Convertirse en madre casi a los cincuenta años no fue una decisión casual para María Fernanda Callejón, sino la culminación de una búsqueda que atravesó décadas, pérdidas y mandatos. “Casi la mitad de mi vida busqué ser mamá. Fue un deseo genuino. Pasé por muchas etapas. Perdí tres embarazos”, contó en Infobae al mediodía, poniendo en palabras el peso del recorrido.
Su historia, marcada por la perseverancia y el deseo, expuso tanto los obstáculos biológicos como los sociales y culturales que enfrenta una mujer cuando desafía los tiempos habituales de la maternidad, en una charla con el stream de Infobae en vivo.
El punto de partida de Callejón no fue la postergación por motivos profesionales, sino una búsqueda persistente. “No es que busqué la maternidad porque elegí primero priorizar mi carrera, por así decirlo. Lo mío fue un camino de búsqueda”. El primer embarazo perdido llegó a los dieciocho años, y la pregunta sobre si alguna vez lograría ser madre se volvió un hilo conductor de su vida adulta. Durante años, atravesó distintos tratamientos y vivió el duelo de cada pérdida, sin resignar el deseo profundo de tener un hijo propio.
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La fertilización asistida fue, finalmente, la vía que le permitió ser madre: “Es el sistema por donde yo fui y pude procrear… fue en una fundación al que muchísimas mujeres acuden y muchísimas mujeres hasta el día de hoy me preguntan, siendo que pasaron once años”. El proceso incluyó la congelación de óvulos ya pasada la barrera de los treinta y ocho o cuarenta años, cinco tratamientos y el traslado de óvulos entre instituciones. “Porque también ese camino es muy difícil y es muy frustrante y hay una mirada sobre la mujer que es tremenda, el prejuicio”, relató, dejando en claro que el éxito no fue inmediato ni sencillo.
La vida de Callejón estuvo marcada por la referencia constante de su madre: “Yo siempre decía que quería ser actriz como mi mamá, porque era actriz de radioteatro”, rememoró, atribuyendo a ese modelo no solo la vocación artística, sino también un ideal de maternidad.
El mandato de la maternidad, sin embargo, no solo llegó desde la familia: “También el mandato social, el ‘¿y para cuándo?’… El reloj biológico”. La presión social se sumó a las propias expectativas y deseos, generando una tensión permanente entre la búsqueda genuina y la mirada ajena.
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“Yo con la cosa del edadismo no me llevo muy bien. Porque me parece que la edad es absolutamente cronológica, más allá de los datos y estadísticas que, claramente, marcan una tendencia, ¿no? La bajada de la natalidad”, reflexionó. “Cuando entrábamos y decíamos la edad en un consultorio, ya el médico te miraba con una cara como diciendo: ‘No, olvidate’. Y era muy duro, muy doloroso, realmente. Muy doloroso porque, porque yo en ese entonces ya había congelado óvulos”, siguió.
A la violencia médica se sumó la presión social, esa pregunta constante de cuándo llegará el momento de ser madre. “Cuando vos querés ser mamá y no lo lográs, sobre todo yo que la he tenido contra todos los pronósticos… Primero no era legal la fertilización asistida. Cuando yo pensaba o me preguntaba, bueno, ¿será que no tengo que ser mamá? Por otro lado, luchaba con estas cuestiones de la mirada ajena y de la mirada social de decir: ‘Che, se te pasa, se te pasa’”.
La frustración y el dolor, muchas veces, llegaron amplificados por la actitud de otras mujeres: “Hay un montón de gente y de mujeres también, porque vos sabés que las primeras en criticarte son mujeres. Eso sí a veces me preocupa en el sentido de que estoy criando una hija mujer”.
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Después de una búsqueda de casi tres décadas, Callejón fue madre de Giovanna, una niña de la generación alfa. La experiencia de criar en la madurez la llevó a repensar su propio rol, enfrentando desafíos distintos y descubriendo otros beneficios. “Hoy hay tantas familias de tantas maneras. La monoparentalidad, por ejemplo… Cuando me despojé de todos los mandatos, fue cuando pude entender que nunca hay que bajar los brazos si el deseo es genuino”.
El vínculo con su hija también se enlaza a la tradición familiar del arte: “Tuvo su primera experiencia el año pasado con Papá por siempre, en un musical. La acompañé mucho en ese sueño”. Para Callejón, ver a Giovanna sobre el escenario es una forma de continuidad y de redención: “La continuidad artística entre abuela, madre e hija se convierte en un hilo conductor del relato familiar”.
Ser madre después de los cuarenta y cinco años supuso para Callejón romper estructuras y desafiar expectativas. “El beneficio de derribar paradigmas, romper con estructuras que ya no sirven, porque entonces no acompañaríamos a estos chicos”. La maternidad en la madurez le trajo una “inyección de vida”, una vitalidad renovada y una percepción diferente de la responsabilidad de criar. “Para mi hija yo no soy vieja, como dice la gente. Para ella soy forever young”.
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El aprendizaje, sin embargo, es mutuo. “Para mí también es un desafío, porque tengo que estar a la altura de la generación digital. Y a veces me pierdo, pero trato de acompañarla, de estar a su lado.” El miedo a la muerte, reconoce, es parte de la nueva etapa: “Cuando sos mamá le tenés miedo a todo. Y sí, la muerte empieza a pesar, cuando la ves crecer y decís: ‘Sí, yo le pido a Dios todos los días de mi vida que me dé vida para ver a mi hija por lo menos formada y con herramientas para transcurrir su vida, su propia vida’. Así que ya le dije a Giovanna que yo hasta los cien no paro”.
La experiencia de María Fernanda Callejón, tejida de memorias, mandatos, resistencia y amor, muestra que la maternidad tardía no es solo una cuestión biológica ni una anomalía estadística: es también una construcción identitaria que desafía el paso del tiempo y se reinventa con cada generación.
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