Cuando callar duele: cómo hablar de lo que sentimos sin romper los vínculos

Especialistas explican a Infobae por qué expresar emociones difíciles resulta clave para la salud emocional y comparten estrategias para hacerlo sin sumar conflictos

Expresar lo que se siente puede evitar daños emocionales internos (Freepik)

“Si no canto lo que siento me voy a morir por dentro”. Hay días en los que esas palabras de Luis Alberto Spinetta en “Barro tal vez” resuenan con fuerza, como si describieran exactamente lo que ocurre cuando una emoción queda “atascada” en la garganta. Guardar lo que duele y callar lo que incomoda termina pesando en el cuerpo y en el ánimo. A veces, el miedo a una discusión o a ser malinterpretados lleva a silenciar lo que más importa. Otras veces, la vergüenza o la costumbre hacen que las emociones difíciles se acumulen, transformando el silencio en un nudo que aprieta el pecho y enturbia los vínculos.

Hablar de lo que duele, de lo que enoja y de lo que asusta no es sencillo. Muchas personas experimentan ese dilema en la vida cotidiana: querer decir lo que sienten, pero temer que la conversación termine en pelea, reproches o distancias. El desafío está en encontrar el modo de poner en palabras lo que pasa adentro sin herir ni herirse. Porque, como dice la canción, cuando lo que sentimos no encuentra su voz, algo dentro nuestro empieza a apagarse.

Callar emociones incómodas puede afectar tanto el cuerpo como el ánimo (Freepik)

El primer paso: entender lo que sentimos

Identificar una emoción incómoda a veces no es sencillo. Puede ser enojo, tristeza, celos o una mezcla de todo. La doctora María Fernanda Rivas, especialista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), explicó a Infobae que las emociones “tienen su origen en la mente y se activan en la relación con el entorno y el propio cuerpo”.

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En ocasiones, lo que parece enojo es miedo a perder algo importante y lo que se siente como tristeza es frustración ante algo que no salió como se esperaba. Por eso, ponerle nombre a lo que pasa ayuda a no confundir el mensaje que queremos transmitir.

Charo Maroño, integrante del Departamento de Niños y Adolescentes de la APA, sugiere que, antes de hablar, conviene buscar un momento de calma. “Hay que tomarse unos minutos, respirar profundo y tranquilizarse”, recomienda. El cuerpo necesita ese respiro para que las emociones intensas no dicten cada palabra. “A veces afectan nuestro juicio y nos ponen a la defensiva”, advierte Maroño.

El miedo a discusiones o a ser incomprendidos suele conducir al silencio (Freepik)

Elegir el momento adecuado: el lenguaje que no ataca

Buscar el instante oportuno puede ser tan importante como el mensaje. Hablar de emociones en medio de una discusión rara vez lleva a buen puerto. Por eso, los especialistas coinciden en que conviene esperar a que ambos estén receptivos.

“Para evitar discusiones hay que encontrar momentos de calma y de receptividad por parte del otro”, aconsejó Maroño. La diferencia entre una conversación constructiva y una pelea puede depender de esperar unos minutos, salir a caminar o dejar que la música suave ayude a que el cuerpo baje la guardia.

Una vez que llega el momento, el modo en que se dicen las cosas marca la diferencia. La clave está en usar un lenguaje personal y respetuoso. Hablar desde el “yo” y no desde el “vos”: en vez de acusar, compartir. Evitar frases como “vos siempre” o “nunca me escuchás”, y en su lugar, describir lo que uno siente sin generalizar. “Hay que hablar en primera persona desde la experiencia personal y lo que uno siente. Evitar generalizaciones”, aconseja Maroño.

Hablar de lo que duele o asusta representa un desafío cotidiano para muchas personas - crédito Freepik

Francisco Guerrini, médico psicoanalista y psiquiatra de la APA, agregó que “lo emocional tiende a imponerse así que primero hay que tratar de evitar hablar cuando predomina el enojo”. En ese sentido, sugiere posponer la respuesta, darse tiempo, y luego retomar el tema con la cabeza más clara.

Escuchar y reconocer

Las emociones no se resuelven en monólogos. Escuchar es tan importante como hablar. A veces, la otra persona necesita tiempo para asimilar lo que se le dice. No caer en el contraataque ni en el reproche, tampoco responder desde la herida propia. Se debe escuchar, pensar y, si hace falta, pedir disculpas sinceras. La validación no significa estar de acuerdo, sino mostrar que el otro fue comprendido. “Hay que reconocer si uno está equivocado. Si es necesario también pedir una disculpa sincera”, indica Maroño.

Cuando el otro siente que puede hablar sin ser juzgado, la conversación cambia de tono. El miedo a ser criticado o excluido se reduce, y la vergüenza pierde fuerza.

Ponerle nombre a lo que uno siente ayuda a evitar confusiones y malentendidos (Freepik)

No todas las emociones pueden ni deben decirse siempre. Hay situaciones en las que el entorno no ofrece seguridad para hablar con honestidad, especialmente si se teme una reacción violenta o una respuesta que profundice el conflicto. En esos casos, los especialistas recomiendan buscar apoyo en otros espacios, como una terapia, donde sea posible expresar lo que se siente sin poner en riesgo el vínculo o la propia integridad emocional.

“Comunicar ciertas emociones puede abrir el camino a una acción de reparación que puede resultar aliviadora”, concluyó Rivas. Pero cada situación es única y requiere una evaluación atenta.

Hablar de emociones difíciles puede dar miedo, pero también libera. Cada palabra dicha, cada silencio respetado, abre un espacio nuevo en las relaciones. El desafío está en encontrar la manera, el momento y el lenguaje para lograrlo sin herir ni pelear. El resto lo irá completando cada uno desde su propia experiencia.

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