentar su fama y su billetera.

Hay miles de anécdotas que trascienden los tiempos y lo tienen como protagonista excluyente, que lo erigen en mito: noches interminables de hoteles, fiestas y alcobas compartidas; de champagna, cigarrillo, y la nariz puesta en algún sitio indebido; de mujeres y hombres famosos que fueron víctimas de su seducción, por la fuerza de los puños o su traje de 'supermacho'.

Historias desveladas que luego destaparon su perfil más cuestionable, cuando tras su retiro se convirtió irremediablemente en un volcán muerto, sin defensa ante el rival más peligroso: él mismo.

Tarde o temprano el fuego que bullía en su interior tenía que hacer despertar a la montaña dormida y ese instante se coronó con la tragedia y su peor cara, la muerte.

Fue el tiempo de la caída libre al infierno y el momento para que los perseguidores se frotaran las manos y destrozaran sin piedad al ídolo, que pagó su culpa y murió cuando estaba dispuesto a pedirle otra oportunidad a la vida, quizás la más preciada, la de una vejez sin problemas.

Monzón murió como en una tragedia al mejor estilo de García Lorca, a las cinco de la tarde, y sintetizó en ese viaje final la matríz de sus 52 años de vida: "Golpe a golpe, lágrima a lágrima".