En mayo de 2024, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) anunciaron un hallazgo: las ballenas cachalote poseen un alfabeto fonético propio. Después de analizar casi 9.000 grabaciones de vocalizaciones recogidas a lo largo de una década en el Caribe oriental, el equipo identificó 156 codas distintas (secuencias rítmicas de clics) y descubrió que se combinan siguiendo reglas similares a las que rigen los fonemas del lenguaje humano. El estudio, publicado en Nature Communications, marcó un avance en la bioacústica marina.
El hallazgo importa ahora porque se apoya en una década de grabaciones y en herramientas de aprendizaje automático que permitieron ir más allá de la fascinación estética para buscar significado. Ese impulso hoy converge en CETI, la mayor iniciativa interdisciplinaria de comunicación entre especies jamás emprendida.
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La era del descifrado comenzó en 1949, pero la IA lo cambió todo
El interés científico por las vocalizaciones de los cetáceos comenzó formalmente en 1949, con el primer registro sonoro conocido de una ballena. Décadas después, las grabaciones de ballenas jorobadas difundidas por National Geographic en los años setenta convirtieron el canto de las ballenas en sinónimo de misterio marino. Fue recién con el aprendizaje automático que la ciencia pudo ir más allá de la fascinación estética y empezar a buscar significado.
Hoy ese proceso tiene un nombre y una sede: el Proyecto CETI (Cetacean Translation Initiative), una organización sin fines de lucro fundada en 2020 en Dominica, en el Caribe oriental.
Con más de 50 científicos de ocho disciplinas —biología marina, lingüística, criptografía, inteligencia artificial y acústica submarina, entre otras—, CETI es la mayor iniciativa interdisciplinaria de comunicación entre especies jamás emprendida. Su misión, enunciada sin rodeos: traducir lo que dicen las ballenas.
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El alfabeto de los cachalotes tiene rubato, ornamentación y algo parecido a las vocales
Los investigadores Pratyusha Sharma y Jacob Andreas, del laboratorio de procesamiento de lenguaje natural del MIT, descubrieron que las codas varían en cuatro dimensiones: ritmo, tempo, rubato, ajustes subsegundo que los cachalotes hacen en tiempo real para sincronizarse y ornamentación, clics adicionales que incorporan según el contexto. La combinación libre de esas variables genera un sistema que recuerda estructuralmente al lenguaje humano, según el propio equipo.
En 2025, CETI fue más lejos. Al acelerar las grabaciones para compensar las diferencias entre el aparato fonador humano y el de un cachalote, surgieron patrones que los lingüistas reconocieron como análogos a las vocales del habla.
“Sus sonidos no son mecánicos ni aleatorios. Tienen estructura, ritmo y, ahora lo sabemos, elementos similares a vocales: características que creíamos exclusivamente humanas”, afirmó Gašper Beguš, lingüista líder de CETI, en declaraciones recogidas por Inside Climate News.
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Las belugas babucean como bebés humanos, y el ruido de los barcos las ahoga
Mientras CETI se concentra en cachalotes, la bióloga Valeria Vergara, de la Raincoast Conservation Foundation de Canadá, lleva dos décadas estudiando a las belugas. Sus investigaciones mostraron que los cachorros comienzan a vocalizar en la primera hora de vida y aprenden por imitación, exactamente como los bebés humanos, hasta dominar más de 50 tipos de llamadas.
Una de las primeras que perfeccionan es la etiqueta de nombre acústica: una señal de autoidentificación para que la madre los localice.
El problema es que el alcance submarino de esas llamadas infantiles es 18 veces menor que el de las adultas, lo que las hace especialmente vulnerables al ruido de los barcos. Un estudio de Vergara publicado en Biology Open en marzo de 2025 demostró que las belugas del estuario del río San Lorenzo, en Quebec, recurren a señales ultrasónicas de alta frecuencia, fuera del rango audible para los motores como canal alternativo cuando el tráfico marítimo aumenta.
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Vergara colidera además un sistema de monitoreo en tiempo real que combina hidrófonos, drones e inteligencia artificial para alertar a las embarcaciones sobre la presencia de belugas en zonas de riesgo.
Los cachalotes cambian sus clics cuando pasan barcos
Uno de los hallazgos de CETI en Dominica tiene que ver con la respuesta de los cachalotes al ruido de los buques. Cuando hay tráfico marítimo cercano, los animales modifican el tempo y la frecuencia de sus codas.
Para los investigadores, eso no es ruido de fondo: podría ser comunicación deliberada sobre el entorno. Si las ballenas transmiten información sobre amenazas a través de sus vocalizaciones, interceptar esas señales permitiría identificar zonas de estrés acústico antes de que los animales muestren daño físico.
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CETI ya trabaja con la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York (NYU) para explorar si estos descubrimientos podrían sustentar el reconocimiento legal de derechos para los cetáceos, incluido el derecho a la cultura; los cachalotes tienen dialectos regionales tan marcados como los de un neoyorquino y un tejano, y el derecho a no ser sometidos a tortura acústica.
La IA predice el próximo clic con 90% de precisión
Los modelos de CETI pueden predecir con más del 90% de precisión el tipo de coda siguiente en una conversación, identificar a la ballena que habla y determinar su clan vocal. Lo que todavía no pueden hacer es traducir: convertir un patrón en un significado concreto.
“La IA puede identificar patrones recurrentes y mostrar estructuras combinatorias, lo que indica un nivel de organización que supera la mera señalización simple”, concluye una revisión académica de 2025.
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Pero los modelos actuales no infieren intención ni semántica. CETI planea como próxima etapa emitir codas sintetizadas a los cachalotes de Dominica para observar su respuesta: si los animales reaccionan de manera predecible, será la primera prueba de que el equipo no solo escucha, sino que empieza a entender.
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