Julio Bocca, con alas y corbata roja

Ayer cerró, con la despedida de la italiana Alessandra Ferri de los escenarios argentinos, la primera de las tres series de funciones que el bailarín está presentando en el Teatro Opera

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Cuando una manifestación artística se nutre de una técnica prolija, cuidada y hasta perfecta, matizada con el carisma y la expresión casi intimista de los cuerpos, consigue conmover al espectador y transformarlo en vulnerable ante tanta belleza.

A este fin, llega el espectáculo que está ofreciendo Julio Bocca y su Ballet en el Teatro Opera. Hasta ayer, su compañera de escenario fue la italiana Alessandra Ferri, que ovacionada se despidió de los escenarios argentinos. Desde hoy será reemplazada por la otra mitad de Bocca, Eleonora Cassano.

En su estructura, el espectáculo supone una división en cuatro partes visualmente delimitadas por el vestuario, la escenografía y los aplausos.

Para la primera, ?Other Dances?, con un coreografía de Jerome Robbins y música de Federico Chopin, Alessandra Ferri y Julio Bocca despliegan sus alas como transportados por el piano inconfundible de Alberto Favero, que merece una ovación aparte.

Se cierra el telón, y llega ?Angeles sin alas?, quizá el instante más humano y crudo de la puesta, donde la coreógrafa Attila Eherhazi decidió transmitir y lo logró, la ingenuidad y la inocencia de la niñez, a veces no vivida, a través de los ojos de los pequeños que suplican atención desde una gigantografía perfecta.

De esta forma, la Compañía de Ballet se luce y agudiza las pulsaciones con la música de John Oswald, Z. Treisner, John Cage, Steve Reich y J.S.Bach.

La tercera escena no es sino el ?Manon Pas de Deux?, en la que Alessandra Ferri y Julio Bocca interpretan el Primer Acto de esta reconocida obra.

Ferri en su papel de Manón sorprende a su enamorado Julio Bocca, ahora Des Grieux, mientras este se concentra en escribirle una carta a su padre. La distracción provocada por la bella Manón termina en el primer acercamiento amoroso entre la pareja. Y la escena se vuelve alegre, feliz, confundiendo la memoria de quienes conocen el trágico final que le espera a la dama en cuestión.

Tras un intervalo que vale como respiro, llega la última parte que le da nombre al espectáculo ?El hombre de la corbata Roja?.

En ese capítulo merece una atención especial, la historia que extraída de un cuento original de Natalia Kohen y guionada por Elio Marchi y por la misma autora, abunda en detalles y también en sutilezas.

Para evitar terminar con la expectativa de aquellos que aún no vieron el espectáculo, alcanza con decir, que Julio Bocca personificando primero a un pintor, cumple con el mejor destino que ilusiona al artista plástico: el convertirse en su propia obra.

No es sino Cecilia Figaredo, la mujer que logra el cometido de darle movimiento al hombre que parece descansar inerte en un lienzo.

Para destacar, la brilante actuación de Jean Francois Casanovas en su rol de ?El Marchand?, que en su expresión y en sus movimientos, encarna en forma perfecta, el odio que este personaje merece.

Todo acompañado con Hernán Pinquin y la Compañía, interpretando a los hombres que también llevan corbata, aunque nunca será aquella roja que marcará el protagonismo de la historia.

Los bailarines danzan al son de la melodía de Lito Vitale, protegidos por la deslumbrante coreografía de Ana María Stekelman.

Danza, música, cuerpos y actuación con el sello inconfundible de Julio Bocca.

Claudina Menéndez
cmenendez@infobae.com