Hace unos años, elegir una película para ver en casa podía convertirse en toda una aventura. Había que entrar al videoclub, caminar entre estanterías repletas de cajas de VHS, detenerse frente a las tapas, leer las contratapas, pedir alguna recomendación y, muchas veces, dejarse conquistar por esas pocas palabras que allí aparecían.
Después llegaba el momento de llevar la película a casa, colocarla en la videocasetera y esperar el comienzo de la función. Pero antes de que aparecieran los actores y arrancara la historia, millones de argentinos reconocían una imagen que se convirtió en parte de aquel ritual: el logo de Gativideo irrumpía en la pantalla acompañado por una música épica, como si anunciara que algo importante estaba por suceder.
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La empresa, una de las grandes protagonistas de la expansión del VHS en el país, quedó asociada para siempre con aquella forma de consumir cine y también con una serie de títulos que terminaron adquiriendo vida propia. Detrás de muchas de esas decisiones estuvo Luis Scalella, integrante de una familia históricamente vinculada a la industria cinematográfica y responsable de bautizar para el público argentino —y, en algunos casos, para buena parte de América Latina— películas cuyos nombres terminaron convirtiéndose en clásicos: Mi pobre angelito, Duro de matar, Papá por siempre y Perros de la calle.
El empresario, en charla con News Dgitales, lo explicó con una frase que resume perfectamente aquella lógica: “El título de una película es muy importante. Porque la gente va, se pone en un complejo, en la boletería, mira para adelante y resulta que la película tiene que ser atractiva por el título, ¿me entendés?”. En ese mundo, entonces, traducir literalmente no siempre era la mejor opción. A veces, incluso, podía ser un verdadero desastre comercial.
Uno de los ejemplos más conocidos es el de Reservoir Dogs, la película de Quentin Tarantino estrenada en 1992. La traducción literal del título podía conducir a una expresión extraña y poco atractiva para el espectador argentino. Scalella lo recordó con humor: “Que era de la cloaca, no se podía llamar así”. Entonces tomó una decisión que parecía sencilla, pero que terminaría teniendo una vida propia: “Le puse los Perros de la calle”.
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No se trató de una traducción palabra por palabra. Fue una adaptación. Una búsqueda de sentido. Una manera de conservar la idea de esos perros fuera de cualquier lugar establecido y, al mismo tiempo, construir un título que sonara natural para el público argentino. “No podía ponerle Los perros de la cloaca porque quién lo iba a ver”, contó entre risas.
El tiempo terminó dándole la razón. Perros de la calle no solo quedó instalado como el nombre con el que varias generaciones conocieron la película en la Argentina: también terminó convirtiéndose en una expresión reconocible por fuera del universo cinematográfico. “Los perros de la calle quedó”, recordó Scalella, entre risas, cuando el periodista le señaló que incluso había un programa de radio con ese nombre.
La historia detrás de Papá por siempre es todavía más sorprendente. La película protagonizada por Robin Williams llegó a los cines bajo el título original Mrs. Doubtfire, un nombre que remite directamente al personaje que interpreta el actor, pero que no explica por sí mismo el argumento al espectador que todavía no conoce la historia. En algunos mercados se optó por conservar o adaptar el apellido del personaje; en otros, se buscaron alternativas. En Argentina apareció un título que terminó adquiriendo una identidad propia: Papá por siempre.
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Hay algo fascinante en ese racconto, porque revela que detrás de algunos de los títulos más recordados por el público no hubo necesariamente una fórmula matemática ni un manual de traducción. Hubo intuición. Hubo observación. Hubo una lectura de cómo podía recibir una historia el espectador argentino. Y, en ocasiones, simplemente apareció una asociación inesperada que terminó funcionando mucho mejor de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Pero si existe un caso capaz de demostrar hasta qué punto un título puede modificar para siempre la identidad con la que una película queda instalada en la memoria colectiva, ese es Mi pobre angelito.
La película de Chris Columbus, protagonizada por Macaulay Culkin, llevaba originalmente el título Home Alone, una expresión que podría traducirse de manera directa como “Solo en casa”. Y precisamente así fue conocida en España. Sin embargo, en buena parte de América Latina apareció con otro nombre: Mi pobre angelito. Un título que no traduce literalmente el original y que, sin embargo, consiguió capturar de inmediato la esencia del personaje.
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La explicación de Scalella tiene algo de anécdota familiar y algo de esas casualidades que terminan transformándose en historia: “Yo veía la película y veía al chico rubiecito, como mi hijo, que era igual cuando era chico. Y así rubiecito y hacía todas las cagadas que te puedas imaginar”, relató entre risas.
La comparación con su hijo no quedó solamente en el parecido físico: “Y entonces yo me acuerdo de mi abuela, que venía a mi casa un montón porque vivía al lado, siempre estaba”.
La escena familiar quedó grabada en su memoria. Mientras él miraba al pequeño Kevin McCallister meterse en problemas, pensaba en su hijo y en vivencias pasadas: “Lo voy a matar a este, lo voy a matar, le voy a dar tanta patada en el culo”. Y ahí aparecía la voz de su abuela para defender al niño: “No, no, no, mi pobre angelito”.
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La frase quedó resonando. “Y entonces me quedó lo de mi pobre angelito y digo: ‘Este, que es un guachito, le voy a poner Mi pobre angelito’”, contó.
Así, una expresión doméstica, una frase de abuela y un recuerdo familiar terminaron convertidos en uno de los títulos cinematográficos más reconocibles de América Latina.
La particularidad de aquella historia adquiere todavía más fuerza cuando se observa qué ocurrió en otros países. “Creo que incluso en España se llama Solo en casa también”, señaló Scalella. Y allí aparece la diferencia: para un espectador español, Solo en casa describe la situación; para un espectador latinoamericano, Mi pobre angelito construye una relación afectiva con el protagonista.
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Y si ese filme nació de una asociación afectiva, Duro de matar surgió de una observación mucho más directa: Bruce Willis recibía golpes, disparos y todo tipo de agresiones, pero seguía de pie.
El título original, Die Hard, tampoco ofrecía una traducción sencilla. Scalella explicó que La jungla de cristal, utilizado en España, le parecía completamente inadecuado. “Duro de matar me parecía que, bueno... Die Hard si bien es una cosa parecida, no es exactamente la misma”, explicó. “Y a este como le tiraban, le tiraban y no se moría nunca, digo: ‘Vamos con Duro de matar’”.
Detrás de esas decisiones había, además, una circunstancia empresarial que Scalella considera determinante: la confianza que había conseguido construir con un supervisor. “Lo que pasa es que yo tuve la suerte que esta persona, que era el supervisor, me apreciaba mucho y como nos fue bien... No me discutía nada. Todo lo que yo proponía lo aceptaba”.
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Esa confianza tuvo una consecuencia inesperada: las decisiones tomadas en la Argentina podían terminar extendiéndose a otros mercados de América Latina. “Y después los demás países tenían que poner el mismo título”, recordó Scalella entre risas.
De esa manera, un hombre que estaba pensando en cómo nombrar una película para el público argentino terminó, casi sin proponérselo, participando en la construcción de una parte del vocabulario cinematográfico de toda una región.
Tal vez allí esté la verdadera dimensión de aquellas decisiones de Scalella. No se trataba solamente de encontrar una traducción posible. Se trataba de encontrar el nombre con el que una película pudiera ser recordada.
Y en una época en la que el cine llegaba a los hogares dentro de una caja de VHS, después de haber pasado por las manos del empleado del videoclub, de haber sido elegida entre decenas de títulos y de haber comenzado con aquella inolvidable presentación de Gativideo, esos nombres adquirieron una importancia todavía mayor.
Porque el espectador no elegía solamente una película: elegía una historia a partir de las pocas palabras que tenía delante. Y algunas de esas palabras terminaron quedándose para siempre.
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