La presencia de varias posibilidades y la necesidad y obligación de elegir un solo camino puede resultar dificultoso. Cuando la autoestima es baja, el estrés es constante o la aprobación de los seres queridos está en falta, la capacidad de tomar una decisión crucial se puede volver caótica.
Pero también el perfeccionismo es otra causa letal que tiende a pensar qué opción llevará al resultado perfecto y cuál será la que evite los errores. A veces son decisiones poco importantes, como saber qué se va a desayunar o qué película ver con la familia por la noche. Pero hay otras que sin dudas cambian la vida de los seres humanos: casarse, tener hijos, divorciarse, someterse a una operación para mejorar la salud, renunciar al trabajo, entre otras cuestiones.
Tomar una decisión significa elegir una opción que va a provocar ciertas consecuencias, descartando todas las demás posibilidades. No es llamativo ver que una persona, en un momento de crisis e incertidumbre, aumente su incapacidad para encarar una situación que incluya emociones, sentimientos o el miedo a equivocarse y que todo salga mal.
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Cuando las decisiones pueden afrontarse en forma relajada y la carga emotiva es baja, la posibilidad de tomarse el tiempo necesario para elegir sin estar preocupado favorece a la elección correcta. Un amor en el colegio, el mejor vestido para ir a una fiesta o qué comer en un restaurante son parte de las elecciones que cualquier persona debió afrontar alguna vez en su vida.