En el pulso íntimo de la música popular argentina, donde cada canción parece guardar una historia que se transmite de generación en generación, hay nombres que no solo construyeron un repertorio, sino también una forma de sentir. Allí, en ese territorio donde la emoción es memoria viva, aparece el Paz Martínez, un artista atravesado por tres fuerzas que lo definen: la familia, la vocación y el recuerdo.
El próximo 1 de mayo, cuando vuelva a subirse al escenario del teatro Ópera, no será simplemente un show. Será, en esencia, un regreso a todo aquello que lo trajo hasta aquí.
Porque antes del aplauso, antes de los discos de oro, antes incluso de tener un nombre artístico, hubo un niño en San Miguel de Tucumán que empezaba a construir, sin saberlo, su propia identidad. Nacido en 1948 como Norberto Alfredo Gurvich, “a los seis años, seis años y medio, mis viejos se vinieron para Buenos Aires…”, recordó, como si esa mudanza hubiera sido el primer gran quiebre de su historia. Y lo fue.
De Tucumán le quedaron imágenes sueltas, casi como fotografías gastadas: la plaza frente a los tribunales, las caminatas con su padre para escuchar la banda municipal, el sonido lejano de la música que ya empezaba a marcarle el pulso. Pero, sobre todo, le quedó una sensación. Una certeza emocional que se activa cada vez que regresa: “Bajo del avión, piso y me siento como armonizado… es como si fuera mi lugar”.
Después llegó Buenos Aires, con su ritmo, su vértigo y también con sus carencias. Primero el Barrio Justicialista, luego Ezeiza, en una Villa Guillermina que por entonces era puro campo. “Campo, campo, cielo, campo”, repite, como si todavía pudiera ver ese horizonte infinito donde creció.
Allí aprendió lo esencial. Aprendió que la falta de cosas no siempre es falta de amor. Que una heladera vacía no duele tanto cuando hay una madre capaz de inventar milagros cotidianos. Fortunata, su madre, fue ese pilar silencioso. “Hacía lo imposible para que no nos demos cuenta”, dice. Y en esa frase cabe todo: la dignidad, el esfuerzo, la ternura.
“Pero sí me molestaba cuando, por ejemplo, me llamaban para jugar a la pelota y mi mamá no quería que vaya porque tenía un solo par de zapatillas. Y esas zapatillas eran para salir a pasear. Entonces, yo le decía que juego en patas. Y ella, que era orgullosa, tremenda, me decía: ‘Jamás un hijo mío va a jugar en patas’. Pero no me dejaba jugar de ninguna manera”, rememoró
Ella también fue la primera artista que conoció. Cantaba tangos con una precisión que lo deslumbraba. “Mi madre cantaba mejor que una profesional… afinaba nota por nota”, recuerda. Y no exagera: en su memoria, esa voz sigue siendo perfecta. Modista, cocinera, pintora, cantante. Todo eso era Fortunata, la mujer que pedía ser llamada Fortuna. Todo eso, de algún modo, también sería él.
“Recuerdo que una vez, cuando yo ya era músico, le pregunté: ‘¿Y por qué nunca te dedicaste a cantar?’. Y mi vieja me dijo: ‘No, me ofrecieron muchas veces, pero las artistas eran mujeres de la vida’”.
Por eso, cuando llegó el momento de elegir un nombre artístico, no dudó. “Se llamaba Fortunata Martínez Paz. Entonces, cuando yo había recorrido un largo camino con la música, me ofrecieron grabar como solista. Se me ocurrió llevar los apellidos de mi mamá y ahí aparece Paz Martínez”. No es solo un seudónimo: es un homenaje. Es la manera que encontró de llevarla consigo para siempre.
Del otro lado estaba David, su padre. Hijo de inmigrantes rusos, atravesado por historias de guerra y exilio: “Mi papá era hijo de rusos. Mis abuelos paternos vinieron escapados de la Primera Guerra Mundial. No los conocí. Tampoco los conocí a los españoles, a los Martínez. Sé que mis abuelos paternos escaparon por las Islas Británicas y sé que mi abuelo estuvo preso en Siberia con algunas anécdotas muy interesantes. Eso es lo único que sé. De los españoles no sé nada, porque mi vieja nunca quiso hablar de su familia, de su padre, su madre, nada”.
Su padre fue quien le enseñó el valor del trabajo. El esfuerzo sin pausa. La rutina que empieza antes del amanecer: “Se levantaba a las 4:20 de la mañana para ir a trabajar a Béccar. Hacía una excursión de tren, colectivo, subte para ir a laburar. Ese laburaba. Por eso yo digo que me siento un elegido”. Y fue también quien, sin saberlo, le cambió la vida para siempre. A los 14 años, le regaló su primera guitarra.
Pero antes de ese momento hubo otra escena, casi invisible, que dice mucho más: un chico que no podía tener un instrumento y que, sin embargo, lo inventaba.
“Me encantaba la música, cantaba para todos mis amigos y soñaba con tocar el piano. Pero ¿piano? ¿Qué piano? Era imposible. Siempre me acuerdo de lo que me dijo una vez Javier Martínez, de Manal: ‘Te regalaron el piano de los pobres’. Y sí, porque lo que yo quería no se podía, pero las ganas estaban”, destacaría.
Fue entonces cuando, ya en el secundario, sus compañeras disfrutaban escuchándolo cantar, y mientras cierra sus ojos, su mente se dispara: “Un día, una de ellas llevó una revista Para Ti. En esa revista había dos páginas con enseñanza de guitarra: dos zambas, Alma de nogal y La atardecida. Estaba la letra y, debajo, los tonos”.
“Le pedí a las chicas que me prestaran la revista. El fin de semana, como no tenía guitarra, fui a la verdulería y le pedí al verdulero un cajón de manzana. De ahí saqué una tabla y le dibujé seis cuerdas con las divisiones de los trastes. Así practicaba las posiciones que veía en la revista. Mi viejo y mi vieja me vieron”, y así llegaría ese instante nunca antes imaginado.
Sus ojos se empañan de recuerdos: “Ha sido uno de los regalos más hermosos de mi vida. Ha sido uno de los regalos tremendos. Cuando abrí el estuche, la felpa roja, la guitarra nueva… dije: “¡Guau!”. Ese momento fue fundacional en mi vida”. El recuerdo sigue intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si ese instante siguiera latiendo en cada canción.
Desde entonces, nunca más se separaron. La música ya estaba ahí desde mucho antes. En su voz, en su oído, en su manera de mirar el mundo. A los cuatro años ya leía y escribía: “Mi padre era gráfico y tenía un diario en San Miguel de Tucumán. El olor a tinta y a papel nadie me lo saca del cerebro”.
Aunque, si no hubiera sido músico, lo tiene claro: “Hubiera sido médico… seguro”. Pero el destino ya estaba escrito en otro idioma. Uno hecho de melodías.
Porque para Paz Martínez, componer no es un acto técnico. Es un acto visual. “Necesito una imagen… una foto”, explicó. Sus canciones nacen así: como escenas que después se vuelven palabras y música. “Muchos cineastas con los que he hablado me dicen: ‘Tus canciones son todas imágenes’. Y si te ponés a pensar, es así. Entonces, yo veo una pareja en un rincón, están tomando un café, y yo me doy cuenta enseguida si hay trampa o no hay trampa. Esa foto la tengo acá y va a al cerebro, después a mi mano y ya está”,
Más de quinientas composiciones dan cuenta de ese universo. Y ninguna está completamente terminada. Porque siempre hay una palabra que puede cambiar. Una emoción que puede afinarse.
El reconocimiento por su parte, llegó, como suele pasar, de manera inesperada.
Sus inicios profesionales fueron como integrante del Trío San Javier, hasta que en el año 1982 decide emprender su carrera solista. Y sobre ello explicó: “La compañía me hizo competir en un concurso. Nunca me gustaron ni me gustan . Porque lo más probable es que el que tiene que ganar no gana. Yo fui con una canción que estaba seguro que ganaba. Y como corresponde, competí y perdí . Pero esa canción tomó vuelo propio. Una canción que la canté durante tanto tiempo que no la quiero cantar ahora, pero sin embargo, el público me la pide: se llama Qué par de pájaros. Estaba seguro de ganar y perdí. Sin embargo, después el público me dio discos de oro, de platino, de doble platino por esa canción. Y ahí nace Paz Martínez”.
Pero la historia, esa del hombre que se entera de que su mujer lo engaña con su amigo, nació de otra forma: “En realidad, yo venía con el auto por la 9 de Julio y en el Obelisco, al mediodía vi a una chica muy jovencita acostada en el pasto, dormida, y alrededor de ella un montón de cajitas de Tetra Brick. Y escribí mentalmente: ‘Si te quieres matar, hubieras elegido otra manera’ . Y resulta, cuando empiezo a escribir la canción esta, me llaman los de la compañía discográfica explicándome que tenía que competir. Entonces tomo esa idea y la cambio. Y el inicio quedó ‘Si me quieres matar, hubieras elegido otra manera. Una manera limpia y elegante. Al menos, algo que no cause pena”.
“Es que me acordé de Chico Novarro, que tenía un chiste muy lindo que él decía siempre: “Para escribir un tango o un bolero es fácil. Necesitás un hombre, una mujer y el marido”. Entonces, cambió el personaje de la historia.
Después llegó Amor pirata, para dejar en claro que su carrera no sería una más, y que ante los ojos del mundo comenzaba a vislumbrarse al gran compositor. Después “Qué ironía”, que popularizara Rodrigo, o muchos de los hits en la voz de Los Nocheros. Canciones que cruzaron generaciones. Que unieron abuelas, madres e hijas en una misma emoción. “Soy uno de los pocos artistas que logra eso”, dice. Y no suena a vanidad. Suena a constatación.
“‘Qué ironía’, en principio titulada ‘Con él, conmigo’, y Amor Pirata son dos de las tantas que hice con mi amigo Juanjo Novaira, a quien un día le dije ‘En todas las canciones que escribí con vos, nunca vos escribiste el estribillo. Bueno, pero él me decía: “Lo que yo te escribí adelante te disparó lo otro”. Y tiene razón. Él me daba letras, me decía: “Modificalas”. No había mucho que modificar, porque escribe muy bien. Pero venían sin estribillo las canciones, sin el gancho ese que necesita la canción, como ‘Nosotros somos un amor pirata’ o “Y mira qué ironía, querida’”.
Sus temas viajaron lejos. Fueron interpretados por artistas de todo el mundo. Incluso por voces impensadas. Y cada vez que eso sucede, vuelve a sentir lo mismo: que la canción ya no le pertenece.
El recuerdo se dispara, por ejemplo, a 1995: “Yo estaba en México y me dice un amigo, “¿vos sabés que llegó un trabajo de Madonna de baladas en inglés compuesta por ella y David Foster? Una de estas quiere grabarla en español por el mercado. ¿Querés hacer la letra en español?” Es la única canción que tiene grabada en español Madonna, Verás. En inglés es You’ll See. Lo que me llamó profundamente la atención es que pensé que como ella tenía ascendencia italiana, se podía manejar bien con el idioma latino, español, ¿no? No habla una sola palabra de español, lo cual demuestra la capacidad formidable que tiene como artista. He escrito versiones también para Paul Anka, para Quincy Jones, pero sigo con el perfil bajo porque, porque yo soy así. Me gusta”.
A lo largo de los años también aprendió a correrse de ciertos lugares. La política, por ejemplo: “No tengo nada que ver con los políticos. Sí con la política. Me encanta la política y me gusta la historia y me gusta debatir sobre política", admitió, sin rodeos. Prefiere las ideas a las ideologías. Prefiere la independencia. Prefiere, en definitiva, seguir siendo quien es.
“Desde que tengo uso de razón, por derecha y por izquierda, y por el centro y por adentro, siempre engañaron a la gente”, destacó.
En tiempos donde la industria de la música enfrenta transformaciones profundas, no esquiva el diagnóstico, pero tampoco se detiene en la queja. Habla desde la experiencia, desde una vida entera atravesada por la vocación, con la serenidad de quien ya transitó todos los caminos posibles.
“Los artistas sabemos que el camino no es fácil. Nadie nos dijo que no iba a tener piedras, pero si tenemos voluntad, salimos adelante”, afirmó, sin énfasis impostado, como quien enuncia una verdad que no necesita ser subrayada.
Lejos de cualquier dependencia o condicionamiento, su recorrido se construyó desde la independencia. “Yo nunca necesité de ningún gobierno de turno para cantar”, agregó, con la firmeza de quien eligió siempre sostenerse en su propio oficio.
Y entonces vuelve a esa idea que atraviesa toda su historia: la música como una necesidad vital, más allá de cualquier escala o contexto. “Si yo no puedo cantar en un teatro grande y tengo ganas de cantar, voy a cantar en un bar. Si tengo ganas de cantar y no puedo hacerlo para tres mil quinientas personas, voy a cantar para setenta, para cien. Y no se me van a caer los anillos. Ya lo hice muchísimo tiempo a eso”.
No hay nostalgia en sus palabras, sino memoria. Una memoria que no romantiza, pero que tampoco olvida de dónde viene. Por eso, cuando define el presente, lo hace con la claridad de quien ya atravesó otras tormentas: “Entonces, sé que es una época difícil, pero yo estoy acostumbrado a las épocas difíciles”.
Y en esa frase, dicha casi en voz baja, se condensa algo más que un diagnóstico: se revela, intacta, la esencia de un artista que aprendió a resistir sin perder nunca la pasión por cantar.
Hoy, a sus 77 años, el tiempo no aparece como un límite, sino como una perspectiva. La familia sigue siendo el centro. Los hijos, los nietos: “Creo que es posible la eternidad a través de ellos”, reflexionó. Y en esa frase hay una síntesis de todo. De lo vivido, de lo aprendido, de lo amado.
Por eso, cuando el telón del teatro Ópera se levante este 1 de mayo, no será solo un recital. Será una historia que vuelve a contarse. La de un chico que soñó con un piano imposible. La de una madre que cantaba como los dioses. La de un padre que trabajaba antes de que saliera el sol. Y la de una guitarra que, aparecida en un estuche de felpa roja, fue el incio de todo.