Por Luis Corbacho* para El Planeta Urbano – Fotos Gabriel Machado
Es difícil encontrar personajes como Carla, que desde su primer protagónico en Lalola no dejó de encabezar éxito tras éxito, siempre en tono correcto y manteniendo un delicado equilibrio entre drama y comedia, entre su belleza angelical y un compromiso –actualmente la causa feminista- que nunca la corren de eje. "Soy justiciera. Voy por la calle como policía diciéndole a la gente que corra el auto si está en una rampa para discapacitados, siempre fui así", reconoce. "También soy frontal. En vez de largarme a llorar, me peleo, aunque no me da para pelearme mucho a esta altura".
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–¿Sos muy crítica cuando te ves?
–Sí, pero me gusto. Trato de ver lo bueno, si no me vuelvo loca. Igual, cuando hay algo que no me gusta lo comento, lo digo en el piso como para que no me lo dejen hacer más. Pero soy muy positiva, no puedo trabajar para abajo, no me saldría.
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–¿Padecés el ocio forzado de los actores?
–No, a mí me gusta el tiempo en el que no actúo. Sí me preocupa no encontrar proyectos que me atraigan. Que nunca más me propongan nada que me encante.
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–¿Cómo te llevas con tus colegas?
–Yo de todas las actrices con las que trabajo me llevo algo. Todo lo que pasa con ellas me devuelve cosas interesantes como actriz, como persona, como chica tonta de Palermo, como intelectual del teatro independiente. Juego a cada rato con ellas, desde pasarte una receta de cocina, preocuparse porque no sale una escena, hablar de un nuevo laburo, contarnos cosas dolorosas, ayudarnos.
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–Tu profesión siempre te mantiene expuesta, ¿cómo te cuidás la piel?
–Siempre me tomo el tiempo necesario para pasar por el consultorio de mi dermatóloga. Me hago mesolifting francés y probé Clarity, una nueva tecnología que te mejora la calidad de la piel. Mi rutina de cuidado es limpiarme la cara todas las noches y ponerme crema todos los días. Por más que esté cansada, hay que hacerlo.
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La fama la persigue desde que comenzó a actuar en Montaña Rusa, hace unos 25 años. "Yo quería ser reconocida, pero cuando creció la cantidad de celulares, internet, las redes… todo me empezó a impresionar. A veces salgo con mi hijo, paro un taxi y viene alguien y me saca una foto y la sube a Twitter. Si estoy sola me pone de malhumor y me la banco, pero cuando estoy con mi hijo y me roban una foto me da mucha bronca", reconoce.

Casada hace siete años con Martín Lousteau, recuerda que los inicios de la relación no fueron muy auspiciosos. "Lo primero que pensé cuando me lo presentaron fue que no iba a funcionar. Ninguno de los dos estaba súper enganchado, nos veíamos más como amigos. Yo no quería exponerme a una relación con alguien tan público, con todo lo que eso implica. Cuando empecé a salir con él me dije: "Este señor en algún momento va a hacer política, y así fue".
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–¿Qué te gusta de su trabajo?
–Me gusta mucho, por ejemplo, cuando tengo una duda enorme sobre un tema en particular, se lo pregunto y su respuesta me tranquiliza. Además, él no tiene una cosa con el poder de la política, sino más con el poder de su pensamiento, y eso me gusta mucho. Que su poder esté en cómo él piensa, en cómo explica lo que piensa.
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–¿Cuál es su salida preferida?
–Nos gusta mucho salir a comer. Entramos a las guías de restaurantes, vemos las reseñas, los comentarios. Martín es medio obsesivo y encuentra lugares buenísimos. Eso me genera estrés y cuando yo traigo la recomendación me atajo y le aviso "mirá que no sé si va a estar tan bueno", porque yo soy más o menos, pero él no, él nunca la pifia.
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En 2013 y con 39 años de edad, Carla tuvo a su único hijo Gaspar. Tomando la maternidad con el humor y la ironía que la caracterizan, Carla recuerda el primer chat de mamis que le tocó vivir:
–Decía así: "Hola, me parece que es un buen momento para romper el hielo y decirles que la semana que viene es el Día del Maestro y habría que hacer bla bla". Y yo dije "Dios mío, una semana en el jardín y ya pasa esto". Yo me imaginaba que mandaba a Gaspar con una flor y un chocolate y me parecía re lindo, no que había que hablarlo, proponer regalos, debatir cantidad de plata. Casi me muero. Mandé la plata y pensé "Yo no puedo con esto". No es que me moleste, es que yo no soy así. No me largué a llorar el primer día que lo dejé en el jardín, por ejemplo. A mí me parecía bien que fuera un rato con amigos en lugar de estar todo el día encerrado en casa. Yo soy una madre grande. A veces pienso si llegaré a verlo casarse. Mirá si se casa a los 40. ¡Yo voy a tener 80! Me puse mucho más trágica desde que soy madre. No puedo pensar en las novias, es muy chico todavía, no puedo pensar más allá.

–¿Qué deseás para tu hijo?
–Que le guste estudiar, que no le guste ir a bailar, ¡que sea deportista! Martín no era de salir mucho, pero yo sí. Que no pida el auto prestado, ¡y que no me lo robe! Que no haga largas travesías en lo profundo de la noche como yo, que a las seis de la mañana estaba pe pe pe pe pe pe… Yo me cruzaba toda la Capital para ir a una fiesta, me da mucho miedo pensar en que haga lo que yo hacía. En definitiva, no quiero que haga lo que hice yo (sentencia, y se ríe solo como ella lo hace).
Fotos: Gabriel Machado para el Planeta Urbano
*Luis Corbacho es el editor jefe de la revista el Planeta Urbano.
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