El sol de la tarde cae sobre Punta del Este y la escena parece detenida en un instante de simple felicidad: Sofía Zámolo disfruta de una jornada de playa en familia, rodeada de juegos, risas y descanso. La postal la retrata junto a su esposo, José Félix Uriburu, y su hija, California, en un rincón repleto de vida donde la arena es el principal escenario y el mar, apenas fuera de cuadro, se adivina en el aire.
La playa bulle de actividad. Bajo una carpa clara, con la inscripción “LOOK”, la modelo, de sombrero tejano y bikini blanca, se recuesta en la arena, la piel dorada por el sol, la mirada atenta a su hija. Su sombrero, de ala ancha y tejido calado, la protege de los rayos, mientras unos lentes de sol redondos completan su estilo relajado. A su lado, su marido se entrega a la tarea más seria del día: construir castillos de arena. El torso desnudo, los shorts azul marino, los pies hundidos en la arena húmeda, el empresario mira a su hija con una sonrisa apenas contenida. ¿Hay algo que supere el placer de volver a jugar como un niño?
California, con su pequeño traje de baño celeste estampado y una gorra blanca, se mueve entre ambos. Sus manos exploran baldes, palas y moldes de colores. El cubo violeta y los moldes amarillos y rojos se reparten a su alrededor como tesoros de la infancia. La niña se agacha, escarba, apila y destruye castillos improvisados, mientras su madre la observa, a veces sentada, a veces inclinada hacia adelante, en un gesto de complicidad y ternura.
Alrededor, la multitud de turistas y familias conforma un mosaico de sombrillas a rayas, reposeras y toallas de colores. La densidad de gente es notable: cuerpos distendidos, conversaciones cruzadas, niños que corren, adultos que leen o descansan. Algunos vendedores ambulantes exhiben prendas en percheros detrás de las familias, lo que suma una pincelada de cotidianidad al cuadro. La vida sigue, pero el foco permanece aquí, donde el tiempo parece ralentizarse.
En una de las imágenes, Sofía sonríe ampliamente a la cámara, la mano alzando levemente el sombrero, como si saludara o agradeciera el instante. La arena se acumula en montículos, los castillos crecen, los juguetes invaden el espacio familiar. El mar no se ve, pero su rumor se adivina en la brisa, en el cabello suelto de Sofía, en la piel húmeda de California.
En otra toma, el padre se inclina hacia su hija, atento a cada movimiento. El contacto visual, casi imperceptible, lo dice todo. Sofía extiende una mano y toca ligeramente la arena completando la postal familiar.
El entorno no cede: sombrillas azules, blancas, rayadas; reposeras de metal y tela; bolsos playeros repletos de objetos; bebidas frescas y ropa colgada en percheros improvisados. Un fondo de turistas y locales se entremezcla, algunos sentados, otros de pie, todos disfrutando de la jornada. ¿Quién puede resistirse a este verano que acaba de comenzar?
Respecto de su presente, en une reciente charla con Infobae destacó: “Yo siento que estoy en una mejor versión de la que era hace veinte años atrás. Si conozco a alguien hoy, le digo: ‘Que bueno que no me conociste hace 20 años’. Pero porque también estaba en una etapa de transformación total, de encontrarme a mí, de descubrir un montón de cosas y cuando uno es más joven, es mucho más chispita en mil cosas. A partir de los 40, es otra cosa".
No hay poses forzadas, solo momentos robados a la rutina, piel al sol, risas compartidas y la certeza de que, por un día, el mundo puede ser tan sencillo como construir un castillo de arena junto a quienes uno ama.