La figura del padre cambió. El modelo que durante décadas asoció la paternidad con la provisión económica y la autoridad distante cede paso a una forma de involucramiento cotidiano —en el juego, la escucha, los cuidados, la gestión emocional— que los especialistas denominan paternidad activa y que una creciente base de evidencia vincula con beneficios concretos y medibles para los hijos, para las madres y para el propio padre.
La paternidad activa no se define por la cantidad de horas que el padre pasa en el hogar, sino por la calidad del contacto. Escuchar, jugar, acompañar rutinas, responder a señales emocionales y participar en decisiones cotidianas de crianza son las conductas que los investigadores identifican como centrales. La diferencia con la mera presencia física es sustantiva: un padre puede estar en casa y permanecer, en los hechos, ausente.
Jason Holcomb, terapeuta e investigador de la Universidad Estatal de Florida, sintetizó este cambio de paradigma: “La definición de un ‘buen padre’ se transformó de manera significativa en los últimos 25 años. Pasamos de ver la paternidad principalmente a través del prisma de la provisión económica o la disciplina, hacia una comprensión más amplia del padre como cuidador activo, coprogenitor y soporte emocional dentro del sistema familiar”.
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El vínculo afectivo y sus efectos en el desarrollo infantil
La evidencia sobre los efectos de la paternidad activa en el desarrollo de los hijos es consistente. Una revisión sistemática publicada en Infant and Child Development (2023) analizó 43 estudios sobre el rol de los padres en el desarrollo de la regulación emocional infantil. Los resultados mostraron que la sensibilidad paterna, el compromiso positivo y la calidad del vínculo afectivo se asocian de forma significativa con mayores habilidades de regulación emocional en los niños. Los efectos son especialmente pronunciados en la primera infancia y en la etapa de los primeros pasos.
Un informe de 2025 elaborado por investigadores de la Universidad de Virginia, la Institución Brookings, el American Enterprise Institute y otras cuatro instituciones académicas de Estados Unidos aportó datos adicionales sobre las consecuencias de la baja implicación paterna: los hijos con padres poco involucrados tienen 3,7 veces más probabilidad de ser diagnosticados con depresión y el doble de probabilidad de presentar problemas de comportamiento escolar.
El impacto en la salud física: un hallazgo reciente
Más allá de los resultados emocionales y conductuales, una investigación publicada en 2026 en la revista Health Psychology por un equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania encontró una conexión entre el comportamiento paterno temprano y la salud física de los hijos años después. El estudio siguió a 399 familias desde que los bebés tenían 10 meses hasta que los niños cumplieron 7 años.
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Los padres que mostraban menor sensibilidad y calidez en la primera infancia tendían a desarrollar dinámicas de crianza compartida más conflictivas, y los hijos de esas familias presentaban peores indicadores de salud cardiovascular y metabólica —inflamación y niveles de hemoglobina glucosilada— al llegar a la edad escolar.
“La dinámica familiar afecta el desarrollo y la salud mental, pero también la salud física, y esos efectos se despliegan a lo largo de años”, señaló Hannah Schreier, profesora de salud biocomportamental de Penn State y autora principal del estudio.
Menos carga mental, mejor clima familiar
La paternidad activa también redistribuye la carga mental del hogar —la gestión invisible de tareas, decisiones y necesidades cotidianas que históricamente recayó sobre las madres— y eso tiene efectos sobre el bienestar de toda la familia. Cuando el padre participa de forma genuina en la planificación y ejecución de las rutinas domésticas y de crianza, la madre reduce su nivel de sobrecarga y el clima del hogar se modifica.
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Patrick Ishizuka, profesor asistente de sociología de la Universidad Washington en St. Louis, encontró en un estudio de 2025 publicado en Social Science Research que los padres más involucrados en actividades intensivas de crianza reportan autoevaluaciones más positivas de su propio rol, lo que refuerza su compromiso con la paternidad.
Al mismo tiempo, señaló que los padres actuales no abandonaron las expectativas tradicionales de provisión económica: “Los padres no están simplemente pasando de un modelo de proveedor a uno de cuidador. Más bien, parecen medirse contra los dos estándares a la vez”, explicó.
A nivel de política pública, un reporte de la OCDE de octubre de 2025 sobre licencias paternas remuneradas relevó que 35 de los 38 países miembros ofrecen algún tipo de licencia paga para padres, con un promedio de 12,7 semanas. El organismo identificó que los padres que toman licencias más extensas tienen mayor probabilidad de involucrarse de forma activa en el cuidado infantil a largo plazo, y señaló que las políticas laborales inciden de manera directa en los patrones de crianza.
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