La pasión del Hombre Araña

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Obligado por mis hijos en un caso y por las circunstancias en otro, fui al cine a ver El Hombre Araña II y Fahrenheit 9/11. Disfrutar de las dos películas con pocas horas de diferencia me llevó a hacer una comparación en la que por ahora me van ganando las sorpresas: para la campaña de reelección de George Bush El Hombre Araña es mucho peor que Fahrenheit. La razón de temeraria afirmación es sencilla: el espectador va a ver al arácnido con la guardia baja. Uno nunca se va a imaginar que el protagonista va a sufrir más por las consecuencias de la recesión económica que afectó buena parte de la administración Bush que por las acechanzas de los malos de turno. El efecto sorpresa, en cambio, no aparece en el documental de Moore: se va al cine sabiendo que se verá la Pasión de Cristo, versión electoral 2004, con el protagónico principal a cargo de Bush. Como no hay sorpresas, es el hombre araña el que termina provocando.

Veamos: Peter Parker, el joven fotógrafo que habiendo sido atacado por un arácnido en un accidente se convierte en el Hombre Araña, en la versión dos de la zaga es antes que todo un mortal. No derrotado por los malos de siempre (monstruos de las profundidades o malhechores de turno) sino por la situación económica que atravesó el gobierno de George W. Bush. Parker, no logra conseguir un buen trabajo, lo echan del que tiene por llegar tarde al entregar una pizza (lo que confirma a favor de las empresas de delivery que ni El Hombre Araña cumple a tiempo), no tiene con qué pagar el alquiler de un cuarto de hotel y encima a su tía la desalojan por no poder afrontar la hipoteca. Para peor de males, cuando el pobre Parker trata de convencer al banco para que refinancie la hipoteca, no sólo se lo niegan, sino que en la siguiente escena debe defender a la institución bancaria del robo del malo de turno, el científico loco clásico de Hollywood con brazos metálicos que lo hacen invencible (hasta la última escena en la que se vuelve bueno).

¿Podía uno imaginarse que al Hombre Araña le iba a costar tanto vivir en el país de Bush? Definitivamente, no. Conclusión: si así le fue al Hombre Araña, cómo le habrá ido entonces al hombre común.

¿Y Moore? Si se va a ver el documental con espíritu republicano (difícil de encontrar en Buenos Aires, una de las ciudades del mundo con más sentimiento antibushista de América latina) es probable que uno se levante del cine en los primeros quince minutos. Si se va con espíritu demócrata panfletario, es probable que el trabajo de Moore le encante, lo aplauda y se quede esperando el día de las elecciones para festejar la victoria de John Kerry. Ahora, cuando se es argentino, ni republicano ni demócrata, y que además vivió en los Estados Unidos casi cuatro años, cuando sucedían los acontecimientos que relata Moore, como es mi caso, se produce una mezcla de aburrimiento, satisfacción ?porque los Estados Unidos toleran que uno de los propios se anime a cuestionar todo? y frustración. Porque Moore, humildemente lo digo, podría haber juzgado, flagelado, condenado y matado a Bush en una cruz mucho mejor.

Si Fahrenheit 9/11 se hubiera hecho en la Argentina es probable que hubiera pasado sin pena ni gloria. Es más: hay varias Fahrenheit, sobre todo de las épocas menemista y radical. El principal gancho de Moore es que se trata del primer cuestionador de verdades, en una sociedad, la norteamericana, donde hay determinados temas que no se discuten. En las últimas horas vimos cómo los familiares de las víctimas de la AMIA, saturados de la no justicia, reclaman respuestas. Perdón por la comparación: ¿alguien alguna vez vio una sola declaración de algún miembro de la familia Kennedy o del Partido Demócrata reclamando justicia o que se investiguen hasta las últimas consecuencias las muertes de John F. y Robert? No. Y no lo habrá, porque pertenecen al listado de temas que están ahí, no se tocan ni cuestionan ni discuten.

Moore parece más argentino, más latino, más francés (eternos cuestionadores de todo, especialmente de sus figuras públicas) que norteamericano. Inclusive, se da el lujo de ser impreciso, de sobrevalorar hechos menores y de obviar hechos trascendentales e históricos. No critico la calidad fílmica del documental por dos razones: no conozco de la materia y desde que se estreno la película vivo escuchando que se trata de un documental con gran valor histórico-político-electoral y escasa importancia cinematográfica.

Veamos los olvidos de Moore, que posiblemente le sirvan para Fahrenheit 9/11 II, de los que sí puedo hablar por lo que viví como periodista:
* En ningún momento menciona que desde que Bush es presidente se crearon menos puesto de trabajo de los requeridos. O dicho de otro modo: que subió en forma constante la desocupación en los Estados Unidos. En el mismo paquete se podría también decir que aumentó de manera dramática el déficit del Estado y que todo el superávit que logró Clinton se esfumó con las guerras en Afganistán e Irak.

* Increíblemente, se habla poco de la más grande falsedad de la invasión a Irak: la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein. Y de que esa falacia hizo que la mayor parte de los países importantes y normales del mundo no hayan decidido acompañar a los Estados Unidos en el operativo militar.

* Sobre el día de los atentados hay dos errores imperdonables. El primero es no haber utilizado la increíble contradicción que surge de los relatos que el propio Bush hizo de lo que sucedió en las primeras horas del día. Bush dijo que se enteró de lo que pasaba por su secretario privado (Andrew Card), pero después que le había impactado la imagen del choque del ?primer? avión sobre las Torres (lo que todos vimos por televisión fue el segundo choque a la segunda torre), contradicción no menor teniendo en cuenta que uno de los relatos implica que la Casa Blanca sabía algo de los atentados que todavía no reveló.

El segundo error es no reparar en el hecho de que Bush después del colegio en Florida desapareció hasta la noche, salvo una breve aparición televisiva grabada en una base militar en Carolina del Norte al mediodía. Por primera vez en dos centurias, los Estados Unidos tuvieron un presidente que no podía ocupar su residencia habitual, la Casa Blanca (el único antecedente en la materia fue en 1812, cuando los ingleses quemaron la entonces Casa Blanca, aunque en aquellos tiempos Washington DC no significaba el emblema que significa hoy).

Moore, como Mel Gibson, no quiso dejar pasar la oportunidad y él mismo en persona le clava las estacas a Bush antes de colgarlo de la cruz. Es posible que su documental le abra los ojos a muchos norteamericanos, varias de cuyas generaciones se enteraron de la dimensión del ataque japonés a Pearl Harbour por la última película del tema, o de la gran cantidad de nacionales muertos en los primeros días de la invasión a Europa del ?Día D? por Salvando al soldado Ryan (en particular los sucesos de Omaha Beach).

Pero no es tan probable que el documental sorprenda a los independientes, que van preparados a ver la película sabiendo que se van a encontrar con la Pasión de Bush.

En cambio, más los y nos sorprende confirmar que aun en los Estados Unidos el Hombre Araña es mortal y no llega a fin de mes.